viernes, 15 de julio de 2011

CONTRA EL RELATIVISMO INGENUO POSTMODERNO


Todo es relativo” 
(Dicho popular)

"Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido)” 
(Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus).


Introducción, breve y no muy profunda

Algunos amigos, llevados de la errada suposición que soy un especialista en Filosofía, e intrigados por ciertos cabos sueltos que dejé en mi artículo sobre Verdad y Medios de Comunicación, me piden que me manifieste sobre otros aspectos filosóficos referidos a la Verdad. Como no soy Filósofo, cuando menos no en el sentido académico del término, estoy seguro que mi autoformación al respecto registra profundas incoherencias y vacíos. Pero me mencionaron el relativismo postmoderno, tema que sí me parece importante por sus vínculos con la Educación y la sociedad, dado en lo que se ha convertido en este contexto. Así que me embarco en el tema y pido disculpas por meter la cuchara en un tema tan abstruso, en el que seguramente cometeré errores. Es claro que no sigo la famosa regla de Wittgenstein: De lo que no se puede hablar, mejor es callarse, pero creo que sí tengo algo qué decir al respecto. Deséenme suerte.

Había una vez …

Había una vez un soldado. Corría el Siglo XVII y nuevos vientos soplaban en Europa. Atrapado entre las Guerras de Religión y el desarrollo del nuevo pensamiento racional, este soldado se ganaba la vida haciendo la guerra como se estilaba entonces. Cuando el clima no dejaba a los soldados saquear, quemar, asesinar y mutilar, se les instalaba en casas como forzados huéspedes de la familia. Los soldados se aburrían a muerte en sus cuarteles de invierno, y muchos se distraían enamorando a las hijas de la familia, dejando como legado recatafilas de hijos naturales. No sabemos si este soldado en particular ejerció tan loable ocupación, porque lo podemos ver con las botas apoyadas en la estufa caliente, cosquilleándose la barbilla con la pluma de ave empleada para escribir, utilizando su cerebro más que su testosterona. Este soldado sacó al fresco una obrita que dejó marca universal, mitad autobiografía y mitad prescripción y mitad filosofía. Si, ya sé que son tres mitades, algo supuestamente ilógico, pero al margen de mi extraña aritmética, esta obra contribuyó a la construcción de una cosa que, a falta de mejor nombre, llamaré “sentido común”. Como ya habrán adivinado, se trata de René Descartes y el Discurso del Método.

El Buen Sentido

Descartes arranca el Discurso del Método con una paradoja: El buen sentido parece estar igualmente repartido entre todas las personas. Acto seguido señala que todos parecen estar tan contentos con el suyo que no pareciera que desearan tener más del que ya tienen. Sospecho aquí algo de ironía. Todos creen poseer sentido común, que por eso se le dice común, pero aquí se acaba la comunidad, pues que todos creen que el que poseen es el sentido común por antonomasia. De aquí el buen René explica lo poco útil que le es dicho sentido común, atacándolo desde la idea de que creer no es lo mismo que saber, y como él quiere estar plenamente seguro que sabe lo que sabe y lo que no sabe, pues entonces nos dirá cómo la hace. Y el resto del libro es eso, cómo la hace.

Postmodernismo ingenuo

Siempre me ha sorprendido el pensamiento postmoderno cotidiano que me encuentro entre las gentes. No es que no lo tenga yo mismo. En muchas conversaciones y discusiones me encuentro casi siempre atrapado en el anteprimer párrafo del Discurso del Método, es decir, hallo que todo el mundo cree que su buen sentido es el sentido común por antonomasia, y posee una validez universal que en la mayoría de los casos no encuentro. Y veo que se construyen ideas sobre ese problemático sentido común, precisamente a contracorriente del esfuerzo cartesiano de hallar una base sólida para el pensamiento. El buen René hallaba dicha base en lo indubitable del hecho de pensar (Je suis, donc je pensée = Yo pienso, entonces yo existo). Mucho del pensamiento actual postmoderno se basa ingenuamente en el propio sentido común, estableciendo premisas discutibles, sostenidas en convicciones subjetivas. Es curioso cómo en la discusión algunas personas utilizan ciertas reglas sí y ciertas no, a tenor de la necesidad argumentativa, en una reedición lógica de la inmortal cita de Groucho Marx: ¿No le gustan mis principios? No se preocupe, tengo otros. Pero como todo es relativo …

