20 al 29 - CRÓNICAS DE LECTURAS


CRÓNICAS DE LECTURAS – 20
Leer a Sherlock Holmes
I
Ficciones, y Cazador de Libros

Claro que sé que Sherlock Holmes es un personaje de ficción … pero cabe la pregunta tonta de si realmente lo es. Antes de que mis lectores se rían autosuficientemente, les ruego encarecidamente que aviven el seso y despierten: La ficción y la realidad tienen relaciones que en verdad no conocemos, el mundo como realmente “es” podría escaparse a nuestra limitada percepción, como sugiere Jostein Gaarder en El Mundo de Sofía, y por ende el Detective del sombrerito raro podría efectivamente andar por ahí, pues en verdad en ese terreno no hay demasiado de lo que podamos estar ciertos: Cerremos los ojos y tratemos de dilucidar con las solas fuerzas de nuestra razón si nuestro entorno sigue ahí o no, y reto al más pintado a resolver el problema sin abrir los ojos. Así he rayado a más de uno de mis estudiantes de Filosofía. Por otra parte, pasa con Sherlock Holmes lo que con los personajes de William Shakespeare, o con el Dios de Schiller, que puede que no exista, pero que si no existe, peor para él. Al final la vaina es que derivamos una cierta profunda satisfacción del hecho de saber o cuando menos de creer que hay cierta gente en el mundo con las características del Detective de marras. Y para el caso particular de Sherlock Holmes, parece que su existencia está además inspirada en un personaje real: el médico escocés Joseph Bell. Y parece también que Arthur Conan Doyle estaba muy urgido de un personaje y muy impulsado por la necesidad económica de enviar un cuento publicable a la revista Strand, para que se lo pagara, que no hay nada que te inspire más que la perspectiva de morir ahorcado al amanecer …. Y así decidió desdoblar al médico escocés en dos: El Detective Sherlock Holmes y el Doctor John Watson. Y le funcionó.

A mí siempre me gustó Sherlock. Hace como treintaitantos años los avatares de mi vida me llevaron a residir a la Imperial Ciudad del Cusco. Esta referencia viene a cuento por el hecho de que si en Lima la Lectura y la comprensión de lo que se lee son problemas que marcan 100, en provincias marcan de cajón 200. Eso es en sí es una pésima noticia, pero tenía y aún tiene sus ventajas para nosotros los cazadores de libros baratos: Los títulos y ediciones agotadas en Lima se encuentran en provincias. Concedámonos el prejuicio por un momento: Como la gente en general no lee, y cuando lee, lee tonteras; las cosas importantes las encuentra uno en los sitios más insospechados, quitándole espacio a libreros piratas, ambulantes y supermercados para poner cosas que sí venden, por lo que a menudo están dispuestos a dártelo a precio de balde o eventualmente a regalarlo. Así, entre otras cosillas, encontré en un mercado de Iquitos una edición magnífica del Ulises de James Joyce - que por cierto perdí antes de leer -; textos de Bertrand Russell, Jean Piaget y el Estudio de la Historia de Arnold Toynbee en los saldos de una tienda por cerrar de Trujillo; la Historia de la Lógica Formal de I. M. Bochenski en una librería de Huancayo; y en el Cusco una edición rarísima de La Fe filosófica frente a la Revelación de Karl Jaspers, junto al objeto de mi artículo de hoy, las Obras Completas de Sherlock Holmes por Arthur Conan Doyle, en tres tomos, incluyendo su cajita de cartón con el perfil en oscuro del Detective. Fue en un día que buscaba una peluquería, obviamente para cortarme el pelo (por si no está claro para alguno), que lo vi en un escaparate de una innominada librería en la plaza de Limacpampa, en la Imperial Ciudad del Cusco. He vuelto al Cusco varias veces para trabajar, y muchas menos de Turismo, pero el hecho de haber vivido en la Imperial Ciudad y haber rascado un poquillo debajo de su turística superficie – nada fácil para un fuereño – determina que me sepa mi par de cosas acerca del Cusco y los cusqueños, entre ellas dónde buscar algunas cosillas. Es más que probable que en el Cusco tenga su asiento la más importante aglomeración de lectores de temas históricos, antropológicos y arqueológicos del Perú, lo que se patentiza en la posibilidad de encontrar ciertos libros imposibles en la Capital de la República. Así me pasó no hace mucho con ciertas obras de Gary Urton: En el cruce de rumbos de la Tierra y el Cielo, y Signos del Khipu Inka, inencontrables en cualquier otra parte que no fueran ciertas estratégicas librerías de San Blas o de Zaguán del Cielo que yo me sé, y cuyos amables dependientes en general ayudan bastante porque conocen muy bien lo que uno busca y están perfectamente dispuestos a vendértelo.

II
Sherlock  Holmes, el Detective por antonomasia

Sherlock Holmes, era, a juzgar por la descripción de Arthur Conan Doyle, un personaje de ficción verosímil, aunque extremado en su exageración. Yo personalmente lo siento rodeado de cierta oscuridad, lo que quizá no fuera así en los tiempos en que fue escrito, cuando el razonamiento deductivo, la observación y el recto uso de la razón y la lógica eran una suerte de ejercicio fundamental que todo hombre del espacio cultural victoriano debía tratar de corporizar. No otra cosa hace, desde una perspectiva más científicamente exagerada, el otro gran personaje de Conan Doyle, el Profesor Challenger. Pero lo que Challenger hace en el remoto Mundo Perdido – precursor evidente y cierto del Jurassic Park de Michael Crichton y Steven Spielberg -, Sherlock Holmes lo hace en el mismo centro del Imperio Británico: el Londres Victoriano. Y dado que lo que Holmes le muestra de sí a Watson es solamente la superficie, cualquier lector que lea las cuatro novelas y 56 relatos en que aparece se preguntará qué hay tras la máscara que presenta, y empleará lo que siempre hemos empleado para tratar de adaptarnos a este mundo y conocer a la gente: Lo que la gente misma hace y dice. Y así los lectores escrutamos al gran Detective, tratando de sorprenderlo en renuncio, contradicción o en algo que nos lo dé a conocer mejor, y nada. Y es así como precisamente nacen las leyendas, en el medio mismo de la ambigüedad. Creo que por eso su propio padre – Arthur Conan Doyle - lo odiaba tanto, hasta el extremo de matarlo. Pero el Detective le sobrevive sin complejos, y se queda para siempre en el imaginario colectivo como el Detective por antonomasia. Fumador empedernido de pipa y puros, probablemente conocía y aprovechaba los rasgos ligeramente alucinatorios de las altas concentraciones de humo de tabaco, que intoxicaban el salón de Baker Street que compartía con Watson. Pero según parece esto no le bastaba, debiendo inyectarse en circunstancias más o menos apremiantes – no disponer de ningún caso a la vista - una solución de cocaína al diez por ciento, necesarios para excitar su naturaleza de sabueso tras la solución de un caso.

Hombre de enorme capacidad de concentración, sostenía la extraña teoría de que la mente es una suerte de desván con límites de almacenamiento, y ello, que nos suena curioso por poco que sepamos de neurociencias, sin embargo le permite concentrar su atención, al negarse a aprehender aquello que no siente como de inmediata utilidad, con lo que sin saberlo concreta la negación del “estudiante” y la afirmación del verdadero aprendiz según Ortega y Gasset. Domina Sherlock el alemán y el francés, colecciona libros viejos y adora la Química, la Ópera, tocar el violín y leer crónicas de criminales. Posee además gran fuerza física y capacidad atlética, además de dominar el arte del disfraz, el boxeo inglés, la lucha japonesa y la esgrima de florete y sable. Es excelente tirador con pistola cuando lo ve necesario, pero prefiere que Watson emplee la suya, lo que le permite tener las manos libres. Se muestra digno y altivo con los poderosos y aristócratas, a los que hace objeto de su ironía cuando son dignos de desprecio, en cambio simpatiza con los humildes y sirve a los afligidos, lo que le otorga cierto aire de Quijote o Parsifal práctico y muy bien equipado, apenas excéntrico, que cabalga con su escudero desfaciendo entuertos y aplicándole la Justicia a toda suerte de follones y sinvergüenzas. Cuenta con aliados en la Policía Oficial y en el bajo pueblo, que le conoce y le quiere, en especial los jóvenes cockneys londinenses, a los que organiza en una Pandilla: Los Irregulares de Baker Street. Reconoce un digno antecesor en el Chevalier Auguste Dupin de Edgar Allan Poe (Los extraordinarios casos de Monsieur Dupin), al que se le reconoce como fundador del género policial, aunque debemos decir que Poe no consigue desprenderse de sí mismo en su poderosa narrativa en primera persona, y es mucho más escritor que Arthur Conan Doyle, el que pasa desapercibido, tan completamente superado está por su personaje. Y sin embargo, es Conan Doyle quien completa totalmente el tipo del Detective, fijando todas las características que Poe deja únicamente supuestas, llevado más por las circunstancias de la historia de la Calle Morgue o de Mademoiselle Roget, que por sus personajes. Reconozco que en esto soy injusto y prefiero los personajes a las historias. Así soy, que le voy a hacer.

III
El género detectivesco

El género detectivesco posterior a Poe y Conan Doyle nunca ha conseguido entusiasmarme tanto como el mismo Sherlock Holmes, posiblemente por mi fijación con los personajes. George Simenon, Dashiel Hammett, Raymond Chandler, Edgar Wallace son magníficos escritores que saben contar historias de crímenes y construir situaciones interesantes, pero sus detectives – incluso el grande Sam Spade de El Halcón Maltés; como Philip Marlowe o Jules Maigret - no tienen la lógica de Sherlock, y cambian el escenario cada vez que pueden y meten acontecimientos como cancha, como tratando, cada cual de modo diferente y original eso sí, de meter al azar como sea, de modo que su mundo no sea el París estilo Imperio o el Londres Victoriano ni sus detectives se parezcan ni de casualidad a Dupin o Holmes. De los cuatro me quedo más con Dashiell Hammet aunque es muy probable que ello tenga por culpables el Nueva York de los años ´30 y el Sam Spade - Humphrey Bogart de la película El Halcón Maltés, que vi mucho antes de leer el libro, y que vuelvo a ver cada cierto tiempo. Que hay libertad de cultos y creencias, insisto. Pero eso de NO tratar de parecerse me suena al extraño homenaje análogo a lo que hacen algunos antiguos pueblos al no nombrar jamás el nombre de su fallecido héroe o gobernante. La Novela Negra y su secuela el Cine Negro son interesantes pero no llegan a detectivescos, acaso a policiales. Fuera de sus Nueva York, Los Ángeles o Chicago – ciudades protagonistas en el mejor sentido del término, su principal aporte es el de las figuras femeninas, en especial las entrañables e inmortales Secretarias de los Private Eyes (Detectives Privados), de las que la autosuficiente Effie de Sam Spade es el paradigma. Aparte de los dichos autores, Agatha Christie continúa una gloriosa tradición británica y su obra es muy copiosa, pero me parece en exceso desigual y ciertamente hace del género por momentos algo muy naïve: Hay libros de ella que merecen estar en cualquier estante, mismos premios Pulitzer, y otros francamente olvidables, francamente infantiles, francamente impresentables. Ese es el problema de escribir por encargo y para ganarse la vida, porque de lo contrario no se cobra, y por ello tiene uno que repetirse a sí mismo hasta la náusea, y pensándolo mejor no podemos culpar a Agatha por tener éxito y ganarse la vida con su pluma en una época donde no se suponía que las mujeres pensasen. Todo trabajo es digno en sí mismo.

Quieras que no, Sherlock Holmes y sus circunstancias o su carencia de ellas son referentes para todos los demás Detectives epígonos. Ya hemos mencionado a las imprescindibles Secretarias, siempre guapas y sexis, y no deja de ser curioso que la más bien maternal Señora Hudson, ama de llaves de Holmes y Watson, haya participado sólo ocasionalmente en la ficción detectivesca. Los diversos detectives de ficción que aparecerán después se definen tomando a Holmes como paradigma por presencia o ausencia. De hecho el rasgo más importante y omnipresente del Detective es la capacidad para el razonamiento deductivo, que le permite resolver sus casos, conforma la trama de las diversas obras, y adorna a absolutamente todos los epígonos: Además de los ya mencionados Sam Spade, Jules Maigret y Philip Marlowe, encontramos entre muchos otros a Hercule Poirot y Miss Jane Marple, de Agatha Christie; a Eric Sherrinford (este fue el primer nombre que pensó Conan Doyle para el Detective) de Poul Anderson en La Reina del Aire y la Oscuridad; al Elijah Baley de Isaac Asimov, y su Watson robótico R. Daneel Olivaw, que aparecen en muchas de sus obras; a  Ellery Queen, creado al alimón por dos primos, que introduce la figura del Detective adolescente; a Simón Templar “El Santo”, de Leslie Charteris, ladrón de joyas reformado; al ciudadano romano y republicano detective Marco Didio Falco, de Lindsey Davis, que nos demuestra que las convenciones del género pueden llevarse incluso a la Roma Imperial; y así en un largo etcétera, etcétera, etcétera. Incluso personajes de cómic como Fantômas “la amenaza elegante”, el Avispón Verde, y  Batman poseen algunas de las habilidades deductivas del Detective, incluyendo a sus ayudantes las chicas del zodiaco, Kato y Robin. Y no podemos olvidar a los sacerdotes católicos, que suman la moral a su brillantez, y destacan aquí la pareja Guillermo de Baskerville / Adso de Melk, de Umberto Eco; y el Padre Brown de G.K. Chesterton, y su Otro-Yo, el ladrón reformado Flambeau (reformado por el Padre Brown con uno de los mejores discursos que se ha escrito al respecto: No será usted capaz de hacer otra cosa mejor. Y ahora, de paso, conviene que me devuelva usted esos diamantes (…)  y quiero que abandone usted esta vida. (…) tiene usted bastante juventud, buen humor y posibilidades de vida honrada. (…) Los hombres han podido establecer una especie de nivel para el bien. Pero ¿quién ha podido establecer un nivel para el mal? (…) Maurice Blum comenzó siendo un anarquista de principios, un padre de los pobres, y acabó siendo un sucio espía, un soplón de todos (…) Ya sé, Flambeau, que ante usted se abre muy libre el campo; ya sé que se puede meter en él como un mono. Pero un día se encontrará con que es usted un viejo mono gris … (…) Ya usted ha comenzado también a decaer. Usted acostumbraba a jactarse de que nunca cometía una ruindad …)

IV
Los imitadores

Se han hecho centenares, si no miles de versiones en cómic, teatro, cine, novelas, relatos, dibujos animados, series de televisión y pastiches de las obras de Conan Doyle referidas a Sherlock Holmes. El personaje en sí es tan sugerente y poderoso que muchos autores menores, y alguno que otro mayor, lo han tratado de recuperar. El problema es que la mayoría son autores francamente mediocrones, que lo traen y llevan de modo que se le note más su carácter de freak ultralógico, hasta la caricatura. O peor, se lo quitan y lo transforman en cualquier cosa. Por cierto y para los que no sepan, el pastiche consiste en la edición de obras que emplean al mismo personaje – en este caso el Detective de Baker Street - a circunstancias diferentes, descritas y narradas por autores diferentes, amparados en el vencimiento de los derechos de autor, y por lo tanto convirtiendo al personaje así pirateado en cualquier cosa. La mayoría de estos pastiches son francamente infames e indignos de recordación, pues que recargan los rasgos ultralógicos de Holmes. Sin embargo uno de estos por lo menos se escapa a la norma y merece ser mencionado, es que no trata a Sherlock Holmes desde la manoseada perspectiva del detective lógico, sino desde su carácter de cocainómano habilísimo en disimular su adicción y capaz de emplear su portentosa mente en encontrar el modo de seguir inyectándose su solución de cocaína al diez por ciento, a pesar de la extrema vigilancia de Watson y de su hermano Mycroft Holmes, por lo menos tan hábil como él. Humano, al fin, como todos nosotros. Hablo de Elemental, Doctor Freud, de Nicholas Meyer, talentoso guionista y director de cine, que presenta un Doctor Watson muy diferente del que conocemos, aunque igualmente leal al Detective, y conchabado con Mycroft para llevarse al irremediable y brillante cocainómano hasta Viena, a la consulta del mejor psiquiatra especialista en casos de envenenamiento y saturación de cocaína, nada más y nada menos que el mismísimo Sigmund Freud. Y no cuento más, léanla si la encuentran, entre otras cosas porque valen la pena las sabrosísimas conversaciones del astuto detective con la jovencísima Anna Freud. Por otra parte la novela sigue las convenciones de los guiones cinematográficos, dejando entrever la intención de Meyer de convertirlo en película, como de hecho hizo.

Las versiones cinematográficas han sido copiosas, y la marca Sherlock Holmes sigue vendiendo como pan caliente, en especial ahora que es de libre disponibilidad. Hay diversas versiones en cine francamente excelentes, incluso algunas, digamos así, indirectas, como las centradas en el Doctor Joseph Bell, inspiración en la vida real de Sherlock Holmes – y de Watson, de paso. No he visto todo lo que me gustaría ver de la filmografía Holmesiana. Dícese que el mejor Holmes pertenece al actor británico Basil Rathborne, pero no lo puedo asegurar pues no he visto sus películas. Pero a veces la desgracia me acompaña: Vi la barbaridad perpetrada por Robert Downey jr., como un Sherlock Holmes más James Bond o Batman sin máscara, con un Jude Law / Doctor Watson más parecido al Joven Maravilla. La segunda película de esta parejita no me he molestado en verla, y eso que trato siempre de no perderme nada del Detective. Del mismo modo, estoy siguiendo en el Cable la serie Elementary, donde la muy guapa Lucy Liu hace de una Doctora Watson de cierta profundidad psicológica, con Aidan Quinn haciendo de un Inspector Gregson mucho menos estereotipado que el de Conan Doyle. La belleza de la Liu y el talento de Quinn se roban la teleserie, pues el actor que eligieron para Holmes (Johnny Lee Miller) empezó intentándolo con coraje, pero sin lograrlo de primera intención, pues todos tenemos una imagen de Holmes que así nomás no puede violarse sin pagarlo en efectivo. Y eso que los guionistas han estado tratando, a mi modo de ver con gran acierto, de seguir la estructura de los cuentos cortos de Conan Doyle. El problema es que se le ven demasiado los hilos a la marioneta y el espectador que conoce debe “suspender el juicio”, por así decir, para “no verlos”. Y sin embargo, mientras más tratan actor y guionistas de “no parecerse”, más “se parecen”, y graciosamente para mí eso está salvando la serie, pues el “narrador” Watson está construido de modo realmente admirable por una inspirada y sobria Lucy Liu, y Miller se afiata cada vez más.

V
Colofón

Si bien Sherlock Holmes resulta ser una suerte de hito y paradigma de diversos géneros, no es un superhéroe, pues sus capacidades pueden ser perfectamente alcanzadas por las personas que se aboquen a ello. El razonamiento deductivo no está expropiado, y la mente humana no conoce aún cuál puede ser su límite. Es posible para cualquiera identificarse con él, es posible para cualquier joven proyectarse en él. Ante la ausencia de modelos morales en la realidad, podemos aún recurrir a la ficción para encontrarles. Y Sherlock cumple, en lo cognitivo como en lo moral, así que léelo como quieras y donde quieras, que Sherlock no nos permitirá arrepentirnos. Y punto.





CRÓNICAS DE LECTURAS – 21
 LEER LA BIBLIA (II)

I
Leer desde diversos ángulos

Es inevitable ver la Biblia como texto sagrado, pero ella no es sólo la histórica depositaria de una Verdad Trascendente para diversas confesiones religiosas. Posee otras dimensiones, y desde el Concilio Vaticano II nadie se irá al Infierno por leer la Biblia desde lo histórico, historiográfico, sociológico o literario, así que podemos adoptar estos ángulos sin riesgo. En anterior Crónica nos referimos a Moisés, el Hagiógrafo por excelencia, a quien la tradición le encaja la improbable autoría de todo el Pentateuco o Torah. Pero vimos que había más hagiógrafos en la danza. Y tras el ingreso del pueblo de los hebreos en la gran Historia, más aún. En el Antiguo Testamento, el elohista del Génesis, el Rey David de los Salmos, el Qohelet o Predicador del Eclesiastés pueden equipararse con Homero, Dante o Shakespeare, por oficio literario y por la universalidad de sus mensajes. Los hagiógrafos hacen épica para narrar la Creación del Mundo, lírica en la lamentación y la deprecación, reflexionan sobre el mal en el mundo y la brevedad de la vida. A estos temas universales que todos enfrentamos la religión les aporta su visión, los libros sagrados tratan de responder a las necesidades humanas espirituales más básicas, incluso si no se arrogan ser la palabra certificada de un Dios personal. Para efectos de guía en la peripecia de la Vida, y por su atención a la múltiple condición humana, la Biblia le resulta esencial, directa o indirectamente, a vastas cantidades de personas. A pesar de todos los esfuerzos por ocultarla y volverla arcano, durante siglos la Biblia, como el Qurán y los poemas homéricos, se usó como libro de texto, con el que se aprendía a leer y escribir, y hoy en varias confesiones religiosas se tiene en mucho conocerla al detalle y citarla con exactitud y precisión. Se podrá estar a favor de ella o en contra de ella, pero según parece, no sin ella.

En cuanto a la universalidad de los mensajes que construyen nuestra humanidad, no se puede encontrar actualmente en Occidente algo comparable a la Biblia. Desde una muy distinta perspectiva los poemas homéricos aún representan ciertos valores universales más o menos contrapuestos a los bíblicos, pero en la actualidad La Ilíada y la Odisea son obras irremediablemente anacrónicas, no nos dicen lo mismo que le dijeron a los ilustrados griegos y romanos de la Antigüedad, y si bien gozan de un sólido prestigio en el núcleo de la tradición Occidental, los valores que los presiden conservan su validez solo relativamente. Han perdido el aura sagrada de cuando fueron recitados y escritos. Desde hace siglos los valores homéricos se han subsumido en los cristianos, que los transmuta y subordina a los valores supremos expresados en la Biblia. Para hallar algo parecido tendríamos que bucear en los libros sagrados de otras confesiones. Y, por cierto, hay épocas en la vida en la que esta búsqueda se impone, cuando tratamos de conocer mejor para fijar nuestras creencias. Buscamos entonces esos libros, a ver qué nos dicen. Mi búsqueda personal me llevó a pasearme por el Corán o Qurán; el Libro de Mormón;  el Bhavagad-Gita, centro mismo de la gran epopeya hindú Mahabharata; el Tao-Te-King; e información suelta sobre el Budismo, el Taoísmo, el Baha´ísmo y otras religiones. Cuando me tocó vivir la curiosidad al respecto no existía aún la Internet, esa cosa que en un click nos da lo que busquemos, y así esta búsqueda y reflexión se prolongó en mi caso durante varios años, lo que en sí no fue tan malo. En un tema tan espinoso como el de las propias creencias morales y religiosas, conviene detenerse cuanto sea necesario y usar lo más masivamente posible de las neuronas que Dios nos ha dado. Y, como decía un sacerdote amigo mío, darle su tiempo y su espacio al Espíritu Santo para que actúe.

II
Multiplicidad ético-moral y el problema del Monoteísmo

La Biblia presenta múltiples puntos de vista ético-morales, a veces opuestos entre sí. En parte ello explica las divisiones e interpretaciones que produjeron cismas del tronco original cristiano casi desde el principio, y explica también el intento de mantener una ortodoxia más o menos permanente a través de los tiempos. Es un tema delicado: Basta asumir explícita o implícitamente una parte del Libro Sagrado como más importante que otra, para privilegiar un punto de vista sobre otro y muy probablemente entrar en conflicto con los que sostienen la mayor importancia de otras partes. Según parece esto fue lo que pasó con la Iglesia Cristiana durante unos dos siglos y medio, justo antes que el Emperador Constantino pusiera orden y resolviera ciertos impases en el Concilio de Nicea con unos cuantos puñetazos en la mesa. Y eso que este es solamente uno de los muchos problemas de las Ortodoxias que se apoyan en Textos. En dos mil años de experiencia de tratar con la Biblia – y para los Judíos mucho más – la sensatez no ha sido la norma en un texto que es igualmente sagrado en todas sus partes. La diversidad de interpretaciones ético-morales ha servido para justificar la defensa de los coyunturales intereses nacionales, sociales y económicos del momento, en verdad muy poco o nada vinculados con el problema de la Salvación Eterna. Parece que una parte indisoluble de la Fe de ciertas personas es considerar sin matices a la Biblia como Palabra de Dios, y así es que terminamos enfrentados a diversos Yo-Soy. Y de éstos, el más peliagudo, complicado y fastidioso es el Yahvé Sebaot – Dios de los Ejércitos – que los hagiógrafos presentan prepotente, terminante y horriblemente vengativo, que ordena cometer matanzas, genocidios y anatemas, llevado de una ira a la que nuestra mentalidad de hoy se resiste. Se le encuentra sin disfraz alguno en el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio; pero de uno u otro modo le seguiremos encontrando a lo largo de todos los Libros de la Biblia mostrando el difícil tránsito de los hebreos hacia el monoteísmo. Una de sus últimas menciones está en el Nuevo Testamento, en la Epístola de Santiago: El salario de los trabajadores que cosecharon sus campos se ha puesto a gritar, pues ustedes no les pagaron; las quejas de los segadores ya habían llegado a los oídos del Dios de los Ejércitos (Santiago, 5, 4), y así distinguimos como los siglos transmutaron al Vengativo Dios del Pentateuco en un Dios Justiciero en Este Mundo y en el Otro; de modo que si antes era un Dios de Unidad Nacional, ahora resulta poco menos que Dios Universal de la Lucha de Clases: ¿Creéis que estoy aquí para traer paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos tres contra dos, y dos contra tres … (Lucas, 12, 51-52).  