Postmodernismo en serio

Como en nuestras escuelas no enseñamos a pensar sino a repetir, el desarrollo del pensamiento crítico e independiente se ve trabado, pues no se puede razonar eficientemente sobre cualquier cosa sin reglas o meta-reglas que orienten dicho pensamiento. Ludwig Wittgenstein manyaba muy bien este tema, pues hallaba en esos tremendos sistemas de lenguaje de Russell y Moore una eterna jerarquización, es decir, una escalera de infinitos peldaños. Paradójicamente, esos peldaños no nos llevan lejos. Además podemos voltear el argumento: Si ponemos en cuestión el lenguaje, también podemos poner en cuestión el lenguaje sobre el lenguaje, y así sucesivamente hasta que, patatín, antes de darnos cuenta nos caemos de la escalera y nos ahogamos en el océano del “regressus in infinitum”, o retorno hacia el infinito, donde para saber de qué hablamos en una frase, necesitamos, mínimo, todo el lenguaje. Si no la agarramos bien la idea, hagamos el experimento de chequear el sentido de una frase buscando en el diccionario el sentido de cada una de sus palabras. Por supuesto, cada palabra tiene un significado expresado en palabras, que a su vez podemos chequear en el diccionario, pero esos significados estarán en palabras, que podemos chequear en el diccionario …. y paremos antes de caer en la persecución de la propia cola.

Desde otra perspectiva, las formulaciones postmodernas tienen una importancia fundamental en la consecución de verdades, al rescatar de un trasnochado racionalismo exclusivista – el positivismo del Siglo XIX - la actitud, los sentimientos, las emociones y otros aspectos del ser humano que eran escondidos detrás de la racionalidad. La deconstrucción, como operación postmoderna de esclarecimiento, no solamente no niega el razonamiento, sino que lo emplea en sentido amplio, y establece reglas y meta-reglas efectivas. En Educación esto es patente en el planteamiento de Paulo Freire, quien rescataba lo mejor del postmodernismo precisamente al no encerrar su mente en la pura racionalidad, a fin de encontrar el lenguaje del Otro, y acompañarlo hacia el descubrimiento del propio Yo en un proceso educativo opuesto a la razón instrumentada (“bancaria”), que fomenta una deformación de la personalidad.

Más postmodernismo ingenuo

Muchos post-modernos cotidianos parecen pensar que usar la razón es más o menos inhumano, antinatural, o cuando menos no es valorable del mismo modo que otras peculiaridades humanas. Se rechaza la razón en nombre del sentimiento, como los románticos del siglo XIX, o en nombre de relatividades de varios tipos, de las que la intercultural es una de las más interesantes. Se oye repetir nuevas versiones de argumentos gastados siglos ha, construidos sobre premisas como las del relativismo ingenuo, largamente superado por relativismos y escepticismos mucho más profundos y elaborados. Este relativismo popular post-moderno parecería tener alguna relación con la derivación simplista del tema de Einstein de que “todo es relativo”, extraída de la Física y llevada al sentido común arbitrariamente. Se encuentra uno con versiones simplificadas, reducidas y deformadas de argumentos del gnosticismo del siglo II d.C., de los neoplatónicos o del pensamiento mágico, asumidas curiosamente como Verdad Absoluta, básicamente porque satisfacen necesidades afectivas, requerimientos emocionales, o cuando menos producen comodidad intelectual. Se cae sin la más mínima autocrítica en el uso del razonamiento para invalidar el propio razonamiento, con aceptación acomodaticia de ciertas reglas para destruir otras, en una suerte de cambalache intelectual, que se puede seguir por curiosidad, aunque es perfectamente inútil, dado que cae en círculos infinitos explicados a partir de sí mismos. Nosotros preferimos tomar partido por el razonamiento para alcanzar verdades – o quizá Meta-Verdades, no estamos seguros –, como cosa demasiado seria para no tratarla con el debido cuidado. Un razonamiento no fanático – o un meta-razonamiento – puede perfectamente admitir, como el racionalista Pascal, que “el corazón tiene razones que la razón no comprende”. No creo que sea necesario negar la razón, ni el sentimiento, ni las demás potencialidades que nos hacen plenos seres humanos. Me suena a guillotinar nuestras propias posibilidades, eliminando un potente instrumento que nos puede acercar a algunas verdades.

Verdad y Meta-Verdad

Descartes estableció ciertos criterios para obtener la Verdad, entre ellos la del rigor en el método, y también, de modo más subjetivo, el criterio de evidencia, es decir, es verdad lo que se me ilumina como verdad, Intuición filosófica que le llaman. Pero para llegar a dicha intuición, René establecía reglas blindadas. Y ya no hablaríamos aquí de la Verdad con mayúscula, sino de una Meta-Verdad cuyo filo proviene de los métodos usados para encontrarla. Lo que, naturalmente, en el mejor espíritu de la tradición racionalista, puede ser discutido. La deconstrucción de los mecanismos a través de los cuales se llega a verdades sesgadas me parece, por ejemplo, un inmenso aporte del pensamiento postmoderno.

Entre la Verdad como producto de mi capricho emocional, o de la percepción momentánea, que nos conduce al famoso “Cada cual tiene su verdad”; y la Meta-Verdad como producto de unas reglas a seguir que nos aseguran afirmaciones que podrían rigurosamente predicarse como verdaderas, hay una poderosa contradicción. Los procesos de argumentación suelen iniciarse con afirmaciones que asumimos como verdaderas y desde ahí construimos nuevas afirmaciones que derivan su verdad de la verdad de las premisas. Por ejemplo, si los políticos son ladrones, se sigue que un robo o desfalco en las arcas del Estado es realizado con toda probabilidad por un político. Pero el investigador, como el policía, sabe que para determinar que fulano robó necesita pruebas, porque eso le va a pedir el poder judicial, que hace lo posible para no recurrir al criterio de la propia conciencia, siempre relativo. Se hacen grandes esfuerzos para rodear la sospecha de una verdad importante – la hipótesis - con pruebas y métodos rigurosos, para asegurarnos que no metemos las cuatro y probar la verdad de la afirmación. Todo ello por la razón más práctica del universo: Porque un ingeniero al que un puente se le cae, morirá de muerte profesional, por ejemplo.

Meta-Verdad como producto del rigor

El pensamiento filosófico postmoderno serio en realidad es muy riguroso. Si encuentra que las mismas reglas de verificación de la Verdad son discutibles, pues las discute y critica, faltaba más. Para eso es el pensamiento crítico, precisamente. No podemos meter a De Quine, Lakatos, Foucault, Derrida, Rorty o Vattimo en el mismo saco que Sixto Paz y su verdad de que existen extraterrestres que se comunican con él precisamente y con nadie más. Se reconoce la vaciedad de ciertas afirmaciones por el prurito que tienen de hermetismo o subjetividad. Por el contrario, la crítica postmoderna rigurosa posee  solidez debida al empleo de meta-reglas que al final provienen de profunda reflexión científica, lógica o filosófica. Tales reflexiones son acciones en sí mismas y se convierten en acciones ulteriores. Verbos en acción, no sustantivos congelados.

Razonamiento y emocionalidad

El filósofo y educador argentino Jaime Barylko ilustraba este hecho señalando que uno podía ser hoy día aristotélico, mañana hegeliano, y pasado detestar a Hegel con toda el alma. Hacer reflexión no es hacer citas a pie de página del ídolo de moda. No es, como algunos creen, encontrar ideas que apoyen o refuercen creencias a priori, anteriores, asumidas sin crítica ni reflexión, muchas veces surgidas del fondo de la infancia individual o colectiva. No me interesa el comentarista que me explica con pose de profeta una creencia, me interesa la creencia y sus fuentes. Una meta-verdad no se puede construir desde su procedencia emocional, como no se puede asumir la verdad del nazismo de la evidente sinceridad de los jóvenes hitlerianos. Siguiendo al platense, podemos decir que no hay reflexión acabada, sino reflexionar continuo. El anquilosamiento intelectual resulta peligroso, venga de donde venga.

Como ya escucho lo que me van a retrucar, me apresuro a señalar que no es que tampoco no tenga validez el reconocimiento de la existencia del pensamiento mágico en nuestras estructuras mentales. La mente humana es mucho, muchísimo más, que el mero razonamiento, como sabemos desde los Maestros de la Sospecha: Nietzsche, Marx, Freud, Darwin. Pero este tema se puede tratar, y así se hace, desde diversas perspectivas. Después de todo, poseemos bases de reflexión para establecer ciertas aproximaciones a las cosas, y he observado que aún los defensores más acérrimos del pensamiento mágico critican el pensamiento racional empleando las herramientas del pensamiento racional. Y esto tampoco es falaz, siempre que se sepa lo que se está haciendo. Porque cuando no se sabe lo que se hace, se pierde la base misma de la validez, incluso cuando es anti-método. En este contexto, las bases mismas del pensamiento racional se pueden y se deben cuestionar – otro logro del pensamiento post-moderno – con lo que se amplían los horizontes y se entiende mejor la naturaleza humana.

Lugares conceptuales

Creer algo, opinar sobre algo, por supuesto tampoco es que tenga nada de espantoso. Pero tiene un lugar, y ello se debería enseñar en las escuelas. La creencia u opinión (doxa) no es argumento sólido en una discusión, especialmente cuando expresa premisas falaces, es decir con errores de construcción. La creencia se define por la certeza subjetiva que se tiene respecto a algo. Notemos que no es una seguridad, por lo menos hasta que la sometemos a criterios que le den validez. Es verdad que soy profesor, pero además CREO que soy un buen profesor, por ejemplo. Pero para estar seguro, me lo tendrán que decir mis alumnos y colegas, y aún así tal criterio no me dará la completa seguridad del hecho hasta que vea, por lo menos, qué hacen esos alumnos en la vida, es decir, acudiendo al criterio de los resultados.