Es posible que las contradicciones que se nos patentizan en la Biblia obedezcan a los contactos y choques entre principios contrapuestos, en el tratar de expresar la Contradicción como un solo Concepto. Desde el racionalismo tratamos en gran medida con conceptos unívocos, cuando lo universal ha sido y es “separar uniendo” dualmente las cosas, tal vez es un error considerar como Unidad lo que siempre es Dos: Las dicotomías Bien – Mal, Ser – No Ser, Día – Noche, Bien – Mal, Varón – Mujer, Vida – Muerte, Padre – Hijo, etcétera, son patentes a todos los humanos y con ellas entendemos y ordenamos nuestro mundo. La expresión de estas dualidades evoluciona a lo largo de los Libros de la Biblia: Al principio, como en el Evangelio de Juan, está el Verbo, la Palabra, (En el Principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios. / Ella estaba ante Dios en el principio. Por Ella se hizo todo, y nada llegó a ser sin Ella. - Juan, 1, 1-2); y en el Génesis, Dijo Dios: Haya Luz, y hubo luz. (Gén. 1, 2). El Verbo es una Palabra que se hace Acción, y así se plantea el problema: Los hagiógrafos nos ofrecen desde el mismo inicio del Génesis el final de su proceso hacia el Monoteísmo, porque el Yahvé / Elohim / Adonai Omnipotente y Creador del Cielo y la Tierra, el del Diluvio, el que confundió las Lenguas en Babel, el Libertador de las Cadenas de Egipto, el que separa el Mar Rojo, el Incomparable, el Celoso, el Único (Shemá Israel, Adonai Eloheinu Adonai Ejad = Oye, Oh Israel, El Señor es Nuestro Dios, el Señor es Uno – Deuteronomio, 6, 4); no parece ser el mismo Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios de agricultores de secano, de pastores y cazadores que de a poquitos se impone a los de otros pueblos conforme los hebreos toman control de Canaán (¿No tienes ya todo lo que tu dios Camos te ha dado? Igualmente nosotros tenemos todo lo que Yavé, nuestro Dios, nos ha dado en posesión – Jueces, 11, 24); ni parece de hecho el Padre Amoroso de la predicación del Cristo, en el Nuevo Testamento. Desde el principio hay idas y tornas: Para fijar un primer canon de la Biblia utilizable para el culto, hubo que esperar que hubiera un estado hebreo, y ello tuvo sus bemoles: El Rey Salomón, hijo de David, no era muy ortodoxo y aceptó otros dioses aparte de Yahvé, pero como era el Rey no le pidieron pasaporte, y tras su muerte la crisis estalló y Judá e Israel se separaron por el problema de si Uno o Muchos Dioses, lo que en la práctica era la lucha entre diversas facciones y sacerdocios.

El Monoteísmo no te deja claro el grave problema de Quién es el Malo de la Película. El Dualismo lo resuelve fácil en la zoroástrica contradicción Ormuz / Ahrimán, en el universal conflicto donde Hombres, animales y plantas toman partido: Si tú eres buen súbdito y soldado leal del legítimo Rey, agricultor que paga sus impuestos, eres de Ormuz; si en cambio eres extranjero, idólatra, nómade, eres de Ahrimán; y el mundo así es simple de entender. Pero viene el Monoteísmo y, ay, todo lo complica al tener que lidiar con un Dios que Todo lo Puede, pero que admite, permite o atraca lo Malo en el mundo. La asociación Dios-Bien no queda clara, ni tampoco el rol del espíritu maligno (Diablo, Demonio, Satanás, Luzbel, Mefistófeles, Belcebú = Baal Zebub = Señor de las Moscas, título de una novela de William Golding), porque este espíritu maligno debe desplegar un gran poder, ma non troppo, pues de otro modo ni se entiende la Omnipotencia Divina, ni se establece el Principio del Libre Albedrío. Así que no la tenemos tan fácil como los zoroastras en lo ético-moral: No basta con trazar una raya diciendo: Aquí lo Bueno, allá lo Malo. Como dice la gran filósofa Mafalda de Quino: el problema es cómo apechugamos con lo malo que tiene lo bueno, y lo bueno que tiene lo malo. El Dualismo y el Monoteísmo tienen sus límites para explicar el mundo, y así va la vaina desde varios milenios.

III
El Libro de Job, y el Qohelet o Predicador: Vanidad de Vanidades

En el Libro de Job, Dios hace apuestas con el Enemigo, el mismísimo Diablo, nada menos. Y parece que se regodean harto en el asunto, con los seres humanos en el desastrado papel de carne de cañón. Cuán fuerte se instaló esta visión en el inconsciente occidental, lo demuestra el prólogo del Fausto de Goethe, así como innumerables historias: Job, sin saber leer ni escribir, es reducido a la abyección y se le destroza la vida, por una apuesta. Se justifica sin lugar a dudas que el atribulado se pregunte ¿Por qué no morí en el seno y no nací ya muerto? (Job, 3, 12), pero como en el Féisbuk, no le faltan bien pensantes que le presentan diversas opciones más o menos tibionas, pero Job defiende la pertinencia de su pregunta y la justicia de su causa (Ojalá se escuchara mi ruego y Dios me concediera lo que espero, / que por fin se decida a aplastarme, que deje caer su mano y me suprima. / Al menos tendría consuelo … - Job, 6, 8-10). Si te gusta la Biblia, no puedes dejar de leer como Job aborda una cuestión tan esencial en el devenir humano como el ¿por qué recuernos a mí me tiene que pasar esto? Al final la cosa se pone color de hormiga cuando se aparece el mismo Dios a poner orden, y de hecho ni se molesta en contestarle a Job, sino que de frente lo cuadra y lo ridiculiza: Amárrate los pantalones como hombre: voy a preguntarte, y tú me enseñarás. / ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¡Habla si es que sabes tanto! – Job, 38, 3-4. No hay respuesta alguna al ¿Por qué a mí? y la vaina queda en un incómodo veremos, envuelto en un Misterio que no comprendemos, con lo que nos dejan en Pindinga, lugar cercano a Babia. Tal vez haya sido hasta considerado de parte del hagiógrafo dejarlo así, porque quizá, como Job, lo sabio sea sufrir el azar con paciencia, aceptar lo que no entendemos ni podemos cambiar, inclinarnos ante lo inevitable … Reconozco que lo puedes todo, y que eres capaz de realizar todos tus proyectos. / Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí. / Yo te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. / Por esto, retiro mis palabras y hago penitencia… – Job, 42, 2-6 … ¿O no? 
    
Pero el asunto no acaba aquí. De hecho no ha hecho sino empezar: En el Eclesiastés sangra la misma herida abierta en Job: No hay Razón, dice el Qohelet, el Predicador, no hay razón, y todo es absurdo – Ecl. 1, 2, como se traduce en la Biblia Latinoamericana de 1972. La de 1995 dice ¡Esto no tiene sentido! Decía Qohelet, ¡esto no tiene sentido, nada a qué aferrarse! Y ambas traducciones tratan de transmitir en castellano el sentido de lo que la Biblia de Jerusalén traduce como ¡Vanidad de Vanidades! – dice Qohelet - ¡vanidad de vanidades, todo vanidad!. El Eclesiastés es mi libro preferido de toda la Biblia, quizá por su visión pesimista de la vida y del hombre: ¿Qué le queda al hombre de todas sus fatigas cuando trabaja tanto bajo el Sol? – Ecl. 1, 3; constatando una verdad que atraviesa también la gran poesía de los Rubaiyat, del persa Omar Khayyam, de contexto cultural parecido: Si la vida es breve y absurda y no tiene sentido, entonces … ¿qué hacemos en el tiempo de vivir que tenemos, en esta vida que no sabemos bien qué es, pero que es tan dulce y no queremos que se acabe? Después de todo Me dije: Si la suerte del insensato es también la mía, ¿qué he ganado con mi sabiduría? Y también en esto he visto que uno se afana por nada (Ecl. 2, 15). Las peripecias de la vida hacen sabio al Qohelet o Predicador, en buena cuenta alguien que decide no esperar nada. El Libro de Job empieza con una apuesta y termina en la entrega del Yo al Dios que no entendemos; el Eclesiastés empieza y acaba constatando el absurdo de que el último y amargo destino de los humanos sea la muerte que debe ser aceptada sin más. Pero allá atrás hay una velada esperanza: Acuérdate de tu creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días malos, y los años que se acercan, de los cuales dirás: `No espero más de ellos` / antes que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y que vuelvan las nubes apenas haya llovido (Ecl. 12, 1-2). La muerte se vuelve una parte de la vida, un descanso de este servicio militar, una amiga que nos libera del absurdo: El hilo de plata no llegará más lejos: dejaron de hilarlo; la lámpara de oro se rompió, se quebró el cántaro en la fuente, y cedió la polea del pozo. / El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y el espíritu sube a Dios que lo dio (Ecl. 12, 6-7). Y así el Qohelet aconseja mesura y equilibrio, a diferencia de Khayyam, que quiere la orgía, el vino y el amor: Sin amor y sin vino la vida es nada. Nada / es sin el dulce canto de la flauta de Irán. / Sólo dos cosas valen en ella, según veo: / la fiesta y el placer, y lo demás es nada (Rubaiyat 113). Ascetismo y Desenfreno responden a la misma pregunta, son más cercanos de lo que parece, aunque donde el uno se resigna a no saber, el otro trata de avanzar. Como que el Qohelet no quiere dejar la cosa en veremos, y deja sembrada la idea de la Resurrección, única solución a la vista de la sangrante contradicción mostrada en Job. El Qohelet y Khayyam se parecen también, donde uno dice Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de tu vida fugaz (Ecl. 9, 9); el otro Olvida la sapiencia de los sabios, y enrédate / en el sedoso pelo de una mujer bonita (Rubaiyat 121). Pero si me preguntan, prefiero un Qohelet que se adentra en el vacío con coraje a un Khayyam que no se atreve a rozarlo, escondido tras una copa de buen vino. O ambos tienen razón, porque hay un tiempo para cada cosa, y un momento para hacerla bajo el cielo. (Ecl. 3,1). 

IV
Rey, Guerrero y Poeta: David y los Salmos

David fue Rey de Israel en Jerusalén, poeta y místico de primer orden. Su vida se narra en los Libros de Samuel, de Reyes y en las Crónicas o Paralipómenos., que repiten la misma Historia de los Reinos de Israel y Judá, pero desde distintas perspectivas. Las Crónicas son relato oficial disfrazado de registro objetivo; en cambio el elohista – hagiógrafo probable de Samuel y Reyes – es un crítico que cuenta lo que el oficialismo calla, y juzga y valora desde la Religión, no desde la Política, al modo de un historiador independiente. En Segundo de Samuel y en Primero de Reyes hay la mejor biografía del poderoso David, Rey de Israel en Hebrón y en Jerusalén, en sus triunfos como en sus debilidades: Lo vemos así permitiendo al intrigante Joab – Montesinos de la época, poder detrás del trono - que asesine al leal Abner; mandando matar a Urías por satisfacer su lujuria con la guapa Betsabé; dejando sin castigo la violación de su hija Tamar por su hijito consentido Amnón; derrotado por último por otro consentido, Absalón. David como Gobernante muestra astucia y ausencia de escrúpulos, lo que el elohista refleja en el amargo Discurso de Semeí dirigido al propio David en huida: Vete, vete, hombre sanguinario y perverso. / Yavé hace recaer sobre tu cabeza toda la sangre de la familia de Saúl, que masacraste. Así como tú le quitaste el trono a Saúl, así también Yavé se lo ha dado a tu hijo Absalón. Tú eres un criminal, por eso te persigue la desgracia (2 Samuel, 16, 7-8). David acepta el designio de Yavé, y cuando los cortesanos quieren cortarle la cabeza al incómodo Semeí, David apunta: Déjenlo que me maldiga si Yavé se lo ha mandado (2 Samuel 16, 11). El elohista presenta así no a un David oficial, héroe de cartón, sino al ser humano en sus complejidades y circunstancias. David, juzgado por los parámetros actuales, es un político marrullero y veleta, con un evidente interés por el poder y un maquiavelismo que roza la traición. Pero ahí lo tenemos igual de paradigma, porque son los vencedores los que escriben la historia.

Pero yo se lo perdono, porque el poeta David es magnífico en lo épico, lo místico y lo lírico. Su poesía se alimenta de su experiencia, es un poeta natural, que recita sin saberlo, empezando por su magnífica respuesta al reto del gigante filisteo Goliat: ¿Quién es ese filisteo incircunciso que insulta así a los batallones del Dios Vivo?  (1 Samuel, 17, 26). Tras vencer a los filisteos, David se mete de costado en la familia real al casar con Micol, hija del Rey Saúl, pero su afecto se dirige más bien a su cuñado Jonatán. El Rey Saúl le envidia y le odia, mas David y Jonatán son hermanos de armas y comparten espíritu y temple: Vete en paz (David), ya que nos hemos comprometido en nombre de Yavé, que Yavé esté entre tú y yo, entre mi descendencia y la tuya, para siempre. (1 Samuel 20, 42). David escapa así del odio de Saúl y se interna en la precaria existencia del guerrillero y soldado de fortuna. Pero cuando Saúl y Jonatán mueren en Gelboé a manos filisteas, David recita su doloroso Canto Fúnebre: Ay, la gloria de Israel pereció en los montes / ¿Cómo cayeron los héroes? / (…) / El arco de Jonatán no retrocedió jamás ni la espada de Saúl se blandía en vano / (…) / Eran más ligeros que águilas, más fuertes que leones / Por ti estoy apenado, Jonatán, hermano mío, por ti, a quien tanto yo quería. Tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres …  (2 Samuel 1, 19-26). Se ha especulado homosexualidad, olvidando la hipérbole tan común en Oriente, y el contexto fúnebre. Algunas interpretaciones se acercan más a nuestras ideas preconcebidas que a los hechos. Otros poemas de David son de tema religioso, como el de 2 Samuel, 22, 2-51: Yavé es mi roca y mi fortaleza, mi libertador y mi Dios, e inspiran los hermosos y sentidos Salmos. La experiencia de vivir a salto de mata se refleja en las súplicas a Yavé en el peligro, al ruego de su fortaleza y guía en medio de la tribulación, en la confianza que está con nosotros: Los cielos cuentan la gloria de Dios, / la obra de su mano anuncia el firmamento (Salmo 19, 1); Dios mío, de día clamo, y no respondes, / también de noche, no hay silencio para mí / Más tú eres el Santo, / que mora en los laúdes de Israel / En Ti esperaron nuestros padres, / esperaron y tú los liberaste …  (Salmo 22, 3-4); El Salmo 23 es popular en los países anglosajones: Yavé es mi pastor, nada me falta / (…) /Aunque pase por valle tenebroso, / ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo / tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan (Sal 23, 1, 4). El Salmo 51, el Miserere, lamenta el peso de los pecados, ruega el perdón en la última hora (Ténme piedad, oh Dios, según tu Amor, / por tu inmensa ternura borra mi delito, / lávame a fondo de mi culpa, de mi pecado purifícame. – Sal 51, 3-4) y se ha rezado innúmeras veces a lo largo de los siglos por todos los que sólo a Dios pueden recurrir en su desesperanza, en especial los moribundos (Retira tu faz de mis pecados / borra todas mis culpas / (…) / El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; / un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias. Sal 51, 17, 19). David no fue el único Salmista, están Asaf, los hijos de Coré – posiblemente un Coro permanente -, y el Maestro de Coro, aunque muchos Salmos aparecen sin autor y serían creación colectiva, como el Salmo 137, de la Deportación a Babilonia, la famosa Balada del Desterrado: A orillas de los ríos de Babilonia / estábamos sentados y llorábamos, / acordándonos de Sión. / (…) / ¿Cómo podríamos cantar / un canto de Yahveh / en una tierra extraña? / ¡Jerusalén, si yo de ti me olvido, / que se seque mi diestra! / ¡mi lengua se pegue al paladar / si de ti no me acuerdo!  (Sal 137, 1, 4-6). En la larga historia de desarraigos y persecuciones del Pueblo Elegido, este Salmo debe haberse cantado en Sinagogas y hogares, musitado con fervor por los rabís, exultado por aquellos que retornaron a la Tierra Prometida y vieron nuevamente la Colina de Sión. La historia del Sionismo que ocurrió después, disculpen, no tiene demasiado que ver con la Biblia.   

IV
Colofón

Termino así esta segunda Crónica sobre Leer la Biblia. En las siguientes seguiremos en el mismo estilo, picando de aquí y allá. Como decimos siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te prives.  





CRÓNICAS DE LECTURAS – 22
LEER LA BIBLIA (III)

I
Creacionistas y Evolucionistas

Algo más de siglo y medio atrás la Iglesia Anglicana se metió en un lío descomunal al entrar en conflicto con la Teoría de la Evolución de Charles Darwin, Alfred Russell Wallace y Thomas Huxley: El conflicto aparente entre Fe y Ciencia mostró cuán inane es un sistema de creencias sobre la realidad basado en la interpretación literal de las palabras de la Biblia. Parecería que el ente metafísico “Ciencia” se imponía a la “Religión”, otro ente metafísico del mismo género. A mi humilde entender la discusión es absurda por confundir planos, aunque estoy seguro hay harto pan que rebanar acá, y precisamente porque lo hay no sé qué hacían estos discutiendo sobre tortas y panqueques. No creo que exista Ciencia ni Religión fuera de las mentes de las personas o comunidades que las practican y/o profesan. No impongo a nadie mi idea, pero yo no veo ahí más que conjuntos de proposiciones. Creo que entendemos demasiado poco sobre la mente y el espíritu humanos – sean éstos lo que fueren – para ponernos a discutir acerca de la certeza del conocimiento de dos conjuntos de proposiciones cuya intersección es vacía. Parece que discutiéramos sobre cuántos ángeles caben en la puntita del famoso alfiler. Claro que esto no es más que mi opinión, y estoy seguro que otros sostendrán distinciones más sutiles y certeras, pero esto que narro son mis propios viajes, y sólo trato de plantear cómo veo este tema, en el que a algunos en definitiva se les va la vida. A mí no me causa el más mínimo problema distinguir entre Ciencia y Religión, y cuando veo alguna discusión que las enfrenta entiendo que podría ser más productiva, interesante o profunda, incluso con el desacuerdo. Ambos dependen demasiado de cierta mirada subjetiva, lo que me enseña más sobre la dificultad de escapar de esquemas preconcebidos que sobre la certeza de las afirmaciones. Es cierto que parto del deber-ser de la libertad de pensamiento, que incluye la libertad para tener las creencias no demostradas que te vengan en gana, siempre y cuando no nos compliques desordenadamente la vida al resto; y me molesta que ambos conjuntos de creencias no coexistan sin problemas. Entiendo que una vida bien ordenada equilibra las cosas, en especial cuando hay motivos fundados para suponer que ningún sistema te dará todas las respuestas. Precisamente por eso chocamos con las ortodoxias que se pretenden totales y verdaderas, y que para ello nos muestran falacias de petición de principio. La ortodoxia no es necesaria para la Religión, que entiendo como sistema individual y abierto de creencias. Las Iglesias son otro cantar, porque cierran lo que debes creer por sus propios y particulares motivos, y cuyos intereses me parecen ajenos tanto a lo religioso como a lo científico. Ahí están para decirlo con conocimiento de causa Jansenio, Teilhard de Chardin y Anthony de Mello; y desde la otra orilla Copérnico, Galileo y Giordano Bruno. Que lo que les pasó o dejó de pasar a todos ellos no tiene tanto que ver con Dios como con confundir el triciclo con la manivela.

En el terreno práctico de la Vida, si estoy enfermo y le pido a la divinidad que intervenga para sanarme, de repente Dios (O Diosa, o Eso que está allá), si soy tan interesante o importante para Él como para que haga algo, me enviará un médico eficiente al alcance de mi bolsillo, lo que en el Perú no es poco y requiere de cierto nivel de omnipotencia (Eclo. 38, 1-15). No veo con qué cara le limito las opciones a la divinidad, como veo ciertas Iglesias hacen prohibiéndole a Dios las transfusiones, por ejemplo. Y contrario sensu, si aparece alguien con ganas de quemarte vivo por eso de que si Dios es Trino o Uno, o si Jesus usaba para vestir sábanas o frac, lo más sensato es correr si puedes. Que soy humano, y nada de lo humano me es ajeno, ni siquiera el Miedo. Y no atraco con las Iglesias que me imponen soluciones si estoy enfermo, ni con los creacionistas y sus sumas de edades de patriarcas para hallar la antigüedad del Universo. Podría verlo desde la Ciencia: La sonda Planck de la ESA-NASA acaba de cartografiar con mayor exactitud la luz de fondo del Big-Bang, y el universo registra algo más de añitos de lo que se creía: Trece mil millones. Pero desde la Religión hay un argumento tipo Navaja de Ockham, pues los hagiógrafos se concentran en cuestiones universales y no en lo contigente. En su estilo lo que dicen es que todo lo que existe lo hizo Alguien, y le salió Bien. Si eso es o no Verdad, pues falta data y por eso es cosa de Fe. Esa Fe me dice que tras cada uno de los Seis Días de la Creación, vio Dios que esto era bueno (Gén. 1; 10, 12, 18, 21, 25), y más aún: Dios vio que cuanto había hecho era muy bueno (Gén. 1, 31). Sí, en todos los tiempos es necesario recordar que Existir es mejor que no existir; que Ser, sobre todo cuando sabes que Eres, es mejor que No Ser; y Vivir mucho más grato que No Vivir. Claro que eso es discutible si tienes hambre, o sientes desamparo al saber que dejarás de Ser, pero desde allí puedes aspirar a algo mejor, que más vale perro vivo que león muerto (Eclesiastés, 9, 4). Que exista el Universo entero - galaxias, estrellas, planetas, rocas, mares, plantas y animales y el ser humano – es así, en principio, bueno. Pero a esto no se refieren los creacionistas cuando presumen de aritméticos con las edades de los patriarcas. Yo digo que ante el hecho desnudo del Existir ¿A quién recuernos le importará que Dios hiciera el Mundo en Seis Días o en Seis mil millones de años? Esos son aspectos técnicos que no carecen de interés científico ni especulativo, claro, pero no son de fondo: La Religión es Fe; la Ciencia es conocimiento verificable. La Fe no se basa en enunciados de Ciencia, ni la Ciencia en los de la Religión. Los creacionistas y otros fanáticos confunden los camotes con Pavarotti, y cuando tratan de imponerse no lo hacen por religión, sino por ideología, economía y política, testigo el Tea Party. La recta Religión y la Ciencia de veras pueden y deben criticar y combatir a esos loquitos. Y ya no perderé el tiempo con alucinados.

(Y sin embargo, no me aguanto y romperé una lanza por la sensatez: El Calendario se basa en los movimientos aparentes del Sol y la Luna. Un “año” es el tiempo entre dos equinoccios o solsticios, más o menos; así como “mes” el tiempo entre dos fases iguales de la Luna. Se mide la duración de la vida en “años” y “meses”. Cuando los primeros hagiógrafos escribían era probable que emplearan medidas de tiempo lunares más que solares. El término “año” compara el tiempo vivido con el tiempo de rotación del Sol. Es coherente suponer que la palabra que San Jerónimo tradujo “año” para los patriarcas antediluvianos  - Adán, Set, Enós, Quenán, Mahalalel, Yéred, Henoc, Matusalén, Lámek y Noé - se refería a la edad en general, sin distinguir entre el período lunar o el solar. La leyenda o mito recogido por el elohista habría usado el término “año” refiriéndose a la rotación de la Luna, y el elohista y/o el traductor San Jerónimo, sin pensar mucho en ello, lo asumieron Solar. Total, eran hagiógrafos y traductores, no astrofísicos ni geógrafos. Así, el famoso Matusalén, que habría alcanzado la portentosa edad de 969 “años” (suma de 187 “años” cuando engendró a Lámek, y 782 “años” después – Gén, 5, 25-26) habría vivido 969 “años … lunares”, es decir 969 meses de hoy. Y habría cantado su happy birthday solar algo más de 80 veces (80 “años solares” = 969 “años lunares”), y tenido su primer vástago a los quince “años solares”, con un año solar de doce meses lunares (en algunos calendarios es trece). Llegar a la edad de 80 “años solares” es respetable aún hoy, y más entonces que la expectativa de vida en Palestina no debe haber sido muy elevada. Como hipótesis esto vale por lo menos igual que creer que un patriarca vivió casi mil años solares, y mucho más probable.)        