Nos movemos diariamente alrededor de muchas creencias, pero es obvio que no todas ellas tienen la misma importancia. Cuando salgo a la calle, yo creo que llegaré a mi destino a la hora, pero eso es porque tengo la creencia que las líneas de transporte público están operando. Derivo mi creencia del hecho de que en los muchos años que lo he hecho, ha ocurrido muchísimas veces que ha sido así. También podría pasar que hoy, precisamente hoy, la línea que tomo ha sido retirada del servicio, o desviada por obras públicas. O, como ocurrió poco ha, que estuviera de huelga. Si sostuviera una creencia fundamentalista en la sacrosanta regularidad del transporte público, mi fe se vería fuertemente sacudida por el hecho que mi combi no pasa. Y resquebrajada cuando vea que no pasa en todo el día. Pero como ser pensante, si veo tras un tiempo prudencial que mi carro no pasa, entonces tomo otra línea que haga parecido recorrido, o hago un cambio de ruta.

Pero las creencias no se limitan solo por las huelgas de transportistas. No es lo mismo creer que la combi pasará que la creencia en que el Socialismo superará al Capitalismo, que la Democracia es mejor que la Dictadura, o que el Mundo ha sido creado por Dios. En el caso de las combis, como vimos, se resuelve el tema con la apelación a la realidad, a la que acudimos como criterio: La combi pasa o no pasa. Todo se reduce aquí a un razonamiento de tercio excluido, suficiente por lo general para estos fines. Pero en el caso de la existencia de Dios, la verificación es más problemática, de hecho no hay cómo verificar la verdad de la afirmación “Dios existe”. Nos queda la Fe, claro. Pero no confundamos las verdades de la fe con las verdades de razón. Se diferencian precisamente en la verificación.

En el caso de la dicotomía Democracia-Dictadura, hablar sobre el futuro es complejo, porque como las Democracias y las Dictaduras operan en la actualidad, y registran éxitos o fracasos a gusto del cliente, sobran argumentos guiados por el criterio del éxito en la resolución de problemas políticos, económicos y sociales. No hay a la vista un final en la confrontación Democracia-Dictadura, y mucho de lo que se dice puede decirse sin verificación, porque la realidad se enmarca en el tiempo.

Las creencias no son inamovibles, solamente lo parecen porque casi lo son. Pensemos en lo ocurrido con muchísimos izquierdistas de buena fe cuando el Muro de Berlín fue derribado y la Unión Soviética se vino abajo. O con los compinches de Galileo que se negaban a ver por el telescopio por temor a tener que abandonar creencias seguras, calentitas y emocionalmente agradables. Para afrontar la verdad y abandonar el sueño se necesita más que un recto razonamiento, se requiere coraje moral.

Crisis de Fe

Las crisis de Fe se producen cuando la realidad irrumpe en el cómodo santuario de las creencias, y las revienta. Como en el caso de la combi que mencionamos líneas arriba, la creencia cruje, pero puedo sin remilgos abandonar mi fe en la línea S para pasarla al Covida, es decir recompongo mi pensamiento y recupero mi equilibrio sin demasiados problemas. En el caso del Capitalismo versus el Socialismo sí sucedió que el Socialismo Soviético se vino abajo. Como muchos de los verdaderos creyentes respondían principalmente a sus necesidades emocionales, y no a una holística humana que abarcara todas las potencialidades del ser humano, la crisis fue profunda, hubo desencanto, desilusión y abandono de ideales. Otros verdaderos creyentes negaron los hechos, se encastraron en el pasado, y asumieron una posición ciega, igualmente improductiva. Otros, más sólidos, reformularon su pensamiento de manera profunda, aceptaron los hechos y reconstruyeron las remecidas bases de su personalidad. Pues la fe no es ni puede ser todo en el ser humano. No nos da suficiente musculatura mental.

Proyecto de Colofón

No es posible basar creencias sólidas – anteproyecto de verdades - sobre la estructura de la relatividad postmoderna, con sus pies de barro en método y ética. Las creencias se convierten en una cuestión de Fe, y la Fe, como sabemos bien, es intransferible. Y la banalidad en el pensamiento en que se cae con el relativismo ingenuo postmoderno se ve alimentada con el chorro continuo de información mediática, que da lugar a que se me mueva el piso con cualquier cosa. Hasta en la Edad Media los habilidosos monjes encerrados en las abadías llegaron al “crede und intellige”, es decir, al cree y, también, entiende. El relativismo ingenuo post-moderno proporciona creencias, pero carece de la posibilidad de la construcción de verdades o meta-verdades. Si el valor principal de la vida es, precisamente, estar vivo, se necesita un esfuerzo intelectual para recomponer un deber ser del estar vivo. No se resuelve el tema del racionalismo positivista negando el razonamiento como productor de verdades o meta-verdades. El deber ser nos dirige a la autopista de la Ética. Y, como siempre, estamos abiertos a la polémica.