II
Historia, Moral y Religión

Entre tantas cosas que es la Biblia, es una interesante fuente histórica. Si se la lee en esa perspectiva encontramos desde fuentes históricas directas – los libros de Josué, Jueces, primero y segundo de Samuel, primero y segundo de Reyes, primero y segundo de Crónicas / Paralipómenos, Esdras, Nehemías, primero y segundo de Macabeos -  hasta testimonios de carácter moral, ético y religioso que expresan los rasgos y contenidos de las épocas en que los hagiógrafos los escribieron. Así pueden interpretarse las historias y cuentos de Rut, Ester, Job, Tobías, Judit, Jonás y partes de los Libros de Daniel, Ezequiel y Jeremías, entre otros. Es claro que los hagiógrafos no entendían la Historia como nosotros. La Historia hoy es un conjunto de proposiciones verificables, al margen de temas epistemológicos no pertinentes ahora. Los hagiógrafos, en cambio, registraban y valoraban los hechos desde una perspectiva religiosa y moral. Atribuían la caída del Reino del Israel a manos de los Asirios a que Israel se separó del Templo de Jerusalén, donde estaba el Arca de la Alianza. Vale decir, las cosas pasaban o dejaban de pasar por estar acordes o no con un deber ser religioso, ético y moral. Y explicaban por qué Judá no cayó a la vez que su vecino Israel: “Joram, hijo de Josafat, rey de Judá, comenzó a reinar (…). Siguió los pasos los reyes de Israel y (…) se portó muy mal con Yavé. Sin embargo, Yavé no quiso exterminar a Judá por amor a su siervo David, según la promesa que le había hecho de mantener siempre encendida su lámpara, lo que se refería a sus hijos.” (2 Reyes, 8, 16-19). Portarse mal con Yavé – mantener el culto de otros dioses -  explica para el hagiógrafo por qué un reinado era un desastre. ¿Entonces cómo explica el hagiógrafo que a Joram le vaya bien, siendo un forajido de polendas? Pues por la promesa hecha a David por Yavé. Los Profetas eran esenciales como intérpretes de la voluntad de Dios, y más le valía al Rey seguir sus consejos. Era crucial la relación entre el Poder Político y el Religioso: cuando andan de acuerdo todo va bien; cuando no, todo va mal. Destacan así los profetas Moisés, Débora, Samuel, Natán, Elías y Eliseo, que transitan por Judea portando el mensaje de Yavé, y a veces prefigurando los milagros del Cristo.

En consecuencia estos relatos bíblicos “históricos” son edificantes y muestran en qué consiste portarse bien con Yavé. En Ester se trata de “A Dios rogando y con el mazo dando”; es decir rezar a Dios por la salvación del pueblo a la vez fomentando la coquetería de Ester con el Rey Persa Asuero para influir a favor del pueblo y vencer las intrigas del enemigo Amán. En Rut es la fidelidad a la Fe, que supera el prejuicio étnico al mostrar la fe en el Dios Vivo y la lealtad a Noemí de la moabita Rut, que se une al Pueblo Elegido para ser nada menos que abuela del Rey David: No me obligues a dejarte yéndome lejos de ti, pues a donde tú vayas, iré yo; y donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, allí también quiero morir y ser enterrada yo. Que el Señor me castigue como es debido si no es la muerte la que nos separe (Rut, 1, 16-17). En Tobías se trata de sostener la religión en un contexto pagano, de ser firme frente a la adversidad, de confiar en la providencia de Dios. Varios de estos sabrosos cuentitos, como Ester, Daniel y otros, enseñan cómo comportarse entre no-judíos, algo terriblemente importante tras el colapso de los dos estados hebreos. En Judit se destaca la importancia de las mujeres judías (Judit significa “la judía”) en los momentos de crisis, que débiles y todo salvan al pueblo: no está en el número tu fuerza, ni tu poder en los valientes, sino que eres Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados (Judit, 9, 11). Quizá uno de los libros bíblicos de más resonancias modernas sea el de Jonás. Que la clasificación de los Libros de la Biblia no fue muy acuciosa se nota cuando se agrupa a Jonás con los Profetas Menores, entre Abdías y Miqueas, cuando en realidad es un cuento, como Rut o Tobías. Seguramente ello fue descuido de un clasificador que no sabía bien qué hacer con él, y lo leyó muy por encima. Pasa en las mejores Bibliotecas, por más clasificación Dewey que se use. La historia de Jonás era un cuento muy popular en aquellos días, y Jesús lo menciona varias veces en el Nuevo Testamento. No me aguantaré de contarlo y comentarlo.

III
El Libro de Jonás

Jonás es un profeta en el Reino de Israel. Es decir vive en la incómoda situación de predicar la vuelta del Reino separado a Jerusalén, lo que lo hacía muy impopular, y se le nota tozudo, terco y estólido, cualidades necesarias en tales circunstancias. Un buen día Yavé le ordena que vaya a Nínive, epítome de toda iniquidad, y predique contra ella. Esto echaba a andar un proceso: predicar contra una ciudad implicaba que o bien sus gentes se arrepentían o bien no, en el primer caso se les permitía vivir, en el segundo la desatada Ira del Dios de los Ejércitos destruía la ciudad y a todos sus habitantes. Pero Jonás veía la cosa algo diferente, fuera porque preveía lo que podía pasar, fuera por no querer predicar en Nínive. En todo caso Jonás se decide por ir en la dirección contraria y embarca a Tarsis, al otro lado del mundo, lejos de la presencia de Yavé (Jonás, 1, 3). Esto es un motín in fraganti, Jonás tenía una idea limitada de con quién trataba. Yavé envía una tempestad que amenaza hundir el barco. La tripulación se afana en salvarlo, cada cual reza a su Dios por ayuda, mientras Jonás duerme en el fondo de la cala, tan inconsciente del asunto que el Capitán del Barco lo cuadra: ¿Cómo estás durmiendo? Levántate, invoca a tu Dios, quizá se acuerde de nosotros y no pereceremos (Jonás 1, 6). La tempestad arrecia, los marineros echan suertes a ver quién se trae el problema, y adivina a quién le toca. Me caen mejor estos gentiles que el profeta, cuando menos trabajan para que el barco no se hunda. Y también me agrada este Yahvé educador: Aquellos hombres tuvieron gran miedo y le dijeron ¿Qué es lo que has hecho? Pues ahora sabían que huía de la presencia de Yavé (Jonás, 1, 10). Al fin, Jonás propone que lo echen al mar, la tempestad se disipa, el barco sigue su ruta, y un gran pez aparece de la nada y se traga a Jonás. Esta escena del pez inspiró a dos clásicos de la literatura infantil: El soldadito de plomo, de Hans Christian Andersen; y Pinocho, del italiano Carlo Collodi. En el primero, el soldadito es tragado por un pez y hallado al final por su dueño; mientras que en el segundo, Pinocho busca a su padre Gepetto, a su vez perdido al buscarlo. Y así como Jonás encuentra y es encontrado por Dios Padre, rezando en el vientre de la ballena – eso y ser digerido es lo único para hacer allí -, un par de milenios más tarde Pinocho encuentra a su padre en el vientre de otra ballena, seguro descendiente de la de Jonás y pariente lejana de Moby Dick.

En su forzado retiro el profeta termina por atracar con la voluntad de Dios, y produce de paso una bella oración, que por algo Dios lo eligió: En mi angustia llamé a Yavé / y me respondió, / grité desde el lugar de los muertos / y Tú oíste mi voz (Jonás 2, 3). El pez lo vomita, presumimos en la ruta a Nínive, y así Yavé le sugiere amigablemente que se deje de pretextos y haga lo que hay que hacer. Escarmentado, Jonás va a Nínive, ciudad grande que requiere tres días sólo para atravesarla, pero él predica por un día un mensaje corto, cumple con su deber con displicencia de empleado público. Al terminar el día se habrá dicho que ya estaba bueno; pero los ninivitas sin embargo, oyeron la advertencia e hicieron penitencia desde el mayor al menor. Y Dios, que es de buen natural, los perdona y no destruye la ciudad. Esto a Jonás le cayó como mentolátum con huevo frito, se enojó y dijo en versión libre: “Ya te agarraron por el bobo, como siempre. Clemente y misericordioso, bah, a estos hay que volarlos a lo Sodoma y Gomorra. Para esto me hubieras ahorrado el tour a la panza de la ballena. Me dejas como zapatilla, nadie me creerá otra profecía. Estoy hasta el copete de esta chamba” Bueno, es la idea, pues los profetas a veces le enmendaban la plana a Dios. Se observa en Moisés, el amigo de Dios, que en dramáticas circunstancias cuadra al mismísimo Yavé cuando éste muestra lo harto que está de esta plaga de israelitas, arrepentido de haberlos creado, y mejor empezamos todo de nuevo y con tu descendencia hacemos otro pueblo con mejores modales (Números, 14, 10-19). Pero ni Jonás es Moisés ni los ninivitas los fastidiosos israelitas. Jonás se larga de Nínive, se duerme a la sombra de un árbol, que Yavé hace morir, con lo que Jonás, mismo Chavo del Ocho, da de patadas en el suelo. Aquí la lección de Yavé: Te afliges por un ricino que no te ha costado trabajo alguno y que no has hecho crecer, que en una noche ha nacido y en una noche ha muerto. / ¿Cómo pues, yo no voy tener lástima de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir el bien y el mal, y gran cantidad de animales? (Jonás 4, 10-11).
      
IV
Sabiduría en píldoras, con sus prejuicios más

Los Libros Sapienciales contienen muchas máximas de diversa procedencia, que eran parte de lo que hoy llamaríamos sabiduría convencional propia de la experiencia: refranes, dichos, ocurrencias, consejos prácticos que vinculaban los muy terrenales intereses de las gentes con los límites de los preceptos divinos, en combinación inseparable. Son una especie de llamado constante a la sensatez, a la agudeza de un intelecto sensible a lo útil y a lo bueno, instrumento del buen vivir, al que llamaban Sabiduría: Pues hay en ella (la Sabiduría) un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo, incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles, / porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza / (…) es un hálito del poder de Dios / (…) es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad. / Aún siendo sola, lo puede todo; sin salir de sí misma, renueva el Universo // (…) … contra la Sabiduría, no prevalece la maldad. (Sab. 7,  22-25, 26-27, 30). Visión optimista y poética, de cuando la Fe y la Razón no se habían separado. Estos libros trazan guías de acción frente a los hechos de la vida cotidiana, y quizá sean una de las partes de la Biblia más consultadas hoy en día: Los Proverbios, la Sabiduría, el Eclesiastés, del que ya he tratado, y el Eclesiástico, hoy llamado Sirácides, por su autor Jesús Ben Sirá. Su lectura es sencilla, pues por su estructura pueden consultarse abstrayéndose del resto, y además están soberbiamente escritos, como suele suceder con la sabiduría popular. Por otra parte, contienen estructuras internas propias, es decir soportan a la perfección la lectura analógica, la que empieza por el principio y continúa hasta el final. Podría incluirse aquí ese poema tan especial que es el Cantar de los Cantares, hermoso canto de nupcias y apasionado amor conyugal de la Luna de Miel, aunque también se le han dado significados místicos (Negra soy, pero graciosa, hijas de Jerusalén, / como las tiendas de Quedar, / como los pabellones de Salmá, / No os fijéis en que estoy morena: / es que el sol me ha quemado. – Cantar, 1, 5-6).

Las pildoritas de estos libros no pueden ser más prácticas, considerando los contextos en que se desenvolvían. Poseen una belleza propia expresada en símiles, metáforas y otros recursos estilísticos de sus hagiógrafos. Escojo a continuación algunas al azar: Esta es interesante por su penetración psicológica, mucho más que los actuales libros de auto-ayuda: Ten en cuenta el momento y guárdate del mal, no te avergüences de ti mismo. / Porque hay una vergüenza que conduce al pecado, y otra vergüenza hay que es gloria y gracia. (Eclo. 4, 20-21). Otras nos advierten de andar ojo avizor para hacer lo correcto: Con paciencia se persuade al juez, una lengua dulce quebranta los huesos (Pro. 25, 15); Quien cultiva su tierra se hartará de pan, quien persigue naderías es un insensato (Pro. 12, 11); Del consejero guarda tu alma, averigua primero qué necesita – porque en su propio interés dará consejo (Eclo. 37, 8); La ancianidad venerable no es la de los muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia (Sab. 4, 8-9). Por otra parte estas citas vistas fuera de contexto suelen levantar discusiones, porque no hallaremos en estos textos, por ejemplo, equidad de género, idea moderna y alejada de lo preponderante entonces … ¿o no? Veamos esta cita: ¡Cualquier herida, pero no herida del corazón! ¡Cualquier maldad pero no maldad de mujer! (…) Prefiero convivir con león o dragón a convivir con mujer mala / La maldición de la mujer desfigura su semblante, oscurece su rostro como un oso. / En medio de sus vecinos se sienta su marido, y sin poder contenerse suspira amargamente. / Toda malicia es poca junto a la malicia de mujer, ¡que la suerte del pecador caiga sobre ella! (Eclo. 25, 13 y 16-19). Este duro juicio de ciertos rasgos femeninos ha perdurado, y sentado cátedra en la figura neotestamentaria de un Pablo misógino, aunque menos de lo que comúnmente se cree: … bien le está al hombre abstenerse de mujer (…) lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo … (1 Cor. 7, 1, 6-7). Como en lo dicho antes sobre David y Jonatán, ni tanto ni tan poco. Pero la secular desconfianza de las iglesias cristianas frente al género femenino parece tener origen en estos consejos bíblicos. Asimismo, veamos esta práctica educativa, interesante para padres y educadores: ¿Tienes hijos? Adoctrínalos, doblega su cerviz desde su juventud (Eclo. 7, 23). Y más fuerte todavía: El que ama a su hijo, le azota sin cesar, para poderse alegrar en su futuro. / (…) El que mima a sus hijos, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. / Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido sale libertino. / Halaga a tu hijo y te dará sorpresas, juega con él y te traerá pesares. / (…) No le des libertad en su juventud, y no pases por alto sus errores. / Doblega su cerviz mientras es joven, tunde sus costillas cuando es niño (…) Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces con su desvergüenza (Eclo. 30, 1, 7-9, 11-12, 13). Parece que el hagiógrafo teme que la excesiva protección a los hijos los haga descreídos y los enfrente a los padres, cree en las bondades del castigo físico para evitar que el niño “se tuerza”. Hoy sabemos más que el hagiógrafo, aunque superviva eso de que la letra con sangre entra. Pero así y todo hallamos universalidad y permanencia en estas citas, afincadas en un agudo y humorístico análisis de una realidad que es la misma en las sociedades antiguas y modernas, tanto en la vida cotidiana como en los procesos políticos: El salario del justo es para vivir, la renta del malo para pecar (Pro. 10, 16); El perezoso dice ´hay fuera un león, voy a ser muerto en medio de la calle´ (Pro. 22, 13); Lo primero para vivir es agua, pan, vestido, y casa para abrigarse. / Más vale vida de pobre bajo techo de tablas que comida suntuosa en casa de extraños. (Eclo. 29, 21-22); … la abundancia de sabios es la salvación del mundo y un rey prudente la estabilidad del pueblo (Sab. 6, 24). Y dice Shakespeare: Mejores fueran estos consejos, si alguien los siguiese.

V
Colofón

Finalizo mi tercera Crónica sobre Leer la Biblia, y la verdad, en qué honduras se me ocurrió meterme. Falta mucho para entregar una panorámica completa y a la vez personal. Espero que mis lectores me sigan concediendo licencia para continuarlo. Como siempre, lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Y en Semana Santa, como que es ocasión.  


CRÓNICAS DE LECTURAS – 23
LEER LA BIBLIA (IV)

Me aprovecho de la Semana Santa para disparar mis Crónicas de Lecturas sobre Leer la Biblia. Y ya estoy en la cuarta entrega. Agradezco a mis lectores la paciencia.

I
Profetismo y Profecías

Hasta el 2012 estuvieron de moda las profecías del fin del mundo, y nos hemos malacostumbrado a llamar Profeta a cualquier charlatán que diga cualquier bobada, y así es fácil que se nos escape lo que era realmente ser Profeta en tiempos bíblicos. La palabra hebrea para profeta es Nabí, que denota a la vez el rasgo pasivo de ser llamado, y el activo de ser portador del mensaje anunciador de la voluntad de Dios. Dicho mensaje puede atañer al pasado, presente o al futuro, recibirse por visiones, audiciones o inspiración interior, y transmitirse en poemas, relatos, parábolas, oráculos e incluso con acciones cargadas de simbolismo. Los Profetas se dedican full time a la labor de mensajeros de Yahvé, el llamado es irresistible, y no puede rechazarse: Antes de formarte en el seno de tu madre te conocía; antes de que tú nacieras, Yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones. / Yo exclamé: Ay Señor Yavé, ¡cómo podría hablar yo, que soy un muchacho! / Y Yavé me contestó: No me digas que eres un muchacho. Irás dondequiera que te envíe, y proclamarás todo lo que Yo te mande. / No les tengas miedo, porque estaré contigo para protegerte, palabra de Yavé (Jeremías, 1, 5-8). Los Cuatro Profetas Mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel) son así llamados por el tamaño de los escritos que han dejado, pero parece que varios de ellos, particularmente Isaías, son más de uno. Ya hemos hablado en su momento del papel de los Sacerdotes y del Templo de Jerusalén, que se dedicaba entre otras cosas a reunir las escrituras dispersas en un canon aceptable. Imaginemos el problema que se presentó cuando los reinos hebreos desaparecieron a manos de asirios y babilonios y cesaron como entidades políticas. Los Sacerdotes y Levitas dispersos en medio mundo juntaron y separaron escrituras, y los escritos se entremezclaron. Así que saber cuáles son cuáles y quiénes son quiénes es complicado y requiere de especialistas realmente expertos. Por ejemplo, entre los Judíos, Daniel no se clasifica Profeta, sino Escrito. Y todo esto choca además con el libre examen, tan caro a las Iglesias Cristianas post Reforma, así como al Liberalismo racionalista.

Examinemos esto unos momentos: El libre examen de lo escrito en el Libro Sagrado es sin duda un triunfo del espíritu y de la libertad fundamental con que el Hombre fue creado, y si lo ha sido a imagen y semejanza de Dios, pues es esta una característica de Dios con la que me siento sumamente cómodo. Pero como nada es perfecto en este mundo cochino, el Libre Examen que presidió la Reforma Religiosa terminó por “equilibrarse” con la creencia en la Infalibilidad de la Biblia, basada, como no, en una cita: Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justicia. (2 Timoteo, 3,16, Traducción Reina-Valera, 1960). Y patatín, salimos de Guatemala para caer en Guatepeor, para qué superamos entonces a San Jerónimo, a la Vulgata y a la Interpretación Ortodoxa de la Biblia. Esto hace que me pregunte sobre qué sentido tuvo hacer tanta movida para terminar en el mismo sitio de enantes, voluntad de Dios será de repente. El concepto de sola scriptura, creencia fundamental de las iglesias reformadas, suele interpretarse a la fundamentalista, como que Toda Verdad Está En La Escritura, y a veces peor, como que No Hay Conocimiento Que Contradiga La Biblia. Y eso no sería ningún problema, si fuéramos sensatos y supiéramos mantener separados los planos del conocimiento. Pero la sensatez es una suposición que nada nos autoriza a sostener, los fundamentalistas no son gentes sensatas y tienen demasiados problemas emocionales que resolver (necesidad de una autoridad qué seguir y qué manipular), y le adjudican a la Biblia un Valor de Verdad Absoluta, rasero que les permite juzgar a los demás con toda la del buey. Mi corta experiencia me dice que no hay nada más relativo que una Verdad Absoluta, y si no me cree láncese usted una de esas por ahí, en media hora tendrá tantas interpretaciones como personas la hayan escuchado. Todo esto viene a cuento porque ciertos pasajes de la Biblia interpretados numerológicamente han dado lugar a confesiones religiosas, aunque parecen provenir más de errores honestos que de charlatanismo – que seguro también anda por ahí. El señor William Miller, de Nueva York, hombre íntegro, humanitario, benévolo y de inteligencia más que mediana, estudió la Biblia por años, y llegó a la convicción por libre examen que la Segunda Venida de Jesucristo se produciría de todas maneras en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844. Cuando pasó la fecha sin pena ni gloria – especialmente sin gloria – la volvió a fijar para el 18 de abril de 1844. Y al no pasar nada, declaró: Confieso mi error y reconozco mi decepción; pero aún creo que el día del Señor está cerca, casi a la puerta.

II
Grandes Chascos, y esperando al Mesías

Si bien la muy respetable Iglesia Adventista (De Adviento o Advenimiento) reconoce su origen en las ideas e interpretaciones de Miller, hoy en día tiene la sensatez de no ponerle fecha al Fin de los Tiempos (Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre - Mateo 24:36 – Me pregunto por qué Miller no empezó por aquí). Tras el 18 de abril de 1844 los milleristas no escarmentaron, revisaron los trabajos del susodicho y le pusieron fecha a la Segunda Venida para el 22 de Octubre de 1844. Al pasar la noche del 22 al 23 sin que el Señor se dignara aparecer la Decepción fue inmensa, y se la conoce en la historia de las religiones como el Gran Chasco. Según parece, ni fue, es, o será el primero ni el último. Las consecuencias fueron complejas, podemos imaginar cómo se sacudió la fe de las gentes sencillas: Nuestras más profundas esperanzas y expectativas fueron destrozadas, y un espíritu de angustia vino sobre nosotros como nunca antes había experimentado... lloramos y lloramos hasta el atardecer. Por más bautizado católico que esté, no es decente burlarse de las creencias de estos hombres y mujeres, aunque he oído a algunos que creen así ganarse puntos. Pero la fe es demasiado escasa y valiosa para maltratarla. Pero todo esto empezó con la interpretación de William Miller de partes de la Biblia, en especial el capítulo 8, versículo 14 del Libro de Daniel: Le respondió: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas: después será reivindicado el santuario. Miller era en apariencia un hombre honesto y nada tonto, debe haberse sentido realmente en estado de shock cuando no le funcionó el cálculo. Muchos de los que vinieron después no tuvieron sus escrúpulos. Y de éstos no hay demasiado qué decir, mejor retornemos a la Biblia, me parece ya estamos advertidos de los chascos en los que se cae al hacer profecías y jugar con el miedo de las gentes, sin permiso del Gran Jefe.

Volvamos a los firmes, los Profetas de la Biblia, bien conocidos por sus recuentos de profecías, discursos y hechos, escritos por ellos mismos o por secretarios especiales, como Baruc, secretario de Jeremías; o transmitidos oralmente y luego fijados por escrito. Lo importante del profeta es su calidad de mensajero, pero parece que algunos fueron dotados por Yahvé con poderes taumatúrgicos, aunque éstos (Elías, Eliseo, Natán, Balaam, etcétera) no dejaron escritos, que sepamos, y para nosotros no cuenten tanto. Los Profetas suelen dividirse en dos grupos: Los Profetas Mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel) y los Profetas Menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Jonás, Zacarías y Malaquías). Por cierto ya vimos que estos libros no parecen estar del todo bien clasificados, según la Tradición Hebrea Daniel no es Profeta; y en cuanto a Jonás, como también dijimos antes, lo metieron al grupo parece que para completar la docena, por ser doce un número místico, o por completar un equipo de fútbol con entrenador. La interpretación cristiana desde la Patrística vio en los Profetas el anuncio del Mesías por venir. Esta idea del Mesías es muy peculiar y merece alguna explicación: Durante el destierro en Babilonia, de unos setenta años, aparece la creencia en un Salvador, descendiente del Rey David, que devolverá la Gloria y la Independencia al Pueblo Elegido. El Salmo de la Balada del Destierro testimonia la añoranza de los desterrados por su Jerusalén bienamada, su tierra, religión y costumbres. Como en tiempos de Moisés en Egipto, se espera un Libertador del Pueblo, y he aquí que aparece uno, aunque no judío: El Rey Ciro el Grande de los persas era un personaje especial, que los judíos sentían que podía ser “de los nuestros”: Como buen Persa, rendía culto fanático a la Verdad; no arrasaba a los pueblos vencidos, más bien se los incorporaba; su Religión, el zoroastrismo, poseía elevada moral y era “casi” monoteísta; y por si fuera poco, era enemigo de los babilonios, a los que derrotó y conquistó con la probable colaboración de los judíos y otros pueblos sojuzgados. El Gran Rey Ciro calificó merecidamente como un Primer Mesías: Los Libros de Esdras y Nehemías cuentan con agradecimiento cómo el Gran Rey liberó del cautiverio a los judíos, concede el retorno a Judea, les autoriza reedificar su Templo en Jerusalén, y así el profeta Isaías lo celebra: Así habla Yahvé a Ciro, su elegido: (…) Sin que me conocieras te hice tomar las armas, para que todos sepan, del oriente al poniente, que nada existe fuera de mí (…) Que se abra la tierra y produzca su fruto, que es la salvación (…) Yo también lo he llevado a la victoria y le he despejado el caminio. Él reconstruirá mi ciudad, traerá a su patria a mis desterrados, sin exigir rescate ni recompensa, dice Yahvé de los Ejércitos. (Isaías 45, 5, 8, 13)

III
Qué profetizan los profetas

Para no corrernos el riesgo de William Miller de encontrar lo que no hay, precisemos que un Profeta se caracteriza por saber escuchar a su Dios y transmitir lo que se le dice, y así no se equivoca. No es un chamán ni un gurú ni necesariamente un místico, que se perfeccionan espiritualmente en un extático recogimiento. Tampoco es parte de la jerarquía religiosa. Aquí podemos encontrar ciertas gradaciones y prelaciones según la fe que se tenga. Para los judíos el Profeta por antonomasia es Moisés, y en comparación todos los demás son segundones, aunque le otorgan cierto prestigio a Samuel. El Islam es radical en este extremo también, pues fuera de Mahoma Decid: creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado, en lo que se reveló a Abrahán, Ismael, Isaac, Jacob y las tribus; en lo que Moisés, Jesús y los profetas recibieron de su Señor. No distinguimos a ninguno de ellos y nos sometemos a Dios. (Corán 2,136). En el Cristianismo el Mesías (Emanuel Jesús) es Rey y Sacerdote, pero también Profeta que abroga a los demás, dejándolos como simples precursores, como se dice al respecto de Juan Bautista, el último y mayor de ellos: En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él (Mateo, 11,11). No deja de sorprender a muchos enterarse que los Profetas del Judaísmo, el Cristianismo y el Islam son básicamente las mismas personas, y lo que cambia son las valoraciones que se hace de ellos. Todos tienen en común la experiencia del encuentro personal del Hombre con su Dios (Hijo de Hombre, ponte en pie que voy a hablarte – Ezequiel, 2,1); la importancia de escuchar y llevar Su Palabra (… ellos no escucharon ni me hicieron caso – oráculo de Yahvé – (…) mis palabras y preceptos (…) ¿no alcanzaron a vuestros padres? (…) Como Yahvé Sebaot había decidido tratarnos (…) así nos ha tratado – Zacarías, 1, 4-6); la necesidad de la conversión personal y la fidelidad ética vivida en la sociedad como exigencia concreta de justicia social (¿Acaso se trata nada más de doblar la cabeza como un junco o de acostarse entre saco y ceniza? ¿A eso llamas ayuno y día agradable a Yahvé? ¿No sabes cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos … - Isaías 58, 5-6); la visión de la misericordia divina asomando en medio del juicio terrible de Yahvé Sebaot, Dios de los Ejércitos (Rasga tu corazón y no tus vestidos, y vuelve a Yahvé tu Dios, porque Él es bondadoso y compasivo; le cuesta enojarse, y grande es su misericordia; envía la desgracia, pero luego perdona – Joel, 2, 13). El encontrar tan semejantes la Fe de Cristo con la de Moisés y con la de Mahoma podría llevarnos, solo tal vez, a repensar un poquito mejor este tema del ecumenismo. A ver a donde nos lleva …

Y luego, las promesas, para bien y para mal. El Mesías, no lo olvidemos, será Rey, y será Justo, porque todas las esperanzas del Buen Gobierno que hoy día depositamos en la idea de la Democracia, en aquellos días eran depositadas en el Enviado que devolvería a Israel la Paz y la Justicia: Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. / Sobre él reposará el espíritu de Yavé (…) / (…) / No juzgará por las apariencias ni se decidirá por lo que se dice, / sino que hará justicia a los débiles y defenderá el derecho de los pobres del país. (Isaías, 11, 1-4). Es nada más y nada menos que el advenimiento del Reino de Dios, es el cumplimiento de un alto destino para la Humanidad que empieza a sentirse también como la necesidad espiritual de vivir para siempre, es decir la esperanza de una Resurrección de la Carne que no se ve muy clara aún (habrá que esperar a los Macabeos y la resistencia nacional). Pero este Pueblo Elegido, liberado contra su voluntad ya desde Moisés, falla y falla y falla y no se merece en realidad nada de su Dios, a pesar de la paciencia que le muestra: La Gloria de Yahvé estaba allí, tal como la había visto junto al río. / Y Yahvé me dijo: Hijo de hombre, levanta tus ojos hacia el norte. Lo hice y vi el ídolo. / Y añadió: Ves lo que hacen, las grandes maldades que la gente de Israel comete en este lugar para alejarme de mi santuario. Pero vas a ver pecados mayores. (Ezequiel 8, 4-6). O también: Oye pueblo estúpido y tonto, que tienes ojos y no ves, orejas y no oyes. ¿A mí no me temen, dice Yahvé, ni tiemblan delante de Mí?  (…) Pero este pueblo, cuyo corazón es traidor y rebelde, me ha vuelto la espalda y se ha marchado (…) … han sobrepasado la medida del mal … (…) ¿Podré dejar pasar esto sin castigo, dice Yahvé, y no me vengaré de una nación como ésta? (…) ¿Qué harán ustedes cuando llegue el Fin? (Jeremías 5, 21 – 31). Terribles palabras, pero que indican que Yahvé Sebaot, el Dios de los Ejércitos, es un Dios Celoso, que no deja pasar las cosas, y que está siempre ahí, sea para salvar, sea para castigar. He ahí los dos mensajes proféticos fundamentales, contradictorios, duales, complementarios: Castigo / Perdón. Y esto pareciera que tiene que resolverse de alguna manera, de una buena vez por todas.

IV
El género apocalíptico

Y una manera en que en apariencia parece resolverse esta contradicción es el Apocalipsis. El término apocalíptico viene del nombre del último libro de la Biblia, el Apocalipsis, o Revelación, pero en realidad constituye un género con profundas raíces en el Antiguo Testamento y en otros Libros de origen análogo, que no están necesariamente en el canon de los libros sagrados de la Biblia, pero que tampoco está prohibido leer. Como este género está muy representado en los escritos de los Profetas, parece adecuado tratarlo aquí. La Biblia narra la Salvación operada en la historia por la acción de Dios. Es natural que así como tiene un principio con el Génesis, tenga también un final anunciado, que le ponga un final a esta dinámica de Castigo / Perdón resolviéndola de una buena vez por todas. Y desde el principio, y para arribar al final, debe haber algún tipo de plan, revelado a los hagiógrafos, que lo expresan a su modo. Este plan prevé un final de los tiempos al que solamente se arribará tras muchas tribulaciones y sufrimientos por parte del Pueblo Elegido, y por ello encontramos apocalipsis judíos, cristianos, y hasta islámicos. Este sufrimiento y la terrible dificultad de mantenerse fieles provienen del hecho que la Fe no está en un contexto adecuado para su desarrollo. Para los judíos, el poseer un estado y país propios era determinante para poder vivir abiertamente la Fe en el Dios Vivo. La conquista de Canaán por Josué y sus sucesores no posee otro sentido, y la pérdida del Estado es el castigo divino por no estar a la altura del reto. La liberación del cautiverio Judío en Babilonia es operada por el Mesías persa Ciro el Grande, y muchos judíos vuelven a Judea, resignados a ser una semiprovincia del imperio persa, aunque con Libertad de Culto. Reconstruyen así el Templo y la Jerarquía religiosa, y logran alguna autonomía en sus asuntos. Pero esta relativa arcadia dependía de la situación política. Cae el Imperio Persa en manos de Alejandro Magno, y a su muerte se divide en reinos epígonos. Judea se subsume en el Reino Helenístico de Siria, la Cultura Helenística golpea duro en las tradiciones judías, y el género apocalíptico surge con la helenización forzosa que se impone en el siglo III a. C.

Si se lee con especial atención el Libro Segundo de Macabeos, se encontrará lo que fue ese durísimo proceso de helenización: Era tal el auge del helenismo y el progreso de la moda extranjera a causa de la extrema perversidad de aquel Jasón, que tenía más de impío que de Sumo Sacerdote, / que ya los sacerdotes no sentían celo por el servicio del altar, sino que despreciaban el Templo; descuidando los sacrificios, en cuanto se daba la señal con el gong se apresuraban a tomar parte en los ejercicios de la palestra contrarios a la ley; / sin apreciar en nada la honra patria, tenían por mejores las glorias helénicas (2 Macabeos, 4, 13-15). Lo que hasta entonces se tenía por sagrado es profanado por la acción de judíos conversos al helenismo, inclusive en la jerarquía sacerdotal. Se enfrenta una profunda crisis de identidad nacional y religiosa: No se podía ni celebrar el sábado, ni guardar las fiestas patrias, ni siquiera confesarse judío (2 Macabeos, 6, 6). Se persigue mantenerse en la fe de los mayores, se martiriza al que sigue los preceptos sagrados: Dos mujeres fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos; las hicieron recorrer públicamente la ciudad con los niños colgados del pecho, y las precipitaron desde la muralla (2 Macabeos, 6, 10). Es la hora de la Resistencia, como para los pueblos ocupados por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, o para la Tacna sometida a la chilenización durante medio siglo: Uno de ellos hablando a nombre de  los demás, decía así: ¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros padres (2 Macabeos, 7, 2). Y entre el suplicio y el martirio, el odio de los infieles, la aparente inutilidad del sacrificio, el espíritu de una Resistencia creciente y furiosa, surge la idea de la Resurrección, prefigurada por el Qohelet: Cerca ya del fin decía así: Es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida (2 Macabeos, 7, 14). Y así como hay premio en la Otra Vida para los que se mantengan firmes, el Dios de los Ejércitos reserva un Tremendo Castigo a los que atormentan a los Elegidos: … No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la Ley dada a nuestros padres por medio de Moisés. / Y tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios (2 Macabeos, 7, 30-31).

V
Colofón

Entre la profecía y el Apocalipsis encontramos una transición en el discontinuo devenir narrado en la Biblia. Es un período duro y complicado, un contexto en el que la Fe particular de cada cual sufre las consecuencias de lo que las enormes fuerzas impersonales de la Historia le cargan a uno. Quien sabe, el Nuevo Testamento y los Evangelios puedan dar algún tipo de respuesta a esto, y eso veremos en nuestras siguientes Crónicas sobre Leer la Biblia




CRÓNICAS DE LECTURAS – 24
LEER LA BIBLIA (V)

I
No uno sino muchos Apocalipsis

Empezamos a hablar del Apocalipsis en nuestra anterior Crónicas sobre Leer la Biblia. Identificamos su origen en la Lucha y Resistencia Cultural en la que se trata no de salvaguardar una ilusoria Independencia política, sino la propia identidad religiosa. Los hebreos ya se las habían visto chiquitas antes: A la influencia egipcia le sucedió el tiempo heroico de Jueces y Reyes, culminado en la división política y desaparición completa de diez de las doce tribus de los Hijos de Israel a manos asirias. Luego la Deportación masiva a Babilonia, la liberación por obra de Ciro el Grande, el retorno de un pequeño grupo, un resto, a Jerusalén y la reedificación del Templo. Y por último Alejandro Magno y luego los Reyes Antíocos. Tratemos de pensar que pasaría si a nosotros trataran de quitarnos lo que nos hace ser nosotros mismos. Pasó en la Tacna ocupada durante medio siglo, cuando nuestros valientes compatriotas enfrentaron la chilenización desde los hogares, escuelas e iglesias: La Procesión de la Bandera nos muestra como se vincula la Religión a la Patria como expresión de Resistencia Interior. Del mismo modo, y salvando las distancias, los judíos compensaron el dominio extranjero y la agresión cultural con una redención cósmica, operada por el mismo Dios en cumplimiento de Su Promesa. No pensaban, como nosotros que estamos influidos por Platón y la idea de la inmortalidad del alma, que la Resurrección de los Muertos era cosa individual. Por ello la combinación de la resurrección judía y la helena inmortalidad del alma resulta explosiva en las primigenias creencias cristianas y da lugar a varias de las creencias cristianas de hoy.

Los judíos del período aproximado entre los Siglos II a. C. a II d. C. piensan el concepto de la Resurrección de la Carne como algo general, apocalíptico, escatológico y total. La redención es cosa total, no separan el Estado de la Religión, y por ello cuando los profetas se lanzan a anunciar las cosas que vendrán, a describir las últimas Luchas y tribulaciones, describen cómo finalizará el mundo, la forma en que el Dios de los Ejércitos operará el justo castigo de los incircuncisos, y premiará a los que se sostuvieron fieles hasta el martirio. Un cambio importante se opera entre los profetas del apocalipsis con los profetas más o menos tradicionales, y es el paso de la oralidad al medio escrito, que repentinamente se vuelve más trascendente, probablemente para diferenciar a los videntes del apocalipsis de los anteriores y marcar lo Sagrada que es la Escritura: Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo vi y oí, caí a los pies del Ángel que me había mostrado todo esto / (…) / Y me dijo: No selles las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca (Apoc., 22, 8-10). Así, los últimos momentos de la existencia del Mundo, que les son mostradas a los hagiógrafos en la forma de visiones, deberán ser descritos en libros para que se cumpla la voluntad divina de que estas visiones sean dadas a conocer a Todos los Pueblos. Es decir, aparece el hecho trascendental de que la Salvación ya no es solamente para el Pueblo Elegido, sino que se convocará a Todas las Naciones, y esto es una novedad en unas Escrituras que no se cansan de lanzar maldiciones contra los enemigos, pese a la apertura que representaban libros como Rut y Jonás. … a los extranjeros que se han puesto de parte de Yahvé (…) los llevaré a mi Cerro Santo. (Isaías 56, 6-7). La Alianza se abre así hacia la Humanidad entera, porque ahora cada hombre tiene que elegir su bando, que las aguas se parten aquí y ahora. Los apocalipsis tienen el objetivo de procurar consuelo al pueblo sufriente, para que pueda imaginarse un paraíso recobrado, donde los que hoy padecen disfruten, a la vez que se arroja al infierno a los malvados. Y entre estos malvados hay dos categorías: el Pagano Extranjero, que es agente de la opresión; y el Judío Traidor, peor si cabe, pues se retrae de la verdadera Religión, y vive las ventajas evidentes de la traición, en vez de cumplir con su deber.  

II
Tiempos de Tribulación y Persecución

Incluso Jesús predica un potente discurso apocalíptico y escatológico, el de Marcos 13: Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo Yo Soy, y engañarán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras no os alarméis, porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. (…) os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para que déis testimonio ante ellos. Y es preciso que antes sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones. (…) Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. (…) Pero cuando veáis la abominación de la desolación instalada en el lugar donde no debe estar (el que lea, que entienda bien) entonces que los que estén en Judea huyan a los cerros. (…) Entonces si alguien les dice: Mira, el Cristo está aquí o allá, no le crean. Ya que aparecerán falsos cristos y falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar, aún a los elegidos, si esto fuera posible. (…) el sol no alumbrará, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y entonces se verá al Hijo del Hombre venir en medio de las nubes con gran poder y gloria (…) El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. (Marcos, 13, 5-8, 9-10, 13, 14, 21-22, 24-26, 31). En la esencia del género apocalíptico está el Tiempo de la Tribulación, de la prueba, del martirio que probará a aquellos que se mantengan firmes en la Fe. Las Tribulaciones tienen carácter cósmico pero están profundamente asociadas a las persecuciones que los verdaderos creyentes sufrirán por el hecho de serlo. Y si se persigue y martiriza a los firmes en la Fe, es porque hay traidores, tránsfugas, apóstatas, gentes que abandonan al Dios Único y se pasan al enemigo, y no hay peor señal de que el Fin está Cerca. Los momentos en los que surge el género apocalíptico son los momentos de crisis, tan comunes en la Historia de la humanidad. Tal vez por eso Borges decía que todos los tiempos son el fin de los tiempos, y como el Fin de los Tiempos se asocia a cataclismos e inversiones en el orden del mundo, el temor y el miedo están siempre presentes. En este contexto, los Apocalipsis son moneda bastante corriente en épocas en que los conquistadores se suceden unos a otros: Alejandro Magno, los Reinos epígonos, la agresiva República Romana y su sucesor imperial. Y así encontramos que las Tribulaciones se extienden ampliamente desde el siglo III a. C. hasta el Fin.

Tanto el rey helénico Antíoco Epífanes como los romanos de Pompeyo y el Emperador Nerón y otros, reprimieron a los judíos y luego a los cristianos. La respuesta cultural de éstos fue el convencimiento de que el indefectible Castigo caería sobre los malvados, los de dentro y los de fuera de la Sinagoga o la Iglesia, por la acción del Justiciero Dios de los Ejércitos, sin que las tibiezas alcancen a salvarte: Ahora bien, puesto que eres tibio (…) voy a vomitarte de mi boca. (Apoc. 3, 16). El género apocalíptico narrará y describirá este proceso cósmico. El Libro de Daniel es la primera gran expresión del género, y parece ser contemporáneo de las terribles circunstancias descritas con tanto realismo en el Libro Segundo de Macabeos. Posee además referencias previas en los libros de Ezequiel y Zacarías. Hablamos de mesianismo en el caso de los judíos y del final del mundo en el caso de los cristianos. Todo esto aparece sin disfraz en textos de carácter marcadamente apocalíptico, que incluso no son exclusivos de la Biblia, aunque son contemporáneos de ésta, como el Libro de Enoc y el IV de Esdras. La creencia en el Mesías puede rastrearse en la necesidad de ver actuar a Dios en el Mundo, y como hemos dicho el Primer Mesías fue el Gran Rey Ciro de los Persas. Pero con el tiempo la creencia se espiritualiza y en este contexto aparece la idea del Cristo (el Ungido). El Judaísmo se parte así en dos: los que esperan al Mesías y los que piensan que ya llegó y que el Cristo es Jesús. Ambos grupos son espiritualmente muy semejantes, indiferenciables para los romanos, que los persiguen más o menos por igual. La llama prenderá en medio de las persecuciones: Las rebeliones judías del 66 al 70 d.C. y la última dirigida por Simón Bar Kochba en 135 d.C. terminan en la llamada Diáspora o Dispersión de los judíos por el mundo. Los cristianos a su vez, tras el ajuste de cuentas realizado en el Concilio de Jerusalén se dirigen también a los gentiles y empiezan a hacer conversiones. Ambos se convierten en factores a tomar en cuenta en el mundo romano, que ve sus extrañas creencias con incredulidad y sorpresa no exenta de agresividad. Y así las persecuciones arrecian.

III
Más sobre el género apocalíptico, el mesianismo y el Fin del Mundo

Un malentendido muy común entre las gentes ansiosas de creer en la divinidad, y que en consecuencia están constantemente a la busca de signos sobre-naturales, es que la narración de los hagiógrafos es profética en el sentido que los hechos que la originan fueron anteriores a la predicción hecha. Según parece no es este el caso cuando menos en la mayoría de los casos. Ya hemos visto que la mayoría de los libros de los Profetas Mayores en realidad incluyen más de un hagiógrafo, en algún caso hasta tres o cuatro, separados en el tiempo incluso por siglos. Obviamente los Hagiógrafos que siguen al primer Isaías, por ejemplo, no es que por casualidad tuvieran el mismo nombre (tampoco es descartable que así fuera, pero es muy improbable), sino que pretendían literariamente ser el mismo Profeta, y usaban a modo de seudónimo el mismo nombre del Profeta. Imagino que no había intención de engañar de primera mano, no veo por qué tenemos que imaginarnos lo peor a la primera, pero está claro que si te haces llamar Isaías y no Pancracio es porque pretendes que tus dichos le sean atribuidos a Isaías, que es mejor que atribuírselos a un Pancracio a quien nadie le da bola. Esta suplantación se presentaba ya en los Libros Sapienciales, de los que hemos hablado ya. El Qohelet, por ejemplo, dice ser rey en Jerusalén, es decir, se pretende nada más y nada menos que Salomón, y aunque la crítica moderna distingue que no lo es, durante siglos se pensó que Salomón fue el hagiógrafo autor del Eclesiastés, el Cantar de los Cantares y algunos libros más por ahí. Recuérdese que Salomón – el Solimán o Suleimán de las 1001 Noches - es el prototipo del hombre sabio. Tratemos de explicar estos hechos considerando la época. Estos hagiógrafos que se hacen llamar Salomón, Isaías o Zacarías no mienten, en el sentido que mentira y verdad son valores relativos respecto a los hechos, pero absolutos respecto a la conformidad con el mensaje divino que transmiten. Digamos que contar lo que el Señor dice que debe contarse es muchísimo más importante que la simple conformidad con los hechos, que Yahvé puede por virtud de su omnipotencia modificar cuándo y cómo le parezca. Tiene más Valor de Verdad la conformidad con el mensaje in illo témpore que la conformidad con la exactitud de los hechos. Y esto no tiene nada de curioso ni de extraño si nos atenemos, por ejemplo, a lo que los soviéticos le hicieron a los libros de Historia según la orientación política. Hoy en día esto es llamado fraude piadoso. Claro que debemos entender que para ellos el asunto no solamente no tenía nada de fraudulento, sino que era la Verdad.

Los hagiógrafos judíos Zacarías, Ezequiel y Daniel, entre otros, profetizan la caída y destrucción de diferentes malvados (asirios, babilonios, edomitas, egipcios, etcétera), que ya habían caído para cuando ellos escribían, es decir profetizaban acontecimientos ya sucedidos, presentados en forma de alegorías para edificación de los actuales perseguidos. Hasta hoy hay los que creen que ciertas profecías están vigentes, y esto incluye ciertas confesiones, que creen que hay acontecimientos que aún deben suceder, a pesar de que sus profecías parecen haber sido escritas posteriormente a los hechos que narran. Recordemos el Gran Chasco, que por cierto tuvo entre otras consecuencias que las diversas confesiones tuvieran muchísimo más cuidado con eso de mandarse con predicciones exactas, lo que hoy no hacen ni amenazados con descuartizamiento por caballos salvajes, pero nunca te dejan de decir que el Tiempo está cerca (Apoc. 22,10). El principal hagiógrafo cristiano del Fin del los Tiempos, el Apóstol Juan, desterrado en la Isla de Patmos en un contexto de persecución, recurrió a su tradición judía para consolar a los perseguidos, y así escribió su Apocalipsis, sucesión de visiones que desembocan en el último Juicio y la llegada de la Jerusalén Celestial: Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto de Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. (Apoc 21, 1-2), en la que evoca imágenes del Arca de la Alianza (Levítico, 26,11) y de Isaías 25,8. Así ocurrirá con muchas otras visiones e imágenes, como la del Hijo del Hombre, procedente de Daniel; el río de la Vida y los Cuatro Vivientes, que vienen de Ezequiel; los Jinetes del Apocalipsis, que vienen de Zacarías (Y que Blasco Ibáñez convertirá en tíitulo de novela en el siglo XX), así como los Dos Testigos que restaurarán el Templo;  las señales cósmicas, que vienen de uno de los Isaías y de Oseas; y así encontraremos incluso citas directas de muchos otros profetas incluidas en el libro, por decirlo así, sin comillas. El Apocalipsis es el último libro de la Biblia, y ello a pesar de la eventual existencia de otro, denominado Novísimos, del que apenas he escuchado alguna mención, así que difícilmente puedo hablar de él.    

IV
Guerra Santa y Dominación Romana

La Jihad, o Guerra Santa, al revés de lo que puedan pensar muchos hoy en día, no la inventaron los musulmanes. Creo que podemos decir que muchas de sus características actuales están tan completamente prefiguradas en los libros Primero y Segundo de Macabeos, que podemos sin temor darle partida de nacimiento en este período. Y me parece a mí que difícilmente podía estar más justificada. A pesar de lo que nos podamos imaginar, el Segundo libro de los Macabeos no es continuación del Primero. De hecho ni siquiera son del mismo autor. Ni se escribieron en el mismo sitio. Y aunque coinciden más o menos en el tiempo, el Segundo de Macabeos arranca de un poquito más atrás que el Primero de Macabeos, escrito en hebreo por un judío anónimo en la misma Judea, y que quiere ser una narración más “histórica”, es decir más o menos fiel a la secuencia de los hechos, y aunque solo se conserva en griego koiné, fue escrita originalmente en hebreo. El Segundo de Macabeos, en cambio, posee hagiógrafo conocido, de nombre Jasón de Cirene, nombre bastante helenizante para un judío, considerando además que Cirene está en el Norte de África, actual Libia. Escrito para los judíos de Alejandría directamente en griego koiné, de alguna manera muestra la contradicción clásica de la intelectualidad de un pueblo que para mantener sus antiguas tradiciones no tiene más remedio que emplear la lengua y los registros de los odiados opresores. La feroz persecución de los helenizados orientales a los tradicionalistas judíos es narrada con gran recargo en las tintas, incluso patetismo, y sin embargo, está escrita en el griego de los perseguidores en vez de en el hebreo de los perseguidos. Y, a diferencia del Primero, se mete con temas teológicos: La resurrección de los muertos que ya mencionamos, las sanciones de premio y castigo de ultratumba, las intercesiones y relaciones entre el Más Allá y el Más Acá, etcétera. Por estas razones es que la iglesia Católica lo considera canónico, precisamente, mientras que no está en el canon judío, aunque sí es bastante apreciado como fuente histórica, a la par de la obra del historiador Flavio Josefo, más o menos contemporáneo.

Para conocer los sucesos históricos, el Primero de Macabeos es más útil que el Segundo: La familia de los Asmoneos – luego apodados Macabeos = Martillos – se puso al frente de la Resistencia Nacional. Vale la pena narrar cómo ocurrió, pues Matatías el Asmoneo reunía a su alrededor a los descontentos y así Los enviados del rey, encargados de imponer la apostasía, llegaron a la ciudad de Modín para los sacrificios (…) y le dijeron (a Matatías): Tú eres jefe ilustre y poderoso en esta ciudad (…) Acércate, pues, el primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los notables de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Entonces tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey, y os veréis honrados, tú y tus hijos, con plata, oro y muchas dádivas. (1 Mac., 2, 15-18). Por supuesto, el clásico señuelo de la potencia ocupante que dice lo de siempre: que ya lo hicieron los demás, que tendrás tu recompensa, bla, bla, bla. Matatías responde: Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres (…) No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda (1 Mac. 2, 19-22). Probablemente muy poco lógica para la postmodernidad, pero indudablemente gallarda y valiente respuesta. Y así la Guerra Santa se inicia en Modín con la matanza de traidores y enemigos, y la retirada de Matatías y sus hijos a la guerrilla montañera, en la que los hebreos tenían práctica desde tiempos de David. La famosa fiesta de Hánukkah, que se asocia a la Navidad cristiana por la cercanía de fechas, es remembranza de la rebelión de los Macabeos, cosa que seguro sorprenderá a más de uno. Para no hacerla más larga, diremos que tras la muerte de Matatías, sus cinco hijos, empezando por el epónimo héroe nacional Judas Macabeo, se sucedieron en el mando, hasta que el último, Simón, obtiene de los sirios la Autonomía de Judea, con él como Rey y fundador de la dinastía asmonea. Un siglo durará esta suerte de independencia, hasta que los romanos lleguen y desplieguen su hábil política de divide et impera. Los sucesores de Simón se metieron con sandalias y todo a la política de entonces, nada edificante. Surgen en esta época los grupos enfrentados entre sí de los Fariseos y Saduceos, con los Esenios circulando por ahí. Este reino desaparecerá en una guerra civil entre sus últimos soberanos: Aristóbulo II e Hircano II, donde ambos tontamente llaman a los romanos en su ayuda, los que ni cortos ni perezosos acuden al mando de Pompeyo el Grande, y se apoderan de todo en 63 a.C. Así Jerusalén fue ocupada y Judea convertida en protectorado, y luego en colonia. Pompeyo, curioso de ver el extraño ídolo de los judíos, profana el Templo, entra al Sancta Sanctórum, y declara, según el historiador Tácito: No vi la imagen de ningún dios, solamente un espacio vacío y misterioso. En este contexto vendría al mundo Jesús de Nazaret.

V
Colofón

A estas alturas mis astutos lectores habrán notado que estoy empleando la Semana Santa para colocar estas Crónicas sobre Leer la Biblia. Parece adecuado el momento para hacerlo, y ruego disculpas si a alguien le molesta. Pero recordemos que la cosa es leer. Y ya falta poco para terminar con estas Crónicas sobre leer la Biblia. Paciencia.


CRÓNICAS DE LECTURAS – 25
LEER LA BIBLIA (VI)

I
El Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento parece que presentara un cierto aire más moderno respecto al Antiguo. Se centra en la figura, presencia, predicación, vida y muerte de Jesucristo, el Mesías de los judíos; y la acción de sus inmediatos seguidores, los cristianos. El Nuevo Testamento goza de la misma sacralidad que el Antiguo, y contiene la mayor parte de lo que es original en el Cristianismo con respecto a su matriz semita, para las confesiones cristianas es el mismo centro de la Biblia. Para los judíos, bueno, no tiene el mismo carácter, exceptuando un muy pequeño grupo, pero imagino que lo leerán por curiosidad y por hallar las claves de lo escrito en el Nuevo Testamento en el Antiguo, igual que es posible para los cristianos rastrear el Nuevo en la Misa y demás liturgias. Lo Original del Nuevo Testamento con respecto al Antiguo es el convencimiento de que el Mesías esperado por los Judíos es Emanuel Jesús, llamado el Cristo. Y así lo Esencial del Nuevo Testamento – de toda la Biblia para los cristianos – es el relato de la llegada del Mesías, pues esta es la Buena Noticia (Evangelio en griego) que se está anunciando. El Nuevo Testamento consta así de Cuatro versiones de esta Buena Noticia, Cuatro Evangelios, tres de ellos denominados Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), aparte de un cuarto, muy original, cuyo hagiógrafo sería el Apóstol Juan, a su vez autor de Epístolas y del Apocalipsis. Además Lucas, hagiógrafo del Tercer Evangelio, parece ser también autor de los Hechos de los Apóstoles, en apariencia editado originalmente junto a su correspondiente Evangelio, y luego editado aparte para tener los Cuatro Evangelios en un solo bloque. Viene luego un conjunto de Cartas o Epístolas, también dividido en dos grupos: El primero y más numeroso es el de Epístolas Paulinas, cuyo autor sería el apóstol Pablo, nacido Saulo de Tarso, judío de la dispersión convertido a la fe de Jesús en dramáticas circunstancias, y que dedica su celo apostólico y epistolar a las primigenias comunidades cristianas. Al otro grupo lo forman las epístolas católicas o universales, por estar dirigidas en su mayoría a la comunidad cristiana en su conjunto. Sus autores habrían sido otros apóstoles: Pedro, Juan, Judas y Santiago. Ya mencionamos en otras Crónicas al último de los Libros, el Apocalipsis de Juan, centrado en las visiones que el mencionado habría tenido durante su destierro en la Isla de Patmos, y cuyo parentesco con otros libros del Antiguo Testamento ya hemos comentado.

El Nuevo Testamento comprende en total 27 libros en el canon de la Iglesia Católica Romana, que es más o menos el mismo de la mayoría de las Iglesias de la Reforma. Hay dudas sobre la Epístola de Santiago, que Lutero llamaba con desprecio epístola de cartón, dado que defiende la necesidad de buenas obras para la salvación personal (la fe que no produce obras está muerta – Santiago, 2, 26), cuando el monje alemán estaba convencido que la justificación paulina por la Fe es la que cuenta (quien no tiene obras que mostrar, pero en cambio cree en el que hace justos a los pecadores, a ese tal se le toma en cuenta su fe y se le considera justo – Romanos, 4, 5-6), así que se me hace que su oposición era algo interesada. En todo caso, me ha sonado siempre como una discusión tipo la de qué es primero, si el huevo y la gallina. Pero por menos la gente se mata. El idioma en el que se escribe el Nuevo Testamento es casi todo griego koiné, menos una parte del Evangelio de Mateo. La traducción de la Biblia al koiné se inició hacia el 250 a.C., cuando un grupo de sabios judíos helénicos residentes en Alejandría de Egipto, conocidos como los Setenta, empezaron a traducir el Antiguo Testamento para las sinagogas (sinagoga es término de origen griego, precisamente) dispersas en el mundo de habla griega. A esta obra se le conoce como la Biblia de los LXX, e incluye partes del Antiguo Testamento cuyo original en hebreo se ha perdido, motivo por el que algunas iglesias dudan de su canonicidad. Aunque es posible que la lengua materna de Jesús fuera el arameo, no se descarta que supiera griego, pues Galilea parece era bilingüe en aquellos días, y lo emplea Jesús frente al procurador romano Poncio Pilato. Hay grandes variantes en las formas del griego empleado en el Nuevo Testamento: Las epístolas de Santiago, Pedro y a los Hebreos (atribuida a Apolo), así como el evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles, presentan un griego literario y elegante, escrito por gentes con el griego por lengua materna. Las epístolas paulinas tienden a ser más coloquiales, en tanto que el Evangelio de Juan y sus cartas presentan un estilo sencillo pero correcto. El Apocalipsis en cambio está escrito en un griego complejo y recargado. El empleo de muchos giros semíticos en estos libros sugiere que sus hagiógrafos pensaban en arameo u otras lenguas semitas, pero trataban con mayor o menor solvencia de emplear el idioma en el que sabían que su mensaje sería más leído y entendido.

II
Los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles

Es muy difícil hablar de los Evangelios, lo reconozco. La sensación de su Sacralidad invade el espíritu, desde que los que vivimos en países fundamentalmente cristianos y católicos nos hemos criado en su interior, por así decirlo. El carácter sagrado de los Evangelios es reforzado en la liturgia de la Misa Católica a través de ritos particulares, y no se le menciona ni cita sin añadir al final “esta es la palabra de Dios”, a la que, para emplear una expresión de catecismo, “el pueblo se adhiere diciendo amén”. Que si los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) fueron posteriores o anteriores al Evangelio de Juan, como sostienen algunos masones y/o francmasones, y por lo tanto la versión arriana – atanasiana de la divinidad de Jesús resulte siendo la primordial por sobre otras, es aspecto doctrinal de una discusión que debo decir me tiene francamente sin cuidado. En todo caso sí es discernible una clara diferencia entre los tres Evangelios Sinópticos y el de Juan en cuanto a las fuentes, pues Juan narra los hechos empleando fuentes diferentes, en muchos casos de más exactitud y detalle que las de los Sinópticos, que en realidad parecen escritos mirándose los unos a los otros. Además el plan del Evangelio de Juan es muy diferente y altamente teológico, en tanto que los hagiógrafos que escribieron los Sinópticos parecen más bien pensar en términos de demostración histórica tangible de la realidad y presencia de Jesús. La cuestión más interesante a mi modo de ver es de ese orden, el tratar de dilucidar qué evangelio fue escrito primero, y por ende haya sido utilizado como fuente para los otros. Todo abona a que el Evangelio de Marcos fuera uno de los primeros en escribirse, si no el primero, en principio por su corta extensión, comprimida en dieciséis intensos capítulos, y por el hecho que parezca una especie de Manual para Uso del Predicador Aficionado. Debe así haber estado en la faltriquera de los otros Hagiógrafos, Mateo y Lucas, que lo emplearían junto con otras fuentes. En el principio existía la Palabra, dice Juan (Juan 1,1), y el verbo dicen otras traducciones. Y esto pareciera referirse al hecho que todas las relaciones escritas sobre Jesús el Cristo tienen como antecedente la palabra, la oralidad de los predicadores, heredera directa de la predicación de los profetas, y por ende semejante a ella en varios de sus caracteres. Algunas de las historias de los Hechos de los Apóstoles referidas a la Predicación parecen sacadas de los Profetas del Antiguo Testamento. Es el caso del milagro de curación que Pedro y Juan aplican a un tullido en Hechos 3, 1-10, en la que podrían cambiarse los nombres por los de Elías y Eliseo; o el martirio de Esteban (Hechos, 7); o el bautizo del eunuco por el apóstol Felipe (Hechos, 8, 26ss.). En este contexto de predicación intensa se habría empezado a sistematizar la información, poniéndola por escrito, agrupándola en sucesión cronológica de hechos, o siguiendo algún otro criterio. La narrativa parece seguir criterios análogos para todos los sinópticos, incluso a veces con análogas o iguales anáforas o referencias que seccionan y dividen las narraciones, como por ejemplo: “y sucedió que …”, preferida de Lucas; o “en aquellos días …” o “en aquel tiempo …” (in illo témpore en la Vulgata), preferida de Mateo. De algún modo pareciera que Lucas emplea a Marcos y a Mateo como fuentes primarias, aunque pasando por alto el sentido hebreo-judío del Evangelio de Mateo, que trata de ubicar a Jesús dentro de una genealogía, además de detenerse en los relatos de su concepción, nacimiento, huida a Egipto y  demás hechos de su Infancia, indicando siempre su predicción por los Profetas. Lucas añade más datos al respecto, aunque claro está, en un plan diferente al de Mateo, pues Lucas es un helenizante y se dirige a helenizantes, y por ende ordena y clasifica la información de un modo diferente.

Es difícil determinar qué parte o partes de los evangelios puedan ser más centrales que otras. La predicación de Jesús debe haber durado entre dieciocho meses y tres años, y los Evangelios hacen básicamente dos cosas: Contar los sucesos acaecidos a Jesús, y presentar la Buena Nueva que el Cristo trae. Mateo vincula Dichos y Hechos de manera íntima y bien planteada, pues el hagiógrafo narra secciones que empiezan con milagros y otros acontecimientos, y que culminan en conversaciones o discursos, como en Mateo 15, cuando se acercan a Jesús algunos fariseos y mantienen un tenso intercambio, que luego culmina en un pequeño discurso de Jesús con una o varias enseñanzas: ¿No comprenden que que todo lo que entra por la boca va a parar al vientre y después sale del cuerpo, mientras que lo que sale de la boca viene del corazón y eso es lo que hace impuro al hombre? (Mateo 15, 17-18). O Mateo 22, 15ss., en donde los fariseos preguntan a Jesús sobre la pertinencia de pagar el impuesto al César, y la enseñanza: den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22, 21). Ya hemos visto que Marcos tiende a contar menos y más bien reseña impactos. Lucas, por su parte, poseía marcadas cualidades para  la observación y la descripción detallada, más un cierto sentido práctico, que no sorprende si atendemos a que era médico. Su evangelio (y su continuación los Hechos de los Apóstoles) se los dedica al converso cristiano Teófilo, persona acomodada a la que espera convencer para que le financie copias de estos escritos. En cierto modo es una investigación donde Lucas hizo a conciencia su tarea: Empleó las mismas fuentes del evangelio de Marcos, cuyo orden sigue, así como ciertos documentos (Logia) que debió obtener de las iglesias más antiguas de Palestina, Jerusalén y Cesarea, con los que alimenta los capítulos 9 a 18 de su evangelio; y es posible que tuviese a su disposición el evangelio de Mateo. Además completó la chamba con información de primera mano, testimonios de apóstoles y gentes que conocieron a Jesús, incluyendo casi con seguridad en este grupo a María, Madre de Jesús, pues hay información que solamente podría haber sido suministrada por ella misma: Entró el ángel a su casa y le dijo: Alégrate tú, la Amada y Favorecida, el Señor está contigo. Estas palabras la impresionaron y se preguntaba qué querría decir este saludo. (Lucas, 1, 28). A diferencia de Mateo y Marcos, que escriben manuales para predicadores, Lucas se interesa en registrar los hechos en forma muy parecida a lo que hoy llamamos Historia y trata de describir con fidelidad tanto los Hechos como los Dichos. El Evangelio de Juan, por el contrario, no tiene intenciones historicistas sino más bien de carácter teológico y religioso. Donde los Sinópticos abundan en milagros y hechos, Juan solamente narra Siete Milagros, número simbólico, y los discursos de Jesús los centra en determinados conceptos y términos que Juan trabajó cuidadosamente. La intención de este evangelio es clara: Esto ha sido escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que por esta fe tengan la vida que él solo puede comunicar (Juan, 20, 31). De hecho muchas de las creencias actuales alrededor de la persona del Cristo y su relación con los planes de Dios proceden en línea recta de este Evangelio: A Dios, nadie lo ha visto jamás, pero Dios, Hijo único, comparte la intimidad del Padre: éste nos lo dio a conocer (Juan 1, 14).

III
Las Epístolas Paulinas

El estilo de Pablo de Tarso ha marcado las epístolas neotestamentarias de manera tan indeleble, que podemos considerar fácilmente al susodicho como el autor de género epistolar más leído en el mundo. Incluso en la liturgia católica aparece mencionado muchas más veces que los otros Apóstoles, lo que es posible por la muy sencilla razón de que la mayoría de las Epístolas se le adjudican. En todo caso tiene propaganda gratis en todas las Misas, pues las epístolas se leen de cajón, y es muy probable que sea de una de las suyas, y ello fuera de que hay liturgias en las que se emplean sí o sí, como en el caso del Matrimonio, donde los novios leen el Himno a la Caridad de I Corintios 13, 1-13: Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe … . Las correrías del hagiógrafo Pablo de Tarso están profusamente mencionadas en los Hechos de los Apóstoles, ocupando algo más de la mitad. Pablo, como apóstol de los gentiles, acapara la atención de Lucas, que lo conoce en persona y trabaja con él en la predicación. Y por si fuera poco en sus cartas se describe a sí mismo con sinceridad digna de elogio: Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, intachable. Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo (Filipenses, 3, 5-7). Al principio su celo de fariseo lo lleva a perseguir cristianos y enredarse en el asesinato del protomártir Esteban, pero se convierte a la Fe de Jesús en apariencia por directa intervención divina y arrebatamiento al Tercer Cielo: Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, (…) le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (…) Yo soy Jesús, a quien tú persigues (…) entra  en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer (Hechos 9, 3-6); cae de inmediato en un estado de aparente arrobamiento, del que lo sacará Ananías, y de ahí Saulo el perseguidor de cristianos se convertirá en el apóstol Pablo, que asume el ministerio de viajar y predicar por el Mediterráneo Oriental y Central, y escribir incansablemente un total de catorce epístolas conocidas y varias no conocidas, haciendo trabajar a la mala a sus secretarios a lo largo de tres viajes de evangelización, que lo llevarán hasta la mismísima Roma. Su personalidad es tan acusada que se ha dicho que sostenía correspondencia con Séneca. La tradición quiere que haya fallecido en Roma el mismo día que el apóstol Pedro, motivo por el que su fiesta es compartida: San Pedro y San Pablo, el 29 de Junio. Pablo de Tarso combinó las cualidades del fanático medio fundamentalista, de sangre caliente; y la del frío razonador oportunista, y de ahí que despliegue un estilo para escribir dirigido a lograr impacto, muy coloquial y de notable oralidad, a la que colaboró sin duda el hecho que dictara las cartas a sus secretarios, los que de cuando en vez añaden una línea de saludo. Por cierto, el estilo oratorio paulino ha sido copiado a mansalva por los predicadores evangélicos de hoy, y según parece funciona muy bien, examinemos si no las nutridas cuentas bancarias de Billy Graham, Jimmy Swaggart y otros “apóstoles” más, que en este tema, ay, también puede hacerse negocio. De hecho, hay tanta plata en los medios de comunicación, que hay también en el cable canales católicos, y sacerdotes y monjas mediáticos. En fin, pecado no parece ser.

Las epístolas paulinas están unidas a los acontecimientos de la Predicación y de la propia vida del apóstol, y así encontramos que el libro más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses (circa 51 d.C.) fue escrita por Pablo de Tarso, y ya contiene y describe la mayor parte de los artículos de fe: El Dios Trino y Uno (aunque nunca se mencione la Trinidad por su nombre), la resurrección de los muertos, la redención por Jesucristo y su Segunda Venida, que muchos daban por inminente: … sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche (I Tes., 5, 2). Parece que de aquí proviene también la creencia de algunas iglesias en el rapto, que incluso se ha representado en algunas películas evidentemente financiadas por grupos religiosos:  … los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires (1 Tes., 4, 16-17). Por cierto, Pablo no se libró de imitadores, pero esto no parece le haya desagradado, pues eran canónicos en sus creencias, y más bien parece se los arrejuntaba en una suerte de Escuela o Equipo de Predicadores. Parece ser el caso de Apolo, mencionado en Hechos 18, 24-26 y nuevamente en 1 Corintios, 1, 12. Podemos especular que, como algunos escritores modernos, Pablo tenía sus “negros” (escritores por encargo) que le hacían las epístolas, que él sólo revisaba y firmaba. Es el caso aparente de la Segunda Carta a los Tesalonicenses, las cartas a los Colosenses y Efesios, la Epístola a Tito y las dos a Timoteo. Es muy interesante el hecho que haya general acuerdo en los estudiosos, incluso en los revisionistas, que las epístolas Primera a Tesalonicenses, Filipenses, Gálatas, Romanos, Filemón, y Primera y Segunda a los Corintios son originales definitivos del exfariseo y converso Pablo de Tarso. Es la personalidad más delineada de su época, e inapreciable como fuente histórica del cristianismo primitivo, pues las epístolas parecen incluso anteriores a los evangelios. Parece indudable que hubo una suerte de escuela paulina, que habría sido responsable de la conservación de su corpus epistolar. Las epístolas tratan de diversos temas de moral y fe, pero en todas se percibe la tensión entre los cristianos de origen judío y los de origen gentil, desenredada a medias en el Concilio de Jerusalén, y problemática por la dificultad de comunicarse, por la Dispersión misma y por la multiplicidad de predicadores. Siempre me ha parecido curioso que de doce, trece o catorce apóstoles originales – pues parece que ese número de doce nunca fue muy exacto - la mayoría se hayan dedicado a los judíos y solamente uno o dos (Pablo y Bernabé) a los gentiles.
  
IV
Más sobre las Epístolas, la Fe, y cómo terminan “los Libros”

Ya hemos visto que in illa témporeEn aquellos días - se creyera que el Fin del Mundo y la Segunda Venida de Cristo andaban cerca y ocurrieran en cualquier momento. Había profecía de Jesús al respecto, que registran los tres sinópticos: Mateo 24; Marcos 13 y Lucas 21: … cuando veáis que sucede ésto, sabed que el reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lucas, 21, 31-33). Ya hemos visto a Pablo tomando medidas con los tesalonicenses al respecto, y hemos examinado someramente el papel del Apocalipsis de Juan. De hecho, las circunstancias históricas, sociales y políticas parecían dirigirse en el mundo cultural judío hacia lo que en los Andes llámase un pachacuti, una inversión del mundo, el fin de una era y el principio de otra, una “revolución”, quizá, en vocabulario más moderno. Nuestra cronología refleja dicho hecho, ya que escribo estas líneas en el año 2013, después de Cristo, o, como dicen los anglosajones, A.D., es decir Anno DominiAño del Señor. La teología de las epístolas nos lo indica en su evolución y en la narrativa de los problemas de fe y comportamiento que atravesaban las comunidades. Las epístolas paulinas a Timoteo son importantes por su preocupación ética, por ejemplo, referida a las condiciones que deben reunir los Obispos. Y las Siete Epístolas Universales, escritas supuestamente por otros apóstoles y reunidas en colección aparte, dan fe también de las dificultades del Cristianismo Primitivo. Los estudiosos no están seguros de la paternidad de los apóstoles en referencia a estas epístolas. Juan en particular, tendría que haber llegado a ser realmente bien viejo para escribir las epístolas que se le atribuyen, y el Apocalipsis más. Y la de Judas y las dos de Pedro, parecen tener partes añadidas, y definitivamente hay más de tradición en su aceptación canónica que estudio científico. Por supuesto eso no les quita a ninguno de estos escritos canonicidad alguna, en la medida que son aceptados como parte de la Biblia desde tiempos inmemoriales por tradición, y que eso de decir que son de Santiago o Judas o Juan puede perfectamente ser nada más que un título, producto de suplantación piadosa. Por ello no necesariamente los hagiógrafos son exactamente quienes se dice que son,por los motivos que hemos reseñado ya para otros libros y hagiógrafos de la Biblia.

La necesidad de acordar la verdad como valor racionalista con la verdad religiosa es, a mi manera de ver, muy relativa cuando hablamos de Libros Sagrados en general. Imaginemos que se demostrara científicamente que Siddharta Gautama Buda no hubiera existido jamás, ¿invalidaría ello el corpus de la predicación budista y las creencias de estas personas?  Seguramente la respuesta sería afirmativa para muchísimos no-budistas, lo que nos llevaría a preguntarnos más bien por la pertinencia de los que no son budistas a meter la cuchara en las creencias de los budistas. Y es que me parece está aquí precisamente el problema, que ya toqué en referencia a los creacionistas, a la identidad de los hagiógrafos y la paternidad de muchos libros de la Biblia: el tema de la Fe en tanto que creencia en enunciados no demostrados, e inclusive indemostrables. La Biblia es uno de esos hechos de la realidad que puede someterse a pruebas racionales para encontrar la “verdad”. Y por ende pueden encontrarse “verdades” sostenidas en los valores del racionalismo opuestas a las “verdades” sostenidas en los valores religiosos. Pueden existir perfectamente creencias sostenidas en fantasías: Cada cierto tiempo aparece siempre alguien que asegura haber fotografiado los restos del Arca de Noé en el monte Ararat, y todavía estamos esperando esas fotos. El cuando una creencia adquiere valor de “verdadera” es todo un tema, porque a pesar de toda nuestra parafernalia sobre el asunto, la inmensa mayoría de las afirmaciones en las que creemos son no-demostradas. Empezando por si mi casa está ahí donde debe estar cuando no estoy en ella.  Como profesor de Filosofía que soy he enfrentado este tema, tanto como persona individual como con mis alumnos, entendiendo que debo mantener el respeto debido por las creencias del resto, pero a la vez aplicando el lenguaje y la aproximación filosófica, que excluye de necesidad la aceptación de cualquier doxa, y por ende de cualquier ortodoxia. Y es un  tema que seguramente continuará, y que dejo aquí planteado, por lo que pueda valer. Después de todo, no leemos la Biblia necesariamente para averiguar las costumbres de los romanos de los primeros siglos de nuestra era, sino también para encontrar guía y consuelo en nuestras circunstancias vitales. A estas alturas me pregunto si he hecho bien este trabajito, por aquello de que todo lo que vale la pena de hacerse, vale la pena de hacerse bien. Pero adolezco de profundidad, reconozco. Si algo he hecho es, tal vez, inducir a mis lectores a leer por sí mismos, que no es más que lo que nos propusimos desde el principio en estas humildes Crónicas.

V
Colofón

Vaya si me han costado trabajo estas crónicas sobre Leer la Biblia. No es que estén realmente terminadas. Durante el proceso encontré por lo menos dos Crónicas más que se inspiran en Leer la Biblia, y que publicaré llegado el momento. Pero espero haber culminado con estas Crónicas  sobre la Biblia misma, y no haberlo hecho demasiado mal, en el espíritu de lo que se suele leer en la espalda de muchos vehículos en Lima: Lea la Biblia. Parece por último pertinente, por ende, finalizar estas Crónicas con las últimas palabras de la Biblia: El que da fe de estas palabras dice: Sí, vengo pronto. Amén, ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús esté con todos. Amén. (Apoc. 22, 20-21)




CRÓNICAS DE LECTURAS – 26
Leer Cómics
I
La idea del Cómic

A qué chico no le gustaba leer cómics en los ´60. Ello no tiene nada de raro, las imágenes, los colores y la acción gustan a los chicos. En consecuencia hubo harto espacio para que el cómic (o Novela Gráfica) alcanzara hace buen rato mayoría de edad y sea una expresión literaria completa en sí misma, con sus registros, códigos y demás yerbas. Yo no he sido la excepción, he leído cómics como cancha, porque a pesar de lo que digan mis enemigos, soy humano y he tenido infancia. Soy prueba viviente de que no hay contradicción en leer cómics y a la vez leer libros. El único efecto discernible que percibo es el haber aprendido dos estilos diferentes de expresión. El cómic se parece mucho a lo que en otras latitudes se llama álbum, y que en esta latitud no es otra cosa que libros con dibujitos, especializados para niños. El cómic permite transitar entre los álbumes y los libros propiamente dichos. No entiendo esa actitud conservadora que rechaza los cómics (y hoy los mangas) a favor de una lectura pretendidamente “más seria”. Léase Watchmen, amigo, amiga; revísese cosillas como Evangelión o Tintín, y si aún no está convencido hablamos. Abra  - o como dicen los huachafos, aperture - su mente. El cómic, pepín, historieta, cartoon, mono, muñequito, funnie, tebeo o chiste reúne dos formas de expresión: La imagen y el texto, combinados en un código propio, permitiendo así a sus lectores aprender habilidades lectoras diferentes de las tradicionales. Vale la pena romper una lanza por la Diversidad: La Lectura de Hoy no es lo que solía ser, y al revés de lo que podríamos creer, resulta más exigente para nuestros niños, adolescentes y jóvenes que lo que fue para nosotros. La continuidad unívoca álbum – cómic – libro, ahora por lo menos es biunívoca, se va del álbum al cómic como al libro, porque el cómic se ha independizado, por lo menos en su soporte de papel, que se seguirá prefiriendo a los soportes electrónicos por la simplísima razón de su costo: Todavía son más baratos diez libros que una lap top, o incluso una tablet. Sin embargo, a la larga deberemos replantearnos este tema. Una ventaja de la tablet – o un soporte equivalente - es que podemos proporcionar una a cada uno de nuestros colegiales y simplemente cargar en ella todos los textos necesarios, año tras año. Les ahorraríamos a las familias así unos cuantos miles de dolores, que ahora se embolsican ciertos oligopolios y sus aliados políticos.

De paso podríamos también empezar a romper la tradicional dimensión monolineal del texto escrito. Intentos como el de Carlos Oquendo de Amat con Cinco Metros de Poemas no son ni comunes ni prácticos, los límites editoriales son taxativos. En cambio, la Tira Cómica, el cómic-book, el e-book, las pantallas del cine y la televisión, los monitores de computadoras y videojuegos rompen las secuencias más o menos lineales de lectura que se conserva en libros y cómics, a despecho del tiempo como dimensión unidireccional. En la relación entre hardware y software, los nuevos soportes pueden dar lugar a simultaneidades opuestas y complementarias con secuencias, combinándose en múltiples y distintos meta-códigos. Es un ancho campo que aún no podemos predecir dónde nos llevará, la alta velocidad con que la Internet vehicula la información determina que incluso un libro como Lo que nos enseñan los videojuegos sobre el aprendizaje y el alfabetismo, de James Paul Gee, editado en 2003, ya esté hoy irremediablemente obsoleto. Sin embargo, a este libro en su campo le pasa lo que al Origen de las Especies, de Charles Darwin en el suyo, que aunque sabemos bien de su obsolescencia, también sabemos que necesitamos leerlo por la base conceptual que nos ayudará a entender el fenómeno que se trata. Porque para poder enfrentar cualquier cosa necesitamos de un arsenal de conceptos y procedimientos para aprehenderlo, apropiarnos de esa cosa, y dominarla lo suficiente para hacer cosas con esa cosa. Si bien la lectura tradicional tiene en común con el cómic las secuencias estereotipadas de imágenes, hace uso del alfabeto fonético de relativamente pocos elementos. El cómic incorpora el lenguaje visual, ciertamente pre-letrado, cuya interpretación no obedece a decodificaciones fijas y que no hace asociaciones son multívocas. El cerebro usa de palabras para pensar, y de los mensajes visuales para enmarcar una totalidad. Es diferente “leer” un libro y “leer” un cuadro. Hay trabajos de Jürgen Gölte al respecto, referidos a la iconografía moche y su interpretación, así como la importancia del soporte tridimensional. Y en la Bibliotecología moderna se sabe que se requiere la supervisión de expertos para que los niños puedan acceder a las pantallas.

A diferencia de la lectura tradicional secuencial, los dibujos y gráficos se  interpretan de modo inmediato, en un código cifrado pero abierto, no unívoco, que va de la pluma del dibujante a los sentidos, a las sensaciones visuales. La decodificación y comprensión del mensaje del dibujante escapa a la interpretación cerrada y se abre hacia un lenguaje que vehicule operaciones metacognitivas conscientes, que superan la sensación de inconsciencia producida por la decodificación simultanea. El trabajo del lector es más o menos el mismo con textos escritos y gráficos: Decodificación de los símbolos y luego agrupación de lo decodificado en unidades concéntricas de sentido, acumulables conforme se decodifica, proceso que a veces llamamos comprensión. Estoy seguro que los lingüistas lo pueden explicar mejor, porque hay aquí aparejada una diferencia entre símbolos y signos, que no es solamente de grado. En todo caso, la TV y el Cine, por más que necesiten también de procesos análogos a los empleados para la lectura - decodificación y comprensión – presuponen una mucho mayor automatización de los procesos cognitivos, y en esto se parecen en algo al Cómic, que podemos así ubicar también como un tránsito y un vínculo entre la lectura tradicional y el lenguaje total inmediatista producido en pantalla. Como en el cómic, podemos analizar con relativa facilidad la metacognición de nuestros procesos de captación de contenidos del Cine y la TV, lo que a nuestro entender es una labor intelectual extremadamente importante, y que sigo sin entender por qué no fomentamos ni formamos a nuestros docentes y Bibliotecarios en esta dirección, que no es nada del otro mundo. Quiero que algo se haga, estoy cansado de lamentarme de lo brutos que son en la TV abierta, que considera al espectador ente pasivo e incapaz de contemplar a posteriori el proceso de la Producción y Dirección de una producción visual, no veo por qué el sistema educativo le tiene que marcar el paso. La Televisión no piensa, solo vende. El pensamiento en cambio, debería presidir el proceso de enseñanza / aprendizaje.

II
Cómics de infancia, Géneros y Superhéroes / Supervillanos

No estoy tan al tanto de la historia de los cómics como quisiera, cuando llegué ya existían. Entiendo que aparecieron originalmente en los diarios, como Tiras Cómicas, allá a principios del Siglo XIX, para entretener a los lectores que ya habían hecho sus lecturas serias, o como un intento de segmentar y atraer lectores de otros lados, niños y niñas sospecho. Aquí surgió el lenguaje primario del cómic, cosas como las viñetas, el manejo del encuadre y los globitos de diálogo. Hemos tenido la oportunidad de ver en El Comercio, La Prensa y otros diarios peruanos a vetustísimos personajes como Flash Gordon y el Príncipe Valiente, de principios del siglo XX. Cosas de costos, suponemos, pues a esas alturas las Tiras Cómicas eran monopolio de King Features, el sindicato de noticias de William Randolph Hearst, que incluyeron títulos como Mandrake el Mago y El Fantasma. Estas tiras de caricaturas de los diarios me atraían poco. Otra cosa eran los cómics hoy tradicionales, que se vendían en los quioscos o que intercambiábamos, y cuyas secuencias a veces solíamos esperar. La gran mayoría de los cómics que leía en esta etapa venían de Estados Unidos y se traducían e imprimían en México por la Editorial Novaro, que seguro tenía los derechos para América Latina de las diversas líneas argumentales, las más conocidas eran las de DC y Marvel, con ventaja para la primera. Supermán y Batman – y el resto de la Liga de la Justicia - eran más conocidos que los Hombres X o Iron Man, que conocía más porque aparecían en los Cartones de TV. Estos “Cartones” eran primitivos en su hechura, entre ellos destacaron Los Vengadores, Iron Man, Thor, Scott MacCloud El Ángel del Espacio y otros que no recuerdo, caracterizados por lo barato de su fabricación: se tomaban las viñetas del cómic, se añadía movimiento a la boca de los personajes, se completaba con sonido, y ya estaba: Era ver el cómic por la TV.  

A diferencia de la Literatura convencional, el Cómic no se encuadra como Lírico, Épico o Dramático. Los géneros en los cómics son muy diversos, más dependientes del mercado, con gran riqueza combinatoria, aunque eso en tiempos de mi infancia no se notaba, pues el asunto parecía depender demasiado de los segmentos del mercado. Había por ejemplo cómics femeninos, como Susy, Secretos del Corazón, que ningún chico se hubiera atrevido ni siquiera a sostener entre las manos, cuando menos no en público. Pero los que más abundaban eran los del género de la Ciencia Ficción, subgénero Superhéroes. Mi preferido siempre fue Linterna Verde, al que la película que le sacaron hace poco hace poca justicia. El Cómic Costumbrista presentaba a Archi y Verónica, representación estereotipada del deber-ser del High School americano trasladado a los colegios latinoamericanos de clase media, y que influyó fuertemente en ellos, como se demuestra en el hecho que no había salón de clase sin su respectivo Torombolo. Un personaje curioso era Chiricuto, que tenía su tira en los chistes Novaro, y que representaba festivamente a los militares. En los tiempos de la Instrucción Pre-Militar fue raro el Instructor cuyo apodo o chaplín no fuera Chiricuto. Asimismo, en las goteras de mi memoria están ciertos chistes como Joyas de la Mitología y alguno que otro de tema Histórico o inclusive sobre Santos, aunque estoy seguro que debieron ser muy pocos. Fuera de éstos y de uno que otro título por ahí, no teníamos mayor contacto con cómics de aventuras, bélicos, satíricos, costumbristas, deportivos, fantásticos, de terror o policiales. No dudo que los hubiera, pero seguro serían cómics de adultos, aunque todos creíamos en aquellos días que los cómics eran solamente para chicos. Pero había esos chistes mexicanos, de los que se hablaba sotto voce, con sus extraños personajes: Hermelinda Linda, El Monje Loco, Santo, Blue Demon y otros que definitivamente no eran para niños. Y por eso los leíamos clandestinamente.

Por si no lo saben mis lectores, los superhéroes están patentados desde los años ´30. Legalmente hablando, nadie puede llamarse Super Héroe a no ser que lo pasen por el aro de Marvel o DC. Pero el modelo o paradigma parece tener origen religioso, con los Héroes semidivinos tipo Hércules, Perseo, Sigfrido, Roldán o incluso el Cid o los personajes de libro de caballerías como Amadís de Gaula o Tirante El Blanco. Este origen se ve más lógico si consideramos que los Super Héroes son una suerte de Santos modernos, de sólidos principios éticos y morales, aunque hoy está de moda presentarlos conflictuados. Stan Lee y su Sorprendente Hombre Araña, son tal vez los mejores exponentes de estos héroes con problemas éticos, es famosa su frase: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y así Marvel diferencia su producto presentando a Hulk, Daredevil, los X-Men, como Héroes a pesar suyo, problematizados (monstruos, deformes, ciegos). Curiosamente, el Super Villano parece que surgió primero que el Super Héroe,  en la Literatura francesa, en los personajes folletinescos de Zigomar, Rocambole, Arsenio Lupin, Demonax, y sobre todo el grande Fantômas, que conocí a través de su cómic Fantômas, la amenaza elegante, muchísimo más edulcorado que su versión literaria, de tira cómica y fílmica. Marvel no podía menos que tratar de apropiárselo con el nombre Fantomes, sin éxito. Sin embargo, y de esto me percaté desde temprano, estos “superhéroes” no resolvían problemas. En realidad los asuntos a los que dedicaban sus energías eran los policiacos, el mantener el orden, no luchaban por la paz, o contra la desigualdad o el hambre. Habrá que esperar a los Watchmen para ver algo diferente.

III
Cómics de adolescencia / Homenaje a Robin Wood y a Mi Novia y Yo / Las Tres Tradiciones

Dice el verso de José Martí: Tiene el Señor Presidente / un jardín con una fuente / y un tesoro en oro y trigo. / Tengo más, tengo un amigo. Tuve la suerte que a pocos se les acuerda en mi niñez y adolescencia de Tener un Amigo. No haré panegírico de la Amistad, no se preocupen, sólo a los chistes. Yo pasaba probablemente demasiado tiempo en la casa de Tito, en parte por las dos grandes colecciones de cómics encuadernados por períodos de publicación, que leíamos juntos. Estas dos colecciones fueron un total descubrimiento para mí, eran chistes que no conocía ni de oídas, no estaban difundidos. Una colección estaba formada por Cómics más o menos tradicionales, aunque no se referían a Batman, Superman, Linterna Verde o la Liga de la Justicia, como los que había estado leyendo: Eran cómics de guerra, en especial los que tenían como personajes a Robert Briton, as de la Royal Air Force en la guerra contra los nazis; y al Sargento Nick Fury (castellanizado Furia), que comandaba un pelotón estadounidense en la Europa post Invasión de Normandía. Si mi memoria no me traiciona, se llamaban Trinchera, Guerra, y otros nombres por ahí, y se dividían por Marina, Ejército y Fuerza Aérea. Según parece eran traducciones directas de cómics difundidos como propaganda en la Segunda Guerra Mundial. La otra colección de cómics fue completamente trascendental para mí y no dudo en decir que me marcó la existencia para siempre, hasta hoy los leo y disfruto. Editados en Buenos Aires, desplegaban absolutamente todos los géneros y subgéneros del historietismo. Dentro del muy limitado espectro existente en el momento, eran claramente cómics desalienantes, que mostraban el mundo de un modo mucho más realista que los cómics de Novaro, apegados a los modelos norteamericanos. Por esas épocas yo ya era un lector voraz de libros, sumamente crítico, y los cómics empezaban a desinteresarme, hasta que encontré las cuatro grandes revistas de la editorial Columba: El TonyIntervaloFantasía y D’Artagnan. Las variantes de personajes, argumentos, series e historias mostraban una inmensa capacidad para la creación y los géneros, y uno no se cansaba: En el cómic costumbrista están Cuentos de Almejas y Gente de Blanco; en el de Aventuras, Aquí la Legión, El Cosaco, Jackaroe; en la Ciencia Ficción, Gilgamesh el Inmortal; en el cómic deportivo Beto Navarra; en el Histórico, Nippur de Lagash y Dago; en el cómico, Pepe Sánchez y la genial y predilectísima Mi novia y yo. Y asimismo una cantidad de cómics inclasificables y combinaciones de gran profundidad psicológica y emocional, como Dax y Savarese. Y me quedo en esto por millas de distancia, porque no he leído todo lo que debería ni cuento todo lo que sé.

Destaca aquí un autor al que no dudo en elevar a mis altares para compartir velitas con Shakespeare, Cervantes, Thortorn Wilder, Borges y Marguerite Yourcenar: Había una vez un matrimonio de socialistas fabianos, afanados en hacer el paraíso en la Tierra australiana, país tan grande que sugiere espacio para cualquier utopía social, pero no así para los Wood, que tras una huelga huyeron a otra parte donde vivir sus valores, y en 1900 recalaron en Paraguay, donde fundaron Nueva Australia. Allí nació Robin Wood en 1944. Su familia no supo mantenerlo, vivió en orfanatos y su educación formal no pasó de la primaria. Se hizo autodidacta y gran lector, cachimbo de la Universidad de la Vida. ¿Cómo se gana la vida en Buenos Aires un jovencito talentoso recién bajado del Paraguay? Primero aguantando. Como tantos otros antes que él, conoció la pobreza y se ganó sus espuelas creando personajes y tramas, que terminaron por ser aceptados, imagino que por cansancio de los editores, porque era – es – absolutamente prolífico y estoy seguro completa y majaderamente insistente. Como otros antes que él - cuesta no acordarse de Félix Lope de Vega - el acto de la creación se le impone a tiempo completo las 24 horas al día, y tiene más historias que contar que callos en los pies, y a la editorial Columba le faltan revistas para meter todo lo que le sale de la mitra: En 1968, Robin Wood ya tenía lectores cautivos con el drama histórico - épico Nippur de Lagash, con uno de espías (Dennis Martin), un western (Jackaroe) y un policial (Big Norman). No me acuerdo bien cuando empecé a leerlo, debe haber sido más o michi hacia 1970 o 71, es decir, muy poco después de que empezara con las entrañables historias de Mi Novia y Yo (Nro.178 de Intervalo), que escribió y  publicó ininterrumpidamente durante 25 años, conchabado con el gran dibujante Carlos Vogt, expresionista del humor, la risa y los momentos conmovedores, que el humor los tiene o no es humor. Mi Novia y Yo inició comedia romántica y humorística, pero llegó a genial comedia biográfica, en la que Tino / Robin Wood conversa con nosotros con naturalidad sobre la historia que construye con nosotros: No hablemos del barrio de sanata. Hablemos del barrio duro y agridulce que nos hizo crecer (…) Sin lamentos … recordar con el corazón y el alma … Recordar con las ganas bárbaras que nunca se nos acabe el amor. (Canción de Barrio, Intervalo Cinecolor Año XII, Nro. 68). El sello de la genialidad está en leer una y mil veces las mismas historias y jamás cansarse de ellas, pues siempre te ríes, siempre tratas de ocultar el lagrimón. Este es Robin Wood, magnífico inventor de pseudónimos para que su nombre no se repitiera hasta la náusea en el índice de cada revista: Mateo Fussari, Robert O’Neill, Noel Mc Leod, Roberto Monti, Joe Trigger, Carlos Ruiz, Rubén Amézaga. Y también Cristina Rudlinger. Por si no lo saben.

Me sale grande esta crónica, porque hay tanto qué decir, y a falta de mejor lugar para contarlo, comento acá la existencia de las tres vertientes principales del Cómic, de los que me vine a enterar de adulto, y que siempre vale la pena plantear, porque hay diferencias notables entre Norteamericanos, Franco-Belgas y Japoneses, que son los que marcan las pautas aquí. Ya hemos mencionado a DC y Marvel por los Estados Unidos, y más abajo veremos algunos franco-belgas. De manga no sé nada, lo siento, consúltenle a mi hijo Alejandro Bellina, que es el experto en el tema.

IV
Más sobre Cómics, Cine y Tradiciones

Había muchos más chistes / cómics circulando por ahí que los ya mencionados, durante mi infancia y adolescencia. Recuerdo la chilena Editorial Zigzag y su popularísimo personaje Condorito y sus patas Garganta de Lata, Titicaco, Pepe Cortisona, Coné y la guapa Yayita. Una primera aproximación a los comics de carácter satírico se me dio a través de la excelente revista estadounidense MAD, así como la análoga argentina Humor Chancho, donde me familiaricé con el grande Fontanarrossa. MAD satirizaba la sociedad de consumo en un momento en el que en mi entorno se hablaba de eso, lo que demostraba, como dice Tino, que en todas partes se cuecen habas. De la escuela japonesa no sé nada, mi ignorancia es total, de esto del manga no pretenderé saber más que mi hijo Alejandro, que es un capo en el tema, y al que me remito para cuando a él le dé los forros de explicarse. En 1959 aparecen Astérix, Obélix, Detritus y demás entrañables personajes de los franceses Goscinny Uderzo, que después vi en película con nada menos que Gerard Depardieu como el invencible Obélix. A la tradición franco-belga pertenecen también Tintín, Aquiles Talón y Lucky Luke, con los que trabé conocimiento de joven. Hay una serie Noire, francesa, de la que forman parte el guionista Christian Godard y el dibujante Clavé, que dan vida a uno de los cómics europeos más importantes: La Banda de Bonnot. En Italia está Cesare Reggiani, gran dibujante y guionista, creador de Desviación Cerebral, cómic espeluznante e inquietante, de Ciencia Ficción post-apocalíptica, que a su vez inspirará a guionistas y dibujantes, su impronta está incluso en la novela gráfica / película Watchmen, muy fiel a su Novela, suerte que no han corrido otras novelas gráficas llevadas al cine, como las olvidables La Liga de los Caballeros Extraordinarios, o V de Vendetta, cuya desmayada adaptación no llega a hacerle justicia a la dinamita anarquista y revolucionaria del cómic. En esto siempre fallan guionistas y directores de cine, seguro presionados por los productores, que tratan desde siempre de no salirse de lo políticamente correcto, de no comprarse rollos con el poder, aunque siempre empleen de cara al público el pretexto cada vez menos creíble del esto es lo que le gusta a la gente.

Por ello una obra cinematográfica como Watchmen es doblemente valiosa, no solamente porque consigue reflejar casi a la perfección la atmósfera opresiva y paranoica del cómic, sino por no reducir su potencial de escándalo ni quitarle un ápice de sociopatía a su personaje Roscharch, único héroe verdadero de la obra (Ninguno de ustedes lo entiende. Yo no estoy encerrado con ustedes. Ustedes están encerrados conmigo), repleta de individuos disfrazados de superhéroes y vigilantes (watchmen) de los que solamente uno – el Doctor Manhattan - posee verdaderos superpoderes, pero que, con sus desadaptaciones y todo, terminan por servir obsecuentes – lo sepan, como el Comediante; o no lo sepan, como el Búho Nocturno II - al complejo militar-industrial estadounidense en una realidad alterna en la que Richard Nixon gobierna tres períodos, y la guerra nuclear contra la Unión Soviética es una realidad que se desatará en cualquier momento sobre las cabezas de los personajes secundarios, todos los cuales morirán en una explosión nuclear de Nueva York. Dicha explosión, junto con otra docena más, es provocada por el “héroe” Ozymandias, chico listo que tratará de unir al mundo y evitar la autodestrucción echándole la culpa al Doctor Manhattan. A Ozymandias le pertenece la frase que revienta el hiperrealismo de esta ucronía: Dan, No soy un villano de opereta ¿En serio crees que les iba a explicar mi plan maestro si quedase la más mínima posibilidad de que pudieran alterar su resultado? Lo hice hace 35 minutos. Vale la pena tanto leer la novela gráfica como ver la película, y así nos introduciremos en un género del cómic interesante y dinamitero: el underground. Claro, si te gustan las cosas como son y como están, no te hagas paltas, no lo leas. Pero después no te preguntes quién vigila a los vigilantes …  

V
Colofón

Nos quedamos por mucho y a muchos no mencionamos. Pienso en los peruanos Juan Acevedo, Carlín y Heduardo; y en el argentino Quino. Pero por otra parte, cantidad no es sinónimo de calidad. El nivel cognitivo de las masas cuenta en términos de mercado. Agotado el impulso educador que llegó a principios del siglo XX sólo queda el mercado, y los cómics, que antes se adelantaban a la necesidad, ahora están detrás de los segmentos marketeros. En la oferta realmente existente – incluso en la explosión creativa del manga -, la calidad brilla por su ausencia. No podemos estar contra el cómic. Abramos las expresiones creativas. Lee lo que quieras





CRÓNICAS DE LECTURAS – 27
Los Libros más leídos en el  Mundo

I
La inflamación de los Indicadores

Que no es lo mismo “Libro más vendido” (Best-seller) que “Libro más leído” parecería más que obvio. Pero se confunden los periodistas, los políticos y otros que aspiran a creerse las propias falacias, y se les comprende pues de eso viven. Pero como aquí tratamos de realidades y no de la visión del mundo que los que la mueven tratan de vendernos para que no preguntemos de donde salió la plata del depa de París, estamos obligados a ver y pensar. Nos encontramos una vez más con el fabricadísimo conflicto entre la realidad que existe y el indicador que trata de describirla: ¿Un libro que ha sido más vendido es necesariamente el más leído? Pues NO. Podrías comprar el libro y no usarlo o usarlo poquísimo, como los textos escolares, por ejemplo. Tenemos libros que adornan estantes, y que para eso se compraron. Reto al más pintado a que me diga si se ha leído alguna vez todo un texto escolar, cualquiera. O si el libro es un Diccionario o Enciclopedia, ¿te lo has leído todo?. Me cansa que me pregunten cuántos libros he leído, como si Mo Yan fuera igual que Hegel, o Freinet igual a Dawkins. Y me molesta que el ministerio de educación me diga que mis alumnos deben leer “x” cantidad de libros al año, sin considerar que hay libros de 12 páginas y de 1200; o que no es lo mismo Paulo Coelho que Martin Heidegger, Oliver Dollfuss o George Gamow. O que no es lo mismo leer en castellano que en runa-simi o en inglés. NO todo es lo mismo, por Dios. Pero esta es la epidemia de la enfermedad de la INDICADORITIS, que es una inflamación de los indicadores que afecta el cerebro, y le hace a uno perder la perspectiva de la realidad y empezar a creerse la metafísica de las cifras, a no ser, claro, que emplees tu cerebro, y no sigas a rajatabla el manual de instrucciones. Me pregunto cuándo dejarán estos de pensar en “libros”, y empezarán a pensar en “lectores”, es un gran misterio, que ni el propio Sherlock Holmes podrá resolver. O cuándo dejaremos de hablar “acerca” de los indicadores y empezaremos a hablar de “qué indican”, a dejar de hablar de ellos para hablar de aquello a lo que se refieren, lo que está implícito en el concepto de “indicador”, cosa que no quieren o no pueden entender muchos. La INDICADORITIS posee una expresión terminal en tercio excluido, que se presenta cuando sus intereses económicos son golpeados directamente, y que padecen periodistas, políticos y otros por ahí que gustan de las oposiciones simplistas, las que se dicen por lo general sea por el intento de formatearle la realidad al populórum, o sea por una forma de autoembrutecerse, guiado por la dificultad de hacerle entender a la indiada algo que no sea una moral bipolar de dibujos animados, o una paranoia digitada desde el poder o la mafia, muchas veces el mismo ente.

((PARÉNTESIS: He notado que los periodistas más trejos y experimentados pertenecen al primer grupo - y deben ser por ende los que más cobran, hacen de la INDICADORITIS una profesión lucrativa -; en tanto que los más postmodernos pertenecen al segundo y más que nada tratan de ser sinceritos - confunden la sinceridad con la Verdad, que como es objetiva no la captan, esto es un efecto colateral de la INDICADORITIS complicada con la POSTMODERNITIS -, con lo que logran únicamente venderle a las gentes sus propios desconciertos y estereotipos, pero con palabras bonitas. La realidad es más compleja, jóvenes, mucho más, pero el sistema os ha educado para que marquéis el paso y no para que uséis vuestras neuronas, para que seáis espectadores y no participantes. Pero eso ha sido siempre, la única diferencia es que últimamente están teniendo más éxito. Así que si usáis (no USAID, por favor) vuestras neuronas consideraos afortunados, pero también tened muchísimo cuidado, que a pesar del discurso oficial en la sociedad la inteligencia está muy mal vista, y tener razón muy pronto suele ser peor que estar equivocado.))

Pero nos nos metamos en tantas honduras. Limitémonos a los indicadores y la realidad. Nos dicen, por poner un ejemplo, que ya no hay pobreza porque la gente gasta más de 150 soles - o la cifra que sea, eso ahorita es lo de menos - al mes. Vale decir se confunde el medidor con la cantidad de agua. O el termómetro con la fiebre. Un indicador no “es” sino que “hace”, es decir “indica – señala – identifica” un algo; pero tengo que considerar los demás indicadores si quiero hacerme una composición de la realidad real, que siempre es una combinación de “algos”, algunos de los cuales de repente no están a la vista, como cualquier investigador sabe. Ejemplo: Para saber cuánto recorrerá mi carro con la gasolina que le eche, necesito saber cuánta gasolina le echo, y eso es correcto. Pero necesito también saber cuántos kilómetros por galón o litro me rinde el motor o el vehículo. Y el estado de las carreteras. Y si el camino es empinado o no. Y etcétera. Si solamente me baso en el primer dato puedo confundir un Alfa Romeo con un Volkswagen escarabajo y decir que andan lo mismo porque usan la misma cantidad de gasolina. La realidad se operacionaliza a través de indicadores pertinentes, que pueden ser muchos, y mientras más mejor. Pero no operacionalizamos todos los que debiéramos porque es caro y si no tomamops eso en cuenta pues razonamos fuera del recipiente. Cuando el indicador indica, lo que hace es ubicar un valor determinado – cuantitativo o cualitativo – en una dimensión predeterminada: Si una persona gasta más de una determinada cantidad, ¿podemos decir que dejó de ser pobre sin saber de dónde provino ese dinero? ¿si la plata con la que consume más resulta que es prestada, producto de subsidio o producto de narcotráfico, acaso eso no modifica la visión de la realidad de la pobreza? Entonces resulta obvio que necesitamos introducir notas al indicador, o más indicadores que nos permitan hacernos la composición de contexto: Saber si la pobreza efectivamente está siendo erradicada o simplemente hacemos malabares estadísticos tipo Alan para decir que sí, somos menos pobres, aunque la gente o la caja fiscal terminen endeudados hasta las orejas, o seamos el primer productor mundial de cocaína – que lo somos. Los métodos como el análisis estratégico o el Marco Lógico – y sus hijos y nietos empleados para la Diversificación Curricular, por ejemplo - no serán muy útiles a no ser que podamos diferenciar un indicador de una competencia, por ejemplo. No miento, he visto Diversificaciones Curriculares en provincias donde confunden estas cosas. Pero es que resulta tan conveniente la INDICADORITIS: La gente se pone optimista, las comisiones se cobran, hay nuevos millonarios, ya sabemos quienes. Y si alguien dice algo, hablamos por los codos y ganamos tiempo hasta empujársela al otro gobierno, compañeros.   

II
Indicadores de lectura: La venta

Estaba mirando vejeces y me tropecé con El Comercio y Radio Programas del Perú, con la noticia de “Los Diez Libros más Leídos en el Mundo”, que data del 2012: http://www.rpp.com.pe/2012-11-21-los-diez-libros-mas-leidos-en-el-mundo-noticia_542390.html y http://elcomercio.pe/espectaculos/1432236/noticia-estos-son-10-libros-mas-leidos-historia, y en realidad me encontré con que no es que fueran los libros más leídos, sino los más vendidos, según el portal Alltop.com, que no está tratando de engañarme. Bueno, ya sabemos que el periodismo nacional tiende a la copia y a un exasperante facilismo cuando no se trata de defender los intereses de las mafias, de los que pagan, o el interés que ipso facto aparece cuando hay aroma de sangre en el aire y los buitres atisban cadáveres en lontananza; ahí sí concentran sus recursos. Plata apuesto que no se han percatado de la asociación que hacen entre “vendido” y “leído”. Y que los límites autoimpuestos por los periodistas son francamente infantiles aparecen patentes en la misma lista de libros en relación con los comentarios previos: un desconocido redactor del Decano escribe esto: Coincidir en gustos literarios, también lo sabemos, es muy difícil, pero hay libros que, por una u otra razón, todos parecen (o deberían) conocer y a continuación los presentamos. En primer lugar, no todos los libros que hay ahí en esa lista son strictu sensu literarios. Ni tampoco son para leerlos completos – es el caso de los primeros dos, por cierto, que, además, oh casualidad, no son literarios. Esta limitación de la realidad lectora a la Literatura obedece a un reduccionismo ya clásico, producto de una deformación intelectual reflejada en el rellenado de una plantilla para cobrar un sueldo. Pero no le pegaré más a un desconocido redactor que trata de hacer su trabajo, los pobres también lloran para llevar sus frejoles a casa.

Chequeemos la lista y comentémosla su poquito, en función de esa diferencia entre “leído” y “vendido” que el periodismo nacional no ha aprendido aún a distinguir. Y, por cierto, este datito vale la pena señalarlo, lo menciona el Decano, pero no RPP, que parece no puede siquiera distraer cinco minutos de un redactor para comentar el tema, y es que esta lista abarca los últimos cincuenta años de ventas, y que no sabemos si estas ventas son globales o no, y si abarcan todos los idiomas en que se edita, o no. Veamos los títulos a los que se refiere Alltop.com según los periodistas, porque he buscado en el site y naranjas:
Puesto 10. El Diario de Ana Frank – 27 millones vendidos.
Puesto 9: Piense y Hágase Rico (Think and Grow rich), de Napoleon Hill – 30 millones
Puesto 8: Gone with the Wind (Lo que el Viento se llevó) – Margaret Mitchell – 33 millones
Puesto 7: Crepúsculo, la sagaStephanie Meyer - 43 millones
Puesto 6: El Código Da VinciDan Brown – 57 millones
Puesto 5: El alquimistaPaulo Coelho – 65 millones
Puesto 4: El Señor de los Anillos - J.R.R. Tolkien – 103 millones
Puesto 3: Harry Potter …J.K. Rowling – 400 millones
Puesto 2: El Libro Rojo - Mao-Ze Dong – 820 millones
Puesto 1: La BibliaVarios Autores -  3,900 millones

Buieno, a mí no me lo han preguntado, y después de todo esta no es una lista para determinar quién es el mejor, sino solamente cuáles son los más vendidos. Considero justo y bacán que estén el Diario de Ana Frank, El Señor de los Anillos, Lo que el viento se llevó, Harry Potter y la Biblia. El Libro Rojo de Mao, pues mira, ni fu ni fa, no puedo menos que asociarlo a la Revolución Cultural China, y no me siento muy bien con ello, tengo mi opinión sobre ese período histórico y no me agrada, al margen o no de su pertinencia histórica, que no juzgaré acá.  Los demás me parecen olvidables, con excepción de la saga Crepúsculo, de la que honestamente nada puedo decir, porque simplemente y llanamente mi interés por los vampiros se agoto con el Drácula de Bram Stoker hace ya luengos años, y ni la he leído ni he visto sus películas.

III
Indicadores de lectura: Los de a verdad

Yo no digo que comprar libros no sea un indicador de lectura. Es evidente que no se compran libros para trapear el piso o guardar en la refrigeradora. Pero no es ni puede ser el único Indicador. Empecemos por el principio: ¿Se lee solamente libros comprados? Pues no. Te lo podrían prestar o regalar; podrías ir a una Biblioteca Pública o Escolar; podrías alquilarlo en un banco del Libro y/o fotocopiarlo; podría pertenecer a un pariente que viva contigo, o a un amigo; podrías bajar un libro en formato PDF de una pagina web – y, por cierto, algunos no le llaman libro a esto. ¿Y qué hay de los libros donados, de los textos escolares proporcionados por el Ministerio, de los libros heredados y/o usados? Ya aquí nos dimos cuenta que tiene que haber algún tipo de definiciones alrededor del tema para poder aclararse las cosas, y que la venta sola no es ni puede ser un factor definitorio. Si además cruzamos el dato con el de Ingresos per cápita, peor. Es bastante obvio que antes de leer tienes que comer, y es también bastante obvio que los que tienen más dinero compran más libros que los que no tienen dinero. Y esto es una deformación de lo que tratamos de investigar, que es qué libros son más leídos. En los países que se toman el problema en serio, como Colombia, sí tratan de saber como van las cosas, y se sabe que solamente la tercera parte de los libros son nuevos, es decir, adquiridos recientemente – cifras de 2005 -, mientras que un 17 % son prestados, otro 17 % son relectura de los propios libros ya usados, un 7 % de Bibliotecas, un 6 % fotocopias. En el 2005 por ejemplo, el 46 % de los textos leidos por la población colombiana urbana de 12 o más años de edad fueron textos escolares. ¿Tenemos cifras similares en el Perú? Favor de alcanzármelas, por favor. Por supuesto, hay más qué decir sobre Indicadores de Lectura en serio, como Horas dedicadas a Lectura, el peso de la Emigración, la Lectura Obligatoria en las escuelas, etcétera. Pero en nuestro país nos ocupamos del asunto poniendo el carro antes que el caballo, preocupándonos de cuántos libros se venden, no de cuánta gente lee. Y eso nos dice con absoluta claridad cuáles son las preocupaciones reales y lo increíblemente chata que es nuestra sociedad y nuestra clase política al respecto. Deberíamos empezar por tener una Biblioteca Nacional desde donde pudieran descargarse libros y no apareciera ese antipático avisito: “no se pudo establecer contacto con la página …”. Probablemente luego nos quejemos que nos gane todo el resto.      

De los diez títulos indicados en esa lista, siete corresponden a obras literarias, uno a política, uno a religiosa y uno a autoayuda. Sin embargo, El alquimista de Coelho parece obedecer al criterio de autoayuda también. De las literarias, tres constituyen no un título sino un conjunto de ellos, y por lo tanto resulta excesivo decir que es “un” libro. El Señor de los Anillos tiene tres partes-libros (La Comunidad del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno del Rey); Crepúsculo tiene seis libros (Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse, Amanecer, Sol de medianoche y La segunda vida de Bree Tanner); y Harry Potter tiene siete títulos (Harry Potter y la Piedra Filosofal, Harry Potter y la cámara secreta, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Harry Potter y el cáliz de fuego, Harry Potter y la Orden del Fénix, Harry Potter y el misterio del Príncipe, Harry Potter y las Reliquias de la Muerte). Vale decir, nos hacen pasar las ventas de dieciséis libros como si fueran de tres. No me parece objetivo. Por otra parte, dificulto enormemente la cifra de La Biblia, para empezar porque no es una edición única y estable, y se registran diferencias en las diferentes ediciones, en número de libros y en extensión. Además no sabemos si están incluidas aquí las Biblias Judías. Por otra parte, las Sociedades Bíblicas Unidas y otras instituciones cristianas de todas las denominaciones han editado diferentes versiones de la Biblia, desde la Vulgata hasta la famosa Traducción del Rey Jaime (Dícenle Jaime al soberano en cuestión, cuando en castellano el nombre es Jacobo, pero así es como lo ponen, en inglés esta versión de la Biblia es la King James Bible) pasando por la Traducción del Nuevo Mundo. El Piense y Hágase Rico, y tal vez El Alquimista, decíamos, no califican como literatura, o lo hacen poco. Es como añadir a la lista las instrucciones del Lego o del juego de Ajedrez o del Monopolio, estoy casi seguro que hay más de esas Instrucciones editadas que libros de autoayuda, la diferencia está en el objeto al que se dedican las Instrucciones. Las de hacerse rico no parece, por otra parte, que hayan sido sumamente efectivas, no hay que sepamos 30 milllones de millonarios, y si los hay es muy probable que no hayan leído este libro. Pero estoy seguro que el señor Napoleón Hill sí está entre ellos (los millonarios). 

IV
Listas más reales

Un tema es complicado al respecto: El peso y volumen de las ventas actuales es mayor que el de otras épocas, y ello es debido al aumento vegetativo de la población absoluta. Ni Víctor Hugo ni Charles Dickens ni Mark Twain podrían haber vendido como Dan Brown en la actualidad, por la sencilla razón que no había tanta gente en su época como la hay ahora. Y como popularidad no es necesariamente calidad, la cifra no es indicativa ni comparable. Están además los Libros para Niños, pensemos en los cuentos tipo Blanca Nieves o Caperucita Roja, en Grimm, Anderssen y Perrault, su popularidad es inmensa, pero sus cuentos forman parte de antologías o grupos, y por ende no son títulos comparables. Las guías de viajeros, los diccionarios y almanaques han gozado de inmensa popularidad, y sin embargo no aparecen mencionados.   Encontré una página en internet, por cierto, que me dice la cosa más como es: Los 20 Libros más vendidos de la Historia, y parece una selección muchísimo más interesante y real que la mencionada antes:   http://www.taringa.net/posts/info/7910168/Los-20-libros-mas-vendidos-de-la-historia.html. Menciónase en primer lugar a la Biblia, por supuesto, y es un primer lugar merecido, sobre todo si no nos ponemos muy complicados con sus versiones. Parecen haberse editado alrededor de 6,000 millones de copias. Se incluyen además libros para niños como Peter Rabbit de Beatrix Potter; Miffy de Dick Bruna; y El Principito de Antoine de Saint Exupéry. En cuanto a las series, tratadas como un solo título, están por supuesto El Señor de los Anillos y Harry Potter, y también Las Crónicas de Narnia de Carl Lewis. Está el muy famoso best-seller del Doctor Benjamin Spock, Baby and Child Care; el Libro Rojo de Mao Ze Dong; el American Spelling Book (Webster’s Dictionary), de Noah Webster, editado por primera vez en 1783, y que de ahí para acá ha vendido más de 100 millones de copias, y no es nada extraño que esté aquí, bien acompañado del libro de texto de mayor continuidad del mundo: el McGuffey Readers, que colocó entre 1836 y 1961 más de 120 millones de ejemplares y que continúa haciéndolo a razón de unos 30,000 más por año. Pucha, yo he escrito algunos textos, y la verdad me gustaría durar así. Está también el libro con copyright vigente más vendido del mundo: El Libro de Records Guinness, cuya primera edición data de 1956 y que va por los 94 millones, acompañado del World Almanac, que desde 1868 va vendiendo más de 73 milllones de ejemplares. El Código Da Vinci, El Alquimista y Lo que el Viento se Llevó están aquí. Pero les acompañan El Mundo de Sofía, de Joostein Gaarder y El Valle de las Muñecas, de Jacqueline Susann. Para completar el asunto hay algunos títulos de interés: Un mensaje a García de Elbert Hubbard, que no estoy tan seguro entre en la categoría de Autoayuda; y el libro de tema religioso In his Steps, de Charles M. Sheldon

¿Es injusto que El Quijote, la Guerra y la Paz, el Decamerón, Los Miserables, El corazón de las tinieblas o Crimen y Castigo no estén en estas listas? ¿O que no figuren Dante, Homero, Shakespeare? Pues fíjense, no sé. Porque yo creo que tomando en cuenta todas las posibilidades, podríamos hacer nuestra propia lista aún a riesgo de equivocarnos, por supuesto, pero así y todo tratar de decir cuáles libros deben haber sido los más leídos a lo largo de la Historia, por lo menos desde la Imprenta de Gutenberg.  Así que aquí van mis hipótesis, sin ningún orden, porque eso sí me parece no debe ser:   
La Biblia
Me parece imbatible.  Se ha editado de todos los modos posibles, y lo cierto es que resulta más popular quer nunca. Ya le hemos hecho sus Crónicas, a ellas remito a los interesados.
Las Mil y Una Noches
Quizá uno de los libros más hermosos de todos los tiempos. Debe resultar obvio que no esté en las listas, por su extensión que abarca varios tomos, y por que está básicamente editada en versiones para niños.
El Diario de Anna Frank
Este libro narra la guerra mundial. Pero lo que lo diferencia de los relatos convencionales es que se le narra “desde adentro”, desde los ojos de una niña que tiene que esconderse para que no la atrapen por el crimen de ser un chivo expiatorio para que un grupo de asesinos pueda conservar el poder.
El arte de la guerra
Sun-Tzu tiene que haber sido un tipo de enormes habilidades para que su texto se haya convertido en un clásico. Se estudia hoy en día en todas las escuelas militares y políticas del mundo y no hay como soslayarlo.
El Príncipe
Niccoló Machiavelli se vuelve un clásico por el expediente de tratar a las cosas políticas como son y no como nos gustarían que nos fuesen. Inventor de la razón de estado, probablemente de ahí viene la frase qiue se le atribuye: El Fin justifica los medios.
Romeo y Julieta
William Shakespeare. Es verdad, no lo han leído tanto, pero que lo han visto en alguna de sus centenares de versiones, y que todo el mundo identifica a Romeo y a Julieta, más que sea parodiados, pos sí.
El Hombre que calculaba
Malba Tahan. Un clásico de las matemáticas y de los cuentos. Me gustará siempre la manera como Alá prefiere los repartos.
Más allá del bien y del mal
Federico Nietzsche. Hasta hoy se vende, y eso es extraño para obras del calibre de la mencionada y otras del mismo autor, pero Nietzsche no solamente era un filósofo impeque sino un literato de primera.
La Metamorfosis
Franz Kafka. Favorecida por ser corta, barata de comprar, muy representativa y además soberbiamente narrada. ¿Quién no la tiene en casa?
Las aventuras de Huckleberry Finn
Mark Twain. Entrañabilísimas. Huck es el chico de más personalidad de toda la literatura universal, en mi humilde opinión, y alguien con el que me encantaría recorrer el Missisipi en barca.
Los Miserables
Víctor Hugo se supera a sí mismo en este fresco y pintura de las miserias humanas y del lirismo con el que las trata. Todos conocen a Jean Valjean. Vive a la vuelta.
Diez Negritos
Agatha Christie. Vamos, no se hagan, a todos nos gustan los detectives y los casos para resolver.
El Nombre de la Rosa
Umberto Eco. Monjes Detectives y asesinos. La lucha alrededor de una Biblioteca y de un libro perdido.
Ella
Henry Ridder Haggard. La aventura en su máxima expresión. Quien no la haya leído no sabe qué es aventura ni cómo se come.
Así se templó el acero
Nikolai Ostróvsky. Épica revolucionaria soviética, alejada de los cánones del realismo socialista.

V
Colofón

Yo me sospecho que estos podrían ser  los libros más leídos, pero estoy seguro que me paso por alto espacios culturales completos. En todo caso hemos ganado una panorámica y cuando menos no nos estamos tragando el cuentazo de que lo que más se vende es necesariamente lo que más se lee. En todo caso, prueba suerte, haz tu lista, y lee lo que quieras




CRÓNICAS DE LECTURAS – 28
Leer y Ver a William Shakespeare (I)
I
Leer, Ver y Representar

Leer Teatro es una experiencia interesante y curiosa. Se lee teatro poco más o menos como se lee narrativa, la diferencia es que uno sabe que lo que se está leyendo está destinado a ser representado en un proscenio, por gentes de carne y hueso que dirán el texto que estás leyendo, y le darán entonación, volumen y actitud, y le harán cosas desconcertantes. Eso lo cambia todo, en especial cuando has vivido eso de pararte en un escenario, confrontarte con las luces, y saber que hay un público ahí que mira lo que haces y escucha lo que dices. Entre mis más entrañables experiencias de aprendizaje estuvo la incursión a las tablas, allá en mi remota, excesiva y extraordinariamente intensa juventud. Rodeado además de queridos amigos de toda la vida, y de la mano de competentes directores como Luis Durand Arp-Nissen y Roberto Fois Coniglio. Perdí la virginidad escénica a los catorce años de edad con una obra de las que se estilaban entonces, de “creación colectiva”. Y no la he olvidado nunca, ni podré hacerlo mientras viva, y aunque tratara, que no trato. Como cuestión de hecho, todo lo teatral era muy mal visto por la familia, y una consecuencia colateral de ello fue el aprendizaje de algunas elaboradas técnicas de clandestinidad, lo que junto al Teatro dieron forma al resto de mi vida. Y así continué hasta que la vida me alcanzó, y me resigné a dejar las tablas en la ruta, entre tantas cosas queridas que uno abandona con tristeza y nostalgia. Sin embargo, nada se aprende en vano, la experiencia y sus resultados ahí están, lo bailado no te lo quita nadie. En unos cinco clandestinos años de teatro, hice coreografías de canciones de Víctor Jara y otros, y conseguí de uno u otro modo llegar a diversos escenarios, gracias a los dichos directores y otros, en puestas de Bertold Brecht, Enrique Jardiel Poncela, Alejandro Casona, e incluso una comedia de Anton Chéjov. Y para reírnos un poco de estas juveniles veleidades, digamos que las críticas fueron buenas.

Cuando veo Teatro, en consecuencia, no veo solamente lo que ven los espectadores. De uno u otro modo sé lo que pasa ahí, lo fácil o no que es hacerlo, y por eso me molesta un poco que se vea Teatro como se ve cine o televisión. Deberíamos enseñar que una cosa es la imagen ensayada y emitida como producto final, y otra muy diferente ver gente “en vivo” interpretando. El Teatro es algo que se desarrolla en el momento que se ve, en “tiempo real”, y aunque haya un texto referencial e instrucciones del autor, lo cierto es que el Director y los actores hacen chichirimico el texto y las indicaciones, perpetrando eso que se llama “interpretación”. Y no solamente no está mal, sino que interpretar está en la misma esencia del teatro. Y en eso la pieza teatral se parece más a un Concierto de Rock, donde el público está allí, aunque las reglas sean otras. Pero nuestra sociedad no posee tradición teatral, y aunque nuestros actores mucho hacen y bien, la mayor parte de las veces nos acercamos al teatro leyéndolo. Mutatis mutandi, las preocupaciones puristas sobre la fidelidad al texto están de más cuando llevas una obra a la escena. Y como leer teatro no es lo mismo que verlo representado, hay diferencias muy notables en las dos operaciones vistas desde lo cognitivo. Yo he leído obras que he visto representadas después, como La muerte de un Viajante de Arthur Miller; o Edipo, Rey de Sófocles, y puedo decir que hay diferencia. Y el asunto puede empeorar cuando la obra teatral se lleva al cine, inclusive si es el mismo autor quien lo hace. La vieja película El zoológico de cristal de Tennessee Williams, por ejemplo, tiene de guionista al propio escritor, y es muy pero que muy floja en comparación con la obra escrita. Y vi hace un tiempo una representación combinada de las tres obras de Esquilo, Agamenón / Orestes / Las Euménides, de primera, en la que la actriz que representaba a la infortunada Casandra recitaba su parlamento en castellano con mote andino, potenciando así su cualidad de extraña y distinta de los otros personajes, matiz que no se distingue cuando lees la obra. 

II
Shakespeare

Para un actor aficionado y a la vez avezado lector, William Shakespeare es un reto y un hito. Dos momentos liminares marcan mi relación con el Cisne de Avon. El primero fue culpa y responsabilidad de Lucho de los Heros, quien en cabal cumplimiento de sus deberes de tío, y advertido de mi inmoderado y ecléctico gusto por la lectura, hace casi diez lustros trató de mejorar la calidad de éstas a través del obsequio de cuatro obras de Shakespeare, tres de ellas de la Editorial de la Universidad de San Marcos: El mercader de Venecia, Hamlet y Romeo y Julieta; y una de Plaza & Janés, de bolsillo, Macbeth. Nunca he recibido regalos de cumpleaños más trascendentales: Están frente a mí cuando escribo estas líneas y sus ajadas esquinas y amarillentas páginas testimonian los múltiples lugares y circunstancias donde me han acompañado. Me introdujeron al mundo shakesperiano, de la mano del magnífico traductor Marcelino Menéndez y Pelayo, cuyo trabajo respeta el espíritu del escritor y de la lengua en que estas obras fueron escritas, así como el espíritu del otro poderoso idioma en que las vierte. La primera lectura que emprendí fue la de El mercader de Venecia, y me conquistaron para siempre los dichos y hechos de Porcia, Shylock, Basanio, Antonio, Lanzarote, Graziano y Jéssica. La complejidad de la trama no resultó de ninguna dificultad, aún atendiendo al hecho que yo no tenía diez años cuando estos libros llegaron a mis manos, aunque reúne episodios como los de los tres cofres, el de la libra de carne y el de la apasionadamente monetizada relación de Lorenzo y Jéssica. El segundo momento liminar se lo debo a mi pareja, que conocedora de mi pasión por Shakespeare, me regaló por mi cumpleaños la representación de El mercader de Venecia del Teatro Británico de Lima. Cuando se conoce y disfruta una obra hasta la saciedad, y esta obra es teatral, y tras muchos años la puedes ver en el Teatro, que fue para lo que se hizo, el hechizo es especial, y está así marcada a fuego como recuerdo imperecedero. Y eso que había visto antes una excelente versión en cable en el nunca bien ponderado Canal Film and Arts, por el Teatro Nacional Británico, y luego vería en el cine la película de Michael Radford, con Jeremy Irons, Al Pacino y Lynn Collins. Pero no existe nada en el mundo como ver tu obra desarrollándose ahí, delante de tus ojos. Gracias, Ulla.

Luego fue Macbeth, también traducida por Menéndez y Pelayo. Drama de ambición descomedida y descontrolada, donde fair is foul and foul is fair (que traduzco como bondad es maldad y maldad es bondad) como salmodian las brujas al principio. Macbeth es la víctima de su propia pasión por el poder, verdugo de sí mismo, trastocado en su alma a pesar de sí mismo y en connivencia consigo mismo y para el mal. En cierto modo el Gollum del Señor de los Anillos de Tolkien se inspira en él. Además, conocí un personaje femenino completamente diferente de cualquier mujer que hubiera conocido, en real o en ficción: Lady Macbeth. Claro que por entonces no tenía muy clara del todo aún la petite différence entre mujeres y varones, pero aún así me parece que empecé a entender algo bastante mejor por entonces, el que ambos no son tan diferentes, después de todo. Me pregunto a estas alturas si algo así debería ser leído por un niño de diez años, y mi respuesta es afirmativa, no creo que “proteger” a los niños de la Literatura Universal sea rentable, y si se trata de introducir en las durezas de la vida a los párvulos, pues los cuentos infantiles no son precisamente más protectores. Además si vamos a enterarlos que el asesinato, la ambición, la tiranía y la muerte existen y son moneda corriente en el mundo, es mejor hacerlo de la mano de los que lo han planteado de modo insuperable. Me dejó tremenda impresión por entonces la escena aquella en que Lady Macduff apostrofa de cobarde y traidor a su marido por abandonarlos a ella y a su hijo en manos de los esbirros de Macbeth. Léanse esa parte, el diálogo entre madre e hijo. Rememoro el shock que me produjo ver al niño asesinado por los asalariados del tirano, lo que me hizo pensar como nunca a los diez años sobre lo horrorosa que ñpuede ser la condición humana. Otra distinción personal del Macbeth es que es la única de todas las obras del Bardo que me he atrevido a emprender en su inglés original, cuya dificultad para los anglolectores de hoy es análoga a la que presenta El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha para los castellanolectores de la actualidad. Y más aún para mí, pues mi inglés no es de locutor de BBC, y para esas lecturas no te preparan. Aunque la dificultad es grande, me pasa como con El Poema del Cid en su castellano bárbaro y original, que así como le encuentro el gusto de saber qué dijo el desconocido poeta, así me pasa con lo que quiso decir William, y que se pierde en el inglés moderno y en la traducción castellana. Y el esfuerzo vale la pena.

III
Double, double, toil and trouble

La fascinación que la obra de William Shakespeare me despierta solamente puede compararse con la que me produce El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, aunque la verdad Shakespeare me resulta más interesante que Cervantes, cuya obra es bastante más irregular, pues al lado de las Novelas Ejemplares y El Ingenioso Hidalgo … hay bodrios realmente imposibles de trasegar ni con la mejor buena voluntad, como Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, que tengo en versión digital, y tanto mejor así, porque no pienso gastarme un céntimo en adquirirlo, discúlpenme los filólogos y demás fans de Cervantes. William Shakespeare presentará altos y bajos en su obra, pero no es por ninguna parte aburrido o intragable, incluso cuando se le da por poner en boca de sus personajes parlamentos larguísimos. Un buen autor teatral equilibra circunstancias y tramas con los personajes que fabrica, de modo que la cosa sea verosímil, pero a la vez suficientemente imaginativa como para interesar y conmover. Eso se llama oficio, y lo tienen hasta los autores menores, si se han esforzado y hecho su tarea a conciencia. Pero si además del oficio consiguen reflejar en su proceso creativo los temas universales del corazón humano, de manera que nosotros – actores, espectadores, lectores - nos metamos en ello y quedemos metidos e inmersos ahí, que se nos arrebate y se nos haga uno con lo que pasa en la obra, ahí creo que podemos decir que estamos ante la genialidad. Al principio la sensación es inefable, porque el autor ya dijo lo que dijo, te dejó sin palabras, y sabes que no hay manera de decirlo mejor. Y lo sé porque ahora puedo decir con mis palabras aquello que en mi temprana edad apenas podía intuir en la oscuridad. Shakespeare no es cualquier escritor, y según parece es así que se forma el gusto estético, cuando se te expone a obras de calidad indiscutible. Y una vez más debo rendir homenaje a Don Marcelino Menéndez y Pelayo, pues, y esto hay que decirlo, ciertas traducciones pueden ser consideradas mejores que otras, según el auditorio. 

Ilustraré este tema de las traducciones y su mayor o menor comprensión y presentación del espíritu de la obra para diversos públicos con el ejemplo del aterrador aquelarre de las Brujas en Macbeth, en el Cuarto Acto, Escena Primera, donde éstas trabajan la caldera hirviente del hechizo cuya tremenda fuerza llevará a Macbeth a su perdición. Mientras las brujas preparan el caldero en el que arrojan inmundicias para dar forma a su hechizo, salmodian el siguiente par de versos, cuyo original (Macbeth, New Penguin) dice así: Double, double, toil and trouble / Fire burn, and cauldron bubble. Estos versos tienen carácter de hechizo mágico, cuya repetición salmodiada por las Brujas es de extrema importancia para la correcta elaboración de la horrible pócima en la que entran las peores características de plantas, animales y hombres: raíz de cicuta, piel de víbora, lana del murciélago amigo de lo oscuro, dardo del escorpión, colmillos de lobo, brazo de un sacrílego, dedo de un niño arrojado al pozo por su infanticida madre… . Y todos estos ingredientes y más, unen sus diabólicas fuerzas mientras las brujas recitan lo que en castellano se ha traducido como No descansemos hasta que espese la mezcla y hierva como en el infierno (Obras Completas, Ediciones Castell, Traducción de Ramiro Pinilla); o como ¡No cese, no cese el trabajo, aunque pese! / ¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese! (Obras Completas, Editorial Aguilar, Traducción de Luis Astrana Marín), o como Aumente el trabajo: crezca la labor; hierva la caldera. (Marcelino Menéndez y Pelayo para el Macbeth de Plaza & Janés). Nótese que Astrana y Menéndez conservan el ritmo del verso, en tanto que a Pinilla se le escapa. Los tres tratan de encontrar las mejores palabras para trasladar la sensación del aquelarre, y mientras que Pinilla alude en prosa al infierno en curiosa hipérbole del fuego, Astrana conserva los dos versos con rima consonante, mientras que Menéndez usa en cambio tres períodos rítmicos. Al lector dejo el juzgar cuál le puede parecer mejor y por qué. Yo veo dos grandes respuestas y una regular.

IV
Mares y Océanos Shakespearianos

Tras El mercader de Venecia y Macbeth, ataqué a Hamlet y a Romeo y Julieta. Y, la verdad, no las entendí cabalmente entonces, era demasiado temprano aún para mí. Tras la orgía de acción física y mental que se leía entre líneas en las primeras obras que leí, las dudas del príncipe de Dinamarca y las vicisitudes de los amantes de Verona no se me hacían tan bacanes, porque al fin y al cabo, cuando eres niño la acción te gana por sobre las profundidades psicológicas, que recién se está aprendiendo a captar y apreciar. Pero fue a partir de entonces que empecé mi navegación por mares y océanos shakespearianos, maravillándome con las diferentes obras a las que iba accediendo, y asimismo, conforme pasaron los años, la vida me aclaró los libros y particularmente los personajes de Shakespeare. Porque lo que a mí me conquista de Shakespeare son sus personajes, empezando por supuesto, por aquellos que conocí primero: Macbeth, Banquo, Lady Macbeth, Shylock, Basanio, Antonio y Porcia, en Macbeth y en el Mercader de Venecia. Pero hay más, y para mí ese es el sello shakespeariano por excelencia, el haber traído a la vida a muchísimos personajes, tanto que hasta los secundarios tienen existencia propia, ni más ni menos que en nuestra vida cotidiana. Y es de ahí que salieron mis paradigmas, que de un modo u otro son lo que aquellos que los entienden nos devuelven una vez que los procesaron: En nuestra vida nos asumimos, somos o vemos y escuchamos a Hamlet y sus dudas sobre aquello que nos es sustancial. O somos Romeo encontrando a nuestra Julieta en una fiesta de máscaras. O Benedicto y Beatriz en Mucho Ruido y Pocas Nueces, opuestos enemigos enredados en cortesanos  amores de conveniencia. O el vital, ingenioso y bebedor Falstaff. O el joven Rey Hal en Enrique V, que tiene que evolucionar a la prepo de joven calavera a maduro y maquiavélico estadista tratando a la vez de seguir siendo él mismo. O simplemente nos lleva el diablo, como al Calibán de La Tempestad.  

Si la vida es una tragicomedia, llena de sonido y de furia, y que nada significa, es porque estamos metidos en ella hasta el cuello, y vivos de ahí no saldremos. No hay más modo de vivir que viviendo, aunque mi pequeño cuerpo está ya bien harto de este inmenso mundo. William Shakespeare está entre aquellos que, como Cervantes, Homero o Tolstoi, entienden cómo es eso de vivir y estar vivo, que puede presentar una perspectiva del ser humano que lo considere tanto en lo que le es propio y permanente como en lo que cambia y evoluciona. Se es uno mismo también cuando se cambia, como el Quijote que a la hora de su muerte quiere ser otra vez Alonso Quijano el Bueno. Y se vive siempre, como dice Benedetti, dentro de las esclusas de la vida, y eso se ve claro cuando estás obligado al cambio aunque no lo quieras, como Pierre Besukhoff en La Guerra y la Paz, cuando las circunstancias exteriores se nos vienen encima al margen de nuestra voluntad. Pienso que el gran mérito de un escritor - visto desde la perspectiva de un enamorado de los libros -, es el poder presentarnos reflejos de uno mismo, es decir, mostrarnos como en un espejo nuestra propia humanidad en nuestras propias circunstancias. William Shakespeare nos muestra todo el tiempo en su obra esos espejos de humanidad, curiosamente quintaesenciados y a la vez particularizados en circunstancias concretas. Si como en La Vida es Sueño de Pedro Calderón de la Barca, resulta que somos más parecidos a lo que soñamos ser que a lo que somos, sin podernos diferenciar, es tal vez porque estamos hechos del tejido de nuestros sueños. Pienso en tantas gentes que he conocido en mis andanzas por la vida, y también cómo me he comportado yo mismo en innúmeras ocasiones en las más diversas circunstancias, y me encuentro allá y aquí, a derecha e izquierda, adentro y afuera, arriba y abajo; que soy a veces el Yago de Otelo, el Mercucio de Romeo y Julieta, la Cordelia de El Rey Lear, el Falconbridge de El Rey Juan; el Marco Antonio de Julio César; que quisiera conocer y enamorarme de la incomparable Rosalinda, a la que jamás encontraré de nuevo; y honestamente ya no sé si es Shakespeare quien ha retratado este mundo o es este mundo el que se esfuerza por auto-retratarse lo más parecido posible a imagen y semejanza de William Shakespeare.
Y si aún lo dudas, mira esto: http://www.youtube.com/watch?v=999mLuLm32E
  
V
Colofón

Y así, dado que nada de lo humano nos es ajeno, podemos abordar a Shakespeare sabiendo que además de entretenernos a ultranza, lo haremos en nuestra propia salsa. Y claro, para encontrarle todo eso al hombre, hay que leerlo, así que lee lo que quieras de Shakespeare, como quieras y donde quieras, y créeme que no te arrepentirás. Pero puede que te convenga primero verlo representado. Tú escoges.



CRÓNICAS DE LECTURAS – 29
Leer la Biblia: Los Apócrifos

I
Las Otras Versiones

Aprovechando  de la pasada Semana Santa me disparé algunas Crónicas sobre la Biblia. De alguna manera yo sentía que las debía, era un bicho que me andaba picando hacía muy buen rato, y conseguí sacarme el clavo con más o menos éxito, pues he notado que alguna gente le ha prestado alguna atención, y eso, después de todo, es lo que quiero que ocurra. Dígase lo que se diga uno escribe para que lo lean. Pero algunas cosas se me quedaron de las otras Crónicas y eso hay que repararlo. Es que la Biblia no es un texto normalizado para todas las religiones, hay Biblias Católicas, Evangélicas, Ortodoxas y de otras confesiones cristianas, en especial las orientales, en las que el número de libros considerados parte del Canon Sagrado aumenta o disminuye. Es el caso de la Epístola de Santiago con las Iglesias luteranas, o de los libros Tercero y Cuarto de Macabeos con la Iglesia Ortodoxa. El orden de los Libros suele ser también muy diferente, destacando por su sencillez el original judío, que los cristianos llaman el Antiguo Testamento: La Ley, los Profetas y los Demás Escritos (Torah, Neviím y Ketuvim). Las traducciones y su mayor o menor fidelidad a los textos originales han producido discusiones acerbas y a veces bastante abstrusas: Algunas confesiones hacen cuestión de estado de la manera de pronunciar la transliteración castellana (que aquí transcribimos de izquierda a derecha, al revés de como debe ser) del Tetragrámaton יהוה, que son las cuatro consonantes hebreas Y(od) H(ei) V(av) H(ei). Estas equivalen al Nombre de Dios, el Yo Soy de la zarza ardiente de Moisés, que en hebreo se escribía y se escribe sin vocales, porque en esa lengua, como en árabe, simplemente no hay vocales que escribir y por lo tanto el problema de cómo pronunciar el Nombre de Dios se resolvía simple y llanamente prohibiendo pronunciar el Nombre de Dios, lo que en buena cuenta resulta no solamente más práctico sinio muchísimo más arcano y solemne.

Por ende, que unos entiendan se deba pronunciar el Tetragrámaton Y(od) H(ei) V(av) H(ei) como Yahvéh, en tanto que otros señalen, exijan e impongan el término Jehováh como único que debe emplearse, implica que hay quienes colocan el empleo de esta pronunciación como suerte de lindero entre aquellos que después del Universal Ajuste de Cuentas gozarán de la eterna Pachanga Celestial, mientras los pecadores que pronunciaron mal se rostizarán al spiedo con carácter permanente. Y esto constituye a nuestro humildísimo y peculiar modo de ver una de las más estúpidas y bizantinas discusiones que se puedan sostener, y yo supongo que el Buen Dios debe estarse lamentando de que al tarado de Moisés se le olvidara el glosario al lado de la zarza, que contenía la pronunciación fonética canónica. No se puede confiar en estos seres humanos. Lo que sí me queda patente es que las gentes parecemos necesitar más de fórmulas mágicas antes que de verdades éticas y morales que guíen nuestras conductas. No sé ustedes, pero para mí eso no es más que una elaboración del infantil miedo al castigo. En fin, si esto se presenta con el Tetragrámaton, imaginemos lo que pasa cuando se trata de exégesis y hermenéuticas de textos mucho más extensos. Ya nomás entenderse con la gente es bastante difícil, porque aunque digamos lo mismo (y a veces hasta con las mismas palabras) a veces se te juzga por tu intención, por la intención del que te habla; por tu tono, por la interpretación de tu tono; por la expresión de tu cara o por el que habla contigo cree que es tu expresión. Si algo es difícil en la convivencia humana es ponerse de acuerdo. Viéndolo desde acá es comprensible la dificultad que hay para entenderse en términos de Verdad Divina

II
Lo de los Unos y lo de los Otros

Por siglos la Iglesia Católica se irrogó la interpretación única y oficial del texto sagrado, oponiéndose así a las Sociedades Bíblicas fomentadas por las Iglesias Reformadas. Conviene repasar algunos acontecimientos al respecto: La Católica Congregación de Propaganda Fide criticó acerbamente la falta de comentarios y notas en los textos bíblicos, en buena cuenta el exceso de confianza en que el Espíritu Santo asista al fiel según el Libre Examen. Por otra parte es muy cierto que hay serias dificultades para traducir el espíritu de las lenguas bíblicas, el hebreo y el griego, a otras lenguas. El Concilio de Trento (1545-1563) exigía de los fieles ciertas condiciones para leer la Biblia en lengua vernácula, como someter la traducción a la aprobación de Obispos e Inquisidores, tarea que luego se confió a la Congregación para la Doctrina de la fe, que entre otras brillantes ideas instituyó el Índex, en el que por cierto jamás estuvo la Biblia. Estas limitaciones fueron liberalizándose poco a poco, aunque se mantuvo la prohibición absoluta de toda traducción de procedencia “hereje”. Una importante Comisión Católica fue fundada por el Papa León XIII con el fin de cuidar de la exposición y conservación del verdadero sentido de la Palabra. La existencia de esta Comisión y sus sucesoras puede leerse de dos maneras diferentes y complementarias: Por una parte atiende a la modernidad – por ejemplo los descubrimientos científicos, mejorando la transmisión del Mensaje; por otra puede verse como encargada de ajustar la Palabra a la Ortodoxia Católica. Las Sociedades Bíblicas nacieron en Inglaterra hacia 1662, y en 1777 inician la edición de Biblias en Norteamérica. En 1946 se fundan las Sociedades Bíblicas Unidas, que hoy combinan los esfuerzos de más de 150 organizaciones y probablemente son la principal editora de Biblias en la actualidad. 

Presenta mucho más interés, por más que no se ajuste a la Ortodoxia, observar la existencia de ciertos libros asociados a la Biblia que comparten con ésta algo de su importancia y/o su sacralidad, aunque por lo general siempre se reconoce a la Biblia como la fuente religiosa más sagrada e importante, la que le da soporte a todas los demás. Es el caso, nos parece, de los libros judíos Talmud y Mishná. Estos textos son desarrollos posteriores, añadidos si se quiere, a la Torah. El Talmud, en sus dos versiones – de Jerusalén y de Babilonia – recoge viejas tradiciones judaicas y muchísimos comentarios. La Mishná (“Enseñanza”) es una codificación de leyes orales y comentarios de mucha antigüedad. Su importancia relativa se evidencia en la profunda tradición rabínica de “construir un muro alrededor de la Toráh”, que ha permitido mantener la esencia de la religión judía sin demasiadas infiltraciones heterodoxas, inclusive del Talmud y la Mishná. La Qábbalah o Cábala es definitivamente otra cosa, y el que estas líneas escribe declara no saber nada de ella, así que no hay comentario posible. Hay diferencias entre la Iglesia Católica y las Evangélicas en cuanto al número de libros de la Biblia, que fluctúa entre 66 y 73. Y está el caso de los llamados apócrifos, es decir, libros no canónicos y en ocasiones considerados falsos, en especial cuando se utilizan para sostener desviaciones pensadas como heréticas. No confundamos estos libros con los llamados deutero-canónicos, que son tan canónicos como los protocanónicos, cuando menos para los Católicos, pues para los Protestantes son apócrifos, y no los incluyen en sus Biblias.

III
Los Libros Apócrifos

Existe una cantidad de libros considerados apócrifos sumamente grande, tan grande como la necesidad de afirmar ciertas ortodoxias sobre otras, o tratar de imponer ciertas creencias en el imaginario de las gentes, y cada confesión tiene sus propios apócrifos. No pretendemos dar cuenta de todos, de hecho nuestra ignorancia en este terreno seguro supera ampliamente a nuestro conocimiento. Entre los apócrifos hay algunos libros mencionados en la Biblia, recordamos específicamente un par en la Epístola de Pedro, en el Nuevo Testamento, que son la Asunción de Moisés, y el Libro de Enoc, de carácter apocalíptico, y que me parece mencionamos en otra Crónica. Otros que corresponderían al Antiguo Testamento pero no se incluyen en las Biblias Católicas por no ser considerados parte del Canon - aunque sí los encontraremos en las de otras denominaciones, principalmente la Iglesia Ortodoxa - son los Salmos 151 al 155, el Libro Tercero de Esdras, los Libros Tercero y Cuarto de los Macabeos, el Libro de las Odas, el Libro de los Salmos de Salomón, el Apocalipsis de Baruc, el Libro de los Jubileos, y algunos trozos sueltos que constituirían diversos añadidos a Libros considerados Canónicos. Al revés de lo que se cree, la lectura de los apócrifos no está prohibida, y en ciertos casos se les ha incluido en ediciones históricas de la Biblia, puesto que mayormente no parecen opuestas a la doctrina, y se consideran como lecturas edificantes, aunque es obligatorio señalar que no son inspiradas por Dios.

Es curiosa la aparición de algunos Apócrifos de creación aparentemente reciente, siempre amparados en problemáticos indicios de antigüedad, como es el caso del Evangelio Secreto de Marcos, nombre sugestivo por lo de “secreto”, pero cuya fuente es dos fragmentos de una carta del Padre de la Iglesia Clemente de Alejandría, carta que también presenta dudas sobre su autenticidad, y que casi seguramente es una falsificación. En los primeros siglos del cristianismo, el interés debe haber sido justificar el cuerpo de pensamiento gnóstico con textos a los que se les adjudicaba carácter sagrado. En nuestras épocas el interés parece ser más bien crematístico. Por lo demás, aparte los evangelios, ha habido muchísimos otros escritos del Nuevo Testamento considerados apócrifos. Hay Hechos de diversos apóstoles y para todos los gustos. Las Actas de Pedro, por ejemplo, contienen la leyenda de Jesús saliendo al encuentro de Pedro cuando abandona Roma, que  Henryk Sienkiewicz retomó y modificó en su obra Quo Vadís?. Asimismo hay Epístolas que se atribuyen al Apóstol Pablo, como la Carta a los Laodicenses, la Tercera a los Corintios, la Carta a los Alejandrinos y un curioso y problemático intercambio epistolar entre Pablo y el filósofo romano Séneca. Abundan las versiones apócrifas inspiradas en el Apocalipsis o Revelación del Apóstol Juan: Ascensión de Isaías, Apocalipsis de Pedro, Apocalipsis de Pablo y el Pastor de Hermas.  Quizá en esta parte quepa mencionar al Libro de Mormón y la Perla de Gran Precio, libros sagrados de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, considerados tan sagrados como la Biblia, y que serían supuestamente traducciones hechas por el profeta Joseph Smith de viejos papiros, realizada en la primera mitad del Siglo XIX.      

IV
Los Apócrifos y su importancia económica

Cada cierto tiempo aparecen novelas – con su contrato para la película incorporado - que especulan con un conjunto de creencias “ocultas” o “escondidas” a propósito y culpablemente por diversas instituciones, en especial la Iglesia Católica, con el fin aparente de mantener su poder. La tradicional y secular antipatía de las confesiones evangélicas por el “papismo” tendría alguna parte en ello. Desde la Reforma los países anglosajones han asimilado a la Iglesia Católica con el oscurantismo, la prohibición y la culpa, y ello se constituye en adecuado sustrato para escribir cierto tipo de narrativa. Aunque en la actualidad el laicismo y el agnosticismo ganan terreno constante, existe un sustrato anticatólico para ser explotado. Se venden argumentos basados en teorías de complot donde la Iglesia Católica tiene parte activa. Los códigos novelísticos permiten la mezcla desigual entre realidad y ficción, y así un autor contemporáneo de dudosa calidad pero de mucho oficio como Dan Brown aplica los protocolos literarios que mantienen enganchados a los lectores. Entre estos esquemas está jugar con un limitado concepto del Bien y el Mal, asignando el Mal a la Iglesia Católica, como en Ángeles y Demonios, o a un sector de ella con muy mala prensa (El Opus Dei) en El Código Da Vinci; y el Bien al erudito individualista que representa la crítica, la razón y la ciencia. Vale señalar que el que estas líneas escribe no siente simpatía alguna por el Opus Dei, pero si lo que hace Brown es crítica del Opus Dei, yo soy un marciano. Este asunto tiene su importancia, porque para poder sostener el complot se necesita plausibilidad, es decir tienes que presentar motivos y argumentos para que te crean. Y así se recogen textos como el protoevangelio de Santiago (fuente para la vida de María, Madre de Jesús), o el muy breve y gnóstico Evangelio de María Magdalena, se les sacan dos o tres ideas, que se estiran, lavan, percuden y malcocinan con sal, pimienta, comino y hasta lejía, y se las sirve en tapa dura y edición de millón de ejemplares.

Y ese es todo el acercamiento que las gentes tienen con los Apócrifos del Nuevo Testamento. Hay, claro está, cierta base histórica. En el transcurso de 2,000 largos años la Iglesia Católica en diversas instancias y Concilios se pronunció sobre la veracidad doctrinal de muchos de estos libros, populares en ciertos lugares y épocas, y algunos resultaron prohibidos. He tenido entre mis manos la excelente edición de Nácar-Colunga de los Evangelios Apócrifos, así como otras, lo que demuestra que mientras no se les considere ortodoxamente palabra de Dios, su lectura es posible si bien tampoco la fomentan. Los Evangelios Apócrifos son versiones más o menos complementarias de la Vida de Jesús narrada en los canónicos Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. El problema para determinar la canonicidad de un texto sagrado se puede resumir esquemáticamente en si la fuente es anterior a la Doctrina que defiende, o la Doctrina anterior a la fuente. Resulta evidente que el tal Evangelio es “falso” – es decir, hecho por encargo - si es que es posterior a la Doctrina que defiende, como parece haber ocurrido con la doctrina gnóstica, de alrededor del Siglo II d.C., que se habría tratado de incorporar a la ortodoxia cristiana. El tema es complejo y no lo resolveremos aquí, limitándonos a presentar algunos títulos que se han conservado en todo, en parte o en fragmento: El Evangelio del Pseudo-Tomás resulta poco creíble, el Niño Jesús hace pajaritos de barro a los que insufla vida, y causa la muerte de otros niños por travesura. El Evangelio árabe del Pseudo-Juan, el Evangelio de Bernabé, o el Evangelio de la Infancia según San Pedro, fueron escritos en árabe y no se consideran canónicos. El Evangelio de los Hebreos podría haber sido fuente para los Evangelios de Mateo y Lucas, pero está perdido, y sólo se le conocen citas hechas por San Ireneo, Eusebio de Alejandría, San Jerónimo y Clemente de Alejandría. El Evangelio de Judas, claramente gnóstico, defiende la acción de Judas Iscariote como secuaz, auxiliar o cómplice del plan de Jesús. Desde perspectivas coptas y/o gnósticas otros evangelios apócrifos, como los de Bartolomé, Nicodemo y Pedro, narran la Anastasis, o descenso de Jesús a los Infiernos. Interesantes son los evangelios apócrifos de Tomás y Felipe, que reúnen supuestos dichos de Jesucristo. La lista, por cierto, es inmensa, y como dijimos, no la agotaremos, pero tengamos por seguro que hay apócrifos para todos los gustos, y para justificar cualquier creencia que pueda reportar algún tipo de ganancia.

V
Colofón

Si de algo estoy completamente seguro después de haber buceado por más de media docena de Crónicas inspiradas de una u otra manera por la Biblia, es que en realidad casi no sé nada de ella. Haberla leído completa no es garantía de nada, la Biblia es un conjunto que se merece su estudio, y recomiendo su lectura, siempre y cuando esté presidida por la sensatez, y en esto estoy seguro las confesiones religiosas nos acompañan. Punto por hoy